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Cancún y Riviera Maya
Experiencias irrepetibles en el paraíso caribeño
Por Maximiliano Milani     |  
18 de Noviembre de 2014

La palabra “vacación”, ¿de qué es sinónimo? A juicio de quien escribe, de playa, playa y más playa. Pero esta vez el cronista decidió abrir su mente a nuevas experiencias: para ello condimentó su estadía en las paradisíacas playas de Cancún y Riviera Maya con “un cacho de cultura” y mucha diversión. 

Que no me vengan con cuentos. Para mí el lugar indicado para unas vacaciones óptimas es la playa. Nada de escalar montañas, ni de mojar únicamente los pies –de todo nuestro vasto cuerpo, sólo los pies– en un arroyo cercano, ni de pasar unos aburridísimos días en el campo, oteando el horizonte y escuchando el mugir de las vacas. No, señor: el cuerpo y la mente sólo se relajan cuando hacés que los pies tomen contacto con la arena, cuando te zambullís como un delfín –una y otra vez– en el agua salada, cuando salís del agua y te volvés a empanar en arena, cuando tomás sol hasta que es imposible reconocer diferencias entre tu piel y un morrón rojo, cuando te comés un choclo untado con un pan entero de manteca y lo acompañás con una cerveza bien helada, cuando hacés pozos en la arena con el único objetivo de enterrar todo el cuerpo en él, dejando únicamente la cabeza afuera. Ésas –y no otras– son vacaciones. Todo bien regado con música “copante”, que bien podría ser un combinado de la Mona Jiménez, Gilda, Cacho Castaña y Marco Antonio Solís.

Mar del Plata, Villa Gesell, San Bernardo, Santa Teresita, Las Toninas, San Clemente… ¡Ah!, ¡qué playas, qué vacaciones he pasado en cada una de estas perlas del Atlántico!

No obstante, esta vez decidí dar un giro de 180º en mi proyecto vacacional, de modo de rumbear para un destino que abriera aún más mi idea sobre el descanso. Sin abandonar el formato de que “la playa es vacación, el resto es puro cuento”, mi intención era combinar playas de arenas níveas y aguas cálidas con algo de “livin´ la vida loca” y también, por qué no, con “un cacho de cultura”. Pero, ¿adónde queda mi ideal?, ¿dónde estará mi arrabal?, ¿quién se robó mi niñez?, ¿dónde va la gente cuando llueve? Demasiadas preguntas para un arrebatado y único cerebro, así que decidí trasladarle mi inquietud a mi agente de viajes: “No lo dudes. Cancún y Riviera Maya”, fue su respuesta.

Así que, tras una más que correcta asesoría de mi gran amigo y profesional, adquirí un programa que combinaba a la perfección ambos destinos mexicanos. Me armé mi valija, me calcé mis mejores pilchas (a saber: camisa preferida de florcitas, bermudas al tono y anteojos de sol redondos estilo “John Lennon”), y me fui en busca de playas+joda+cultura.

¿SERA MAS LINDO QUE MAR DEL PLATA?

Aquí estoy. El cartel dice “Aeropuerto Internacional de Cancún”. Mientras me dirijo al hotel, tomo mi tableta y buceo en Internet, que me aclara que Cancún es un destino localizado en la península de Yucatán (en el estado de Quintana Roo), y que ostenta una franja de casi 30 km. de bellísimas playas para todos los gustos.

En ese preciso momento de lectura, este mortal –repitámoslo: para quien sólo hay un sinónimo para la palabra “vacación”, que es “playa”– ha descubierto un mundo inimaginado.

Sigo leyendo: “Además de algunas de las mejores playas del mundo, aquí encontrará las excitantes actividades acuáticas que se desarrollan arriba y debajo de la superficie de las aguas azul turquesa del mar Caribe”. ¡Iujuuuu!

Y yo que venía con la única idea de zambullirme y empanarme y volverme a zambullir, comienzo a descubrir que Cancún cuenta con más de 25 centros de actividades acuáticas y marinas dirigidas por profesionales, que posibilitan desde alquilar un waverunner o un catamarán, hasta viajar en un barco con fondo de cristal e incluso obtener un certificado “Scuba” con un experimentado instructor de buceo.

Me arriesgo. Soy argento y me la banco. Me mando. Pero no tanto: cambio buceo por esnórquel. Hay centros de actividades para tirar para arriba, entre los que se destacan Aqua World (www.aquaworld.com.mx), Aqua Fun (www.aquafun.com.mx) y Scuba Cancún (www.scubacancun.com.mx).

