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Perú
Cusco, la ciudad de los encuentros
Por Juan F. Subiatebehere     |  
16 de Julio de 2014

Capital del imperio inca durante 300 años y ciudad de avanzada de la conquista española, Cusco conserva un sincretismo único que se manifiesta en todos sus aspectos, y principalmente en la arquitectura. Sus plazas, edificios, calles y barrios dan forma a un destino auténtico donde la cultura andina reverdece entre muros incas y fachadas coloniales.

Es casi medianoche. El frío, que nace en los picos helados de los Andes, se desmorona por las laderas de las montañas y despliega sus ropajes en el corazón de la ciudad de Cusco, 3.339 metros más cerca de las estrellas que el océano Pacífico.

Es sábado y cientos de turistas recorren el centro histórico a pasos ligeros, envueltos en camperas térmicas o ponchos de alpaca y chullos autóctonos con un claro objetivo: vivir la noche cusqueña, amenizada por la presencia de personas de todo el mundo, reunidos en la que fuera la mayor de las ciudades sagradas de los incas, la capital del Tahuantinsuyo.

La plaza de Armas, iluminada con farolas coloniales y flanqueada por balcones de aquellos primeros años de la conquista, es el sitio de los encuentros.

En pocos días más se celebrará el Inti Raymi, la fiesta más importante del legado inca, milenario encuentro donde la vida cotidiana pasa a un segundo plano y todos los rostros, los estatus, las clases sociales y las desigualdades –que son muchas– se confunden en la celebración popular y se destiñen envueltos en los mil brazos del sol, el dios más venerado en estas tierras.

Será también la ocasión para celebrar la fundación de la ciudad, el ingreso del inca Manco Cápac a la ciudadela que pasaría de ser el corazón del imperio naciente, en pocos años, al mascarón de proa de la intervención ibérica en Perú, en una coincidencia de los libretos trágicos de la historia.

Cusco, la capital imperial, la ciudad con la forma del animal sagrado, el ombligo del mundo inca y el sitio donde se resguarda la primera cruz católica que se ancló en esta parte del suelo americano. Un destino fascinante en un universo de fusiones, choques y sincretismos.

MUROS INCAS, TEJAS COLONIALES.

Pocas ciudades en el mundo pueden ostentar la arquitectura mixta de Cusco.

Tal policromía puede advertirse en el edificio Arzobispal, por ejemplo, antiguo palacio del inca Roca, hoy sede del Museo de Arte Religioso. Elevado sobre muros de piedra andesita encastradas unas con otras como piezas de rompecabezas, esta casona culmina en una fachada típicamente colonial, con balcones de madera de cedro y aleros de tejas. Pero más que por su aspecto, este palacio es conocido por estar ubicado en el inicio de la calle Hatum Rumiyuq, el estrecho sendero donde se puede encontrar, casi sin ninguna otra señalética que un puestito de venta de recuerdos, la famosa piedra de los 12 ángulos, uno de los exponentes máximos del trabajo de los incas en el tallado.

“La calle de la piedra grande” deposita al viajero en San Blas, el barrio donde están los talleres de los mejores artesanos de la ciudad. Es nuevamente la iglesia, edificada en 1560 sobre los cimientos de un antiguo templo para adorar al arcoíris, la manifestación arquetípica del cruce de las culturas inca y española. A 400 m. de la Plaza de Armas, este barrio es uno de los más pintorescos de Cusco. Llamado por los incas T’oqokachi (hueco de sal), se caracteriza por sus calles estrechas y empinadas, y sus casas de estilo colonial. Esta parte de la ciudad es también un centro neurálgico de la activa vida nocturna de toda la ciudad de Cusco, que incluye, por supuesto, la gastronomía, uno de los grandes valores de Perú, con restaurantes de gran prestigio, como el “Pachapapa”.

Viejas hileras de empedrado, las calles de Cusco, serpenteantes y mágicas, se multiplican con cada paso que da el viajero. Tener un mapa en la mano es como contar con la llave de una puerta mítica que da acceso a un tesoro guardado por miles de años. Caminar, sin importar el destino, sin acordarse de aquel cartel que alertaba sobre la altura, es la principal invitación de una ciudad que a la vuelta de cualquier esquina promete develar otro misterio.

Quizás sea el Qoricancha el sitio que mejor refleje la actitud de la conquista en aquellos años trágicos para el inca, que vio como en pocos años de resistencia se hundía un imperio levantado durante tres siglos.

Cuentan las crónicas que cuando Francisco Pizarro y su ejército ingresaron a Cusco, el oro y la plata con el que estaban revestidas las paredes del templo del Sol, luego conocido como Qoricancha, cegó a los adelantados y selló la suerte de los tesoros incas.

