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Crónica desde Ecuador
Cuentos de la selva
Por Solange Goldstein     |  
07 de Abril de 2015

Experiencia en primera persona en plena selva ecuatoriana, donde disfrutamos de varias caminatas, una navegación y hasta de alojarnos allí mismo, en un hotel rústico pero con todas las comodidades. Se trata de una de las regiones menos difundidas de este país tan diverso, pero que sin duda vale la pena conocer.

Antes de ingresar en el Oriente ecuatoriano, es decir la región de la Amazonía, Eduardo, nuestro guía, nos advirtió sobre las hormigas conga y sus picaduras, y nos conminó a que en la selva no nos sujetemos de ningún tronco a la hora de caminar porque hay alimañas que pueden causar alergia. Mis cavilaciones sobre el Amazonas resultaron una sucesión de escenas de películas, documentales e imaginería popular, donde no faltaron las pirañas hambrientas intentando capturar su presa, las serpientes venenosas, o los insectos exóticos y de tamaños nunca vistos por los habitantes citadinos. Ya en el terreno, nos calzamos las botas de goma y los pantalones largos, llevamos repelente y un bastón que funcionaría de ayuda en la travesía. Nos internamos en la selva con Daniel, nuestro guía.

De temeraria, la naturaleza pasó a mostrarse como una fuente inagotable de riquezas, una caja de Pandora que reveló algunos de sus innumerables secretos. Por ejemplo, existe un árbol popularizado como la “sangre de Drago”, cuya savia de color roja resulta un medicamento polirubro que combate la gastritis, ayuda a la cicatrización, cura úlceras y hasta el reuma.

Más adelante nos topamos con una telaraña que presenta dimensiones nunca vistas: se trata de una morada comunitaria, ni más ni menos, que también funciona como trampa para insectos. Sucede que las arañas apenas ven, con lo cual se ayudan entre ellas para, de esa manera, cazar y subsistir. Las hormigas, en tanto, eligieron otra casa para pasar sus vidas: dentro de los nudos de los tallos, cerca de las hojas, por lo cual no se las ve a simple vista, a menos que cortemos la planta. La idea de la madre natura en este caso es que se produzca una simbiosis entre planta y hormiga, donde la primera le presta su ser como vivienda y la segunda le deja un ácido protector contra otros predadores. Conexión perfecta.

La caminata por la selva culmina de una manera particular: nos animamos a degustar… hormigas! Son pequeñas pero muchas. Dudo. Tratan de convencerme diciéndome que tienen un gusto alimonado. Venzo a mis propios prejuicios y las pruebo. Volvemos del paseo en balsa para que la experiencia sea ideal, casi de película, pero tan real como conmovedora.

En el hotel donde nos alojamos en esta región -La Casa del Suizo- ofrecen muchas otras excursiones por día. Llegar hasta allí es un paseo en sí mismo. Habrá que tomar desde Punta Ahuano una lancha tipo canoa construida a la usanza tradicional y tras 15 minutos de viaje por el río Napo, afluente del Amazonas, despunta el establecimiento. Por dentro se asemeja a un resort, donde no faltan la piscina, las sombrillas de paja y los turistas. Pero