Ya estoy totalmente equipado con mis antiparras, esnórquel, patas de rana y camisa a florcitas. Ah… no, aquí el instructor me ha conminado a quitarme la camisa. Una pena: el conjunto quedaba precioso.

El Gran Arrecife Mesoamericano, que comienza en Punta Nizuc, es un escenario ideal para practicar esnórquel. Así que me tiro de bomba, para luego hacer la plancha y asomarme a esta enorme ventana o pantalla azul que es el mar, y observar una singular película multicolor. Soy Marlín, el papá de Nemo; aprecio un brutal cardumen semejante a un arco iris, y también hay peces que mudan de color para confundirse con el ambiente, que cambian de manchas a rayas, y de rayas a colores sólidos, conforme avanzan de la arena a las formaciones coralinas. Me detengo en un conjunto de anémonas en donde descansa un cangrejo de tamaño considerable, y charlo un rato con él, utilizando un lenguaje común a ambos. Me dice que está bien, pero que ahora anda un poco para atrás.

¿Me voy a quedar solamente con la mirada superficial? ¡No señor! Decido entonces tomarme un BOB Aventura con la gente de Aqua World. BOB es una burbuja de observación que permite a quien la utiliza manejar su propio minisubmarino, unido a un casco gigante. El casco posee un sistema de respiración que permite pasar tanto tiempo debajo del agua como si se estuviera buceando.

Ahora sí, me siento el dueño absoluto de todos los secretos del mar, desde la superficie hasta sus profundidades.

A MOVER EL ESQUELETO.

Ahora que me empapé de naturaleza, voy por otra zambullida: aquella que me sumergirá en la otra cara de la moneda, el lado B de la vida. El dancing, los tragos y la seducción, que para eso también hemos nacido.

Tengo en mi billetera suficientes morlacos y alguna tarjeta internacional para hacer una pasada nocturna por The City, la discoteca más grande de Cancún. Me quedaré allí hasta que el propio local decida vomitar gente, cosa que sucederá al día siguiente, bastante entrada la mañana.

The City abrió sus puertas por primera vez en enero de 2004. Cuenta con una superficie de 2.500 m2 repartidos en tres pisos estilo industrial, además de una pista móvil que se desplaza desde el tercer piso hasta el centro de la discoteca. Cuenta además con un escenario diseñado para conciertos de artistas y DJ´s en vivo, del talante de Sasha, Tiesto o Paul van Dyk.

Aquí no podía faltar mi camisa de pequeñas flores y mi bermuda al tono, marcas indelebles de mi estilo tan personal.

Mi experiencia en The City resultó colosal: un sinfín de sorpresas durante toda una noche, que incluyó efectos especiales, shows acrobáticos, performances y –como no podía ser de otra manera– mucho alcohol. Como pude –casi arrastrándome– regresé a mi hotel. “Es hora de culturizarme un poco”, me dije.

RIVIERA MAYA.

Un par de días me costó reponerme. Además, aproveché para mandar al lavadero mi camisa de florcitas, que tantos éxitos había cosechado hasta el momento.

Vuelvo a utilizarla, esta vez para poner rumbo a mi próximo objetivo, que es el de incursionar en el mundo maya. Un horizonte próximo, pleno de selva, playas con arenas blanquísimas y un mar turquesa que lastima los ojos conforman el marco de mi próximo destino: la Riviera Maya, en Quintana Roo.

Así que no sólo estamos hablando de sitios ideales para continuar tomando sol, sino también para adentrarnos en el pasado de la civilización maya, en una franja que va desde Puerto Morelos hasta la Reserva de Biósfera de Sian Ka´an.

Recuerdo que una vez vi, en una revista de turismo, una postal inolvidable de una construcción maya junto a un mar de mil azules. Tucum… no… Tuchum… no, tampoco…

“Tulum, señor, Tulum…”, dijo el guía local, con tono despectivo. Gracias a Dios, una de las virtudes del profesional era su piedad: en ese momento casi esperé que me abofeteara al grito de “¡Ignorante!”.

Hemos llegado. Según me informan, Tulum fue una fortaleza maya que vivió sus momentos de esplendor al final del período clásico (cerca del año 1.000 d. C.). A lo lejos ya puedo observar una icónica construcción localizada de cara al mar, y denominada “El Castillo”: es éste el monumento principal del conjunto arquitectónico, situado impresionantemente sobre un acantilado que corta al mar de manera vertiginosa.