El centro de adoración fue saqueado y destruido, y sobre sus cimientos fue levantada la primera iglesia católica de la capital del imperio. El convento de Santo Domingo no sólo era la manifestación tangible de la cultura vencedora, sino también la metáfora de ocultamiento de la existencia de los vencidos. Luego de desnudar los muros de su oro sagrado, las paredes originales fueron revestidas con yesos y pinturas. Tuvieron que pasar cientos de años y dos terremotos para que los tiempos incas volvieran a manifestarse, con la fuerza que le había conferido su arquitectura orgánica. Entonces el Qoricancha salió a la luz y se supo de su existencia. Hoy se puede visitar el sitio, convertido en un museo, y observar, una vez más, como en la actualidad conviven dos universos paralelos protagonistas de un choque cósmico que produjo, entre otras miles de estrellas, esta ciudad llamada Cusco.

LA PLAZA DE ARMAS.

Enmarcada por edificios coloniales de balcones aristócratas, la Plaza de Armas de Cusco es, quizás, el sitio público más bello de la ciudad. Ubicada en el corazón del centro histórico, el viajero pasará una y otra vez por allí sin advertir que está repitiendo su itinerario, ya que la plaza regala, en cada oportunidad, una vista mágica que evoca los tiempos de la infancia, cuando cada imagen se tornaba única e irrepetible.

Cuando los incas aún gobernaban su vasto imperio, el Tahuantinsuyo, que con sede en Cusco consiguió extenderse hasta Colombia por norte y Chile y Argentina por el sur, incluyendo en su totalidad lo que hoy es Bolivia y Ecuador, por aquellos años del esplendor esta plaza era el Huacaypata, palabra quechua que significa “lugar de encuentro”. Se trataba de una explanada muy importante a nivel ceremonial, ya que allí se celebraba el Inti Raymi o Fiesta del Sol, entre otros festejos populares.

Tras la invasión la plaza conservó su sitio de relevancia, aunque su fisonomía cambió radicalmente al tomar ese cariz hispánico y colonial que muestra en la actualidad, rictus que le aportó una belleza superlativa frente a otros espacios públicos y plazoletas de la ciudad.

De los edificios que rodean la plaza de Armas, la Catedral es que se adueña de las primeras instantáneas. Construida –como no– sobre uno de los templos de mayor fervor religioso de la cultura inca, el Kiswarcancha, centro de culto a la Pachamama, la mayor iglesia católica de Perú comenzó a levantarse en 1560 y concluyó casi un siglo después, en 1654.

El complejo está conformado por tres iglesias: la del Triunfo, que lleva la piedra fundacional y conserva la cruz que empuñó Pizarro en su cruzada, considerado el primer símbolo católico que arribó a Sudamérica; la de la Sagrada Familia; y la Catedral, en honor al cristo negro.

Recorrer los tres templos lleva aproximadamente una hora, sin embargo con la ayuda de un buen guía el viajero puede detenerse a contemplar sólo los aspectos salientes, como los retablos y coros, increíble trabajo de tallado en cedro llevado a cabo por artistas cusqueños; las vírgenes, cuya figura triangular imita a la de las montañas de los Andes y evoca, de esa manera, a los dioses incas; los altares de plata maciza traída de las minas de Oruro y Potosí; y los lienzos, donde se destaca “La última cena”, del artista local Marcos Sapaca, el máximo referente de la Escuela Cusqueña, quien añadió chicha morada a los vasos, puso un cuy como plato principal del banquete sagrado y representó a Judas con la cara de Francisco Pizarro.

SAQSAYWAMAN.

Si en los tiempos de dominación inca la ciudad de Cusco, vista desde el cielo, emulaba en su forma al puma, considerado el animal sagrado del mundo terrenal (la tríada se completaba con el cóndor y la serpiente), el Qoricancha estaba situado en el ombligo del felino, mientras que la cabeza estaba delimitada por un sitio construido con fines religiosos y astronómicos, denominado Saqsaywaman.

Cercano a la que fuera la residencia del primer inca, Manco Cápac, –desde donde se puede obtener una panorámica única de la ciudad– el complejo abarca 33 sitios arqueológicos de los cuales el más famoso es la fortaleza de Saqsaywaman, construida con bloques de piedras de hasta 120 toneladas. Allí se estima que habría estado emplazado el templo más importante del Hanan Qosqo (Cusco de Arriba), dedicado a y a la veneración del sol, la luna, las estrellas y los rayos, dioses principales de una cosmogonía andina que, entre choques, encuentros, sincretismos, ocultamientos y reivindicaciones, ya acumula más de 500 años de resistencia.

TIPS PARA EL VIAJERO

Donde alojarse: Un hotel con historia, emplazado en la antigua antesala del Qoricancha inca y una posterior residencia colonial conocida como la Casona de los Cuatro Bustos, el Palacio del Inka A Luxury Collection Hotel es una verdadera perla de la oferta de alojamiento en la ciudad de Cusco (Plazoleta Santo Domingo 259).

Recomendado: Para completar la experiencia de Cusco es ideal visitar el Museo de la Coca, donde se hace un repaso histórico por la hoja sagrada de los incas y el uso que las distintas civilizaciones hicieron de ella  (calle Palacio 122).

Informes: www.peru.travel/es-pe/.