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Rio Grande do Norte
Pipa: atractiva, bohemia y romántica
Por Andrea Mazzuca     |  
13 de Enero de 2014

Una ciudad para románticos y para enamorarse, donde el relax y el entretenimiento se combinan en la proporción justa. A sólo 80 km. de Natal, la capital del estado brasileño Rio Grande do Norte, se encuentra Pipa, una ciudad a la que muchos turistas y surfistas llegan atraídos por la belleza de las playas. Yo viajé sin saber bien con qué me iba a encontrar. Esta vez, no busqué fotos ni entré en Internet; quise dejarme llevar y sorprenderme con lo que me regalara el destino.

A sólo 80 km. de Natal, la capital del estado brasileño Rio Grande do Norte, se encuentra Pipa, una ciudad a la que muchos turistas y surfistas llegan atraídos por la belleza de las playas. Yo viajé sin saber bien con qué me iba a encontrar. Esta vez, no busqué fotos ni entré en Internet; quise dejarme llevar y sorprenderme con lo que me regalara el destino.

Hablar de su centro es inevitable, se compone de minuciosos detalles que lo hacen único: múltiples callecitas de grandes adoquines se entrecruzan; pequeños bares y restaurantes se destacan por su decoración temática; y abundantes vidrieras ideales para pasar horas eligiendo con qué recuerdo volver a nuestra querida Buenos Aires. Un sinfín de detalles que brindan un clima cálido y bohemio a quienes transitan Pipa.

Apenas bajé del ómnibus aquella tarde de octubre, vi la posada donde me iba a alojar, que quedaba literalmente al filo del acantilado. Los rayos de luz que la alcanzaban la tornaban de color sepia y acentuaban el brillo de las flores que decoraban el jardín delantero.

Luego de que me asignaran una habitación, inicié el camino hacia el corazón de la selva. En realidad, hacia el jardín interno que conducía a los departamentos.

El recorrido bordeaba el acantilado, y desde allí podía verse el mar. La vegetación crecía azarosamente, y en varios tramos tuve que agacharme para esquivar alguna que otra rama.

Finalmente, tras haber caminado unos 200 m., llegué a mi habitación. Oculto entre la naturaleza, mi pequeño refugio tenía una vista privilegiada del mar, desde donde se podía observar el amanecer y el atardecer, postales que quedarán por siempre en mi memoria.

Por lo general, y por lo que pude conocer, todas las posadas en Pipa tienen una fuerte conexión con lo natural y lo espiritual. Más allá de las tradicionales comodidades y servicios como piscinas, restaurantes y amplias habitaciones, los albergues pueden tener spas al aire libre y camas elásticas para que sus visitantes se relajen plenamente. De hecho, pasar una noche contemplando el cielo totalmente estrellado en una de esas camas elásticas es verdaderamente un lujo.

¡PURA ADRENALINA!

En Pipa se puede hacer surf o esnórquel, caminar por la playa u optar –como hice yo– por un paseo en buggy. Dicho así parece una actividad tranquila y hasta casi aburrida. Pero es todo lo contrario.

Un paseo en buggy a toda velocidad por las dunas de Genipabú, sinceramente, no tiene nada que envidiarle a una montaña rusa. Es pura adrenalina: múltiples subidas, repentinos descensos y curvas extremas, que me hicieron considerar varias veces bajarme del buggy.

Además, durante todo el viaje, se recorren distintas playas –yo recorrí las de Natal–, y se ven los más disímiles y hermosos paisajes.

Es así que en mi paseo en buggy recorrí Redinha, Santa Rita, Genipabú, Barra do Rio, Graçandu, Pitangui y Jacumã, pasando también por las playas Areia Preta, Dos Artistas y Do Forte, hasta Muriú.

Una recomendación: no se olviden de llevar unos lentes para proteger los ojos de la arena. Usen unos económicos porque terminarán rayados.

El destacado: en las dunas de Genipabú se encuentra una de las tantas increíbles lagunas naturales. De verdad, uno siente que se encuentra en medio del desierto, y cree que lo que está viendo es una ilusión. ¡Hasta vi un camello!

En la laguna de Jacumã también hicimos una parada pero no para descansar, sino para divertirnos haciendo aerobunda –tirolesa– y skibunda –culipatín–.