“El Castillo” está rodeado de una serie de templos y monumentos que se extienden hasta el ingreso al complejo, o sea que para acceder a él hay que caminar desde la entrada de Tulum hasta el mar. Debido a que la canícula aprieta fuerte, lo más recomendable es visitar este lugar bien temprano por la mañana.

“La ubicación del Castillo no es azaroza. Probablemente fue una suerte de faro para los antiguos navegantes mayas, que les posibilitaba evitar los peligros de los arrecifes de coral. Eso parecen probar ciertos informes de arqueólogos mexicanos y hasta los libros de navegación de los conquistadores. En sus escritos, estos relatan haber distinguido con claridad, desde sus barcos, la luz de unas llamas que salían de este edificio”, dice el guía a nuestro contingente. Pero yo no le presto demasiada atención. Prefiero dedicarme a conseguir algún buen hombre que me saque una foto en este lugar. “¡Que se vea mi camisa de florcitas, y el departamentito éste de fondo!”, le ordeno.

Pero mi inmersión en la cultura no terminó aquí. Decidí que continuara unos pasos más con mi visita a Cobá, que en español quiere decir “agua agitada por el viento”. Entre el 400 y el 1100 de nuestra era, ésta fue una de las ciudades más grandes del período clásico maya, llegando a albergar unos 50 mil habitantes.

Una vez más, mi espíritu inquieto me obligó a abandonar los relatos del guía para pararme frente a la pirámide de Nohuch Mul, la mayor de la península de Yucatán, con más de 40 m. de altura. Elongué un poquito, tomé aire, y allí me lancé a subir su inmensa escalinata a toda velocidad. Para qué, me preguntaré después: producto del calor ingobernable, ya en el escalón número 20 comenzó a faltarme la respiración, y sentí cómo el cielo se puso repentinamente a mis pies y la pirámide entera se ubicó sobre mi cabeza. Sí, me desmayé…

ULTIMOS CHAPUZONES.

Ya nadé, ya bailé, ya me culturicé. Pero hace tanto calor por estas tierras, que si no vuelvo a zambullirme me evaporaré de este mundo.

Entre toda la información brindada, el guía también me mencionó los cenotes de Riviera Maya: son depósitos de agua dulce de diferentes formas y tamaños, que conforman la puerta de entrada a un maravilloso sistema de ríos subterráneos que corren por el inframundo de esta región. Allá voy, con mi camisa floreada y media docena de “Coronas” bien heladas.

A lo largo de la Riviera Maya hay infinidad de cenotes en los que uno puede pegarse un chapuzón. Entre ellos se destacan Siete Bocas,  Chac Mool, Ponderosa, Cristalino y Chi kin-Ha.

De aguas cristalinas y profusa vegetación, este último se caracteriza además por su escasa profundidad. De eso me di cuenta cuando, víctima del calor, y sin pensarlo demasiado, volví a tirarme de bomba en esas deliciosas aguas. La primera sensación se tradujo en un fuerte dolor en mis asentaderas, producto de un golpe feroz contra una roca sumergida a no más de 30 centímetros. La segunda sensación, una mezcla de dolor más vergüenza: mi bermuda quedó enganchada en una rama bajo el agua, con lo cual mis pompis quedaron al desnudo no bien me puse de pie. “Señor, por favor, conserve tanto la prudencia como el pudor”, me aleccionó el guía, una vez más. En fin, qué le hace una mancha más a este tigre argento, a quien Cancún y Riviera Maya le han dejado signos indelebles de disfrute total. Es así, a la playa no la cambio por nada…

TIPS PARA EL VIAJERO

Cómo llegar: el Aeropuerto Internacional de Cancún es la segunda terminal en importancia de México. Actualmente Aerolíneas Argentinas ofrece vuelos a Cancún. En tanto, 132 km. separan a Cancún de Tulum.

Clima: el clima es tropical y húmedo con días soleados todo el año. La temperatura oscila de 20° a 30° C de octubre a marzo y de 22° a 33° de abril a septiembre.

Moneda: la moneda oficial es el peso mexicano, aunque los dólares estadounidenses son también aceptados en casi todas partes. Los bancos abren de lunes a viernes de 9 a 16.

Propinas: 10 al 15% en restaurantes y bares.

Informes: www.visitmexico.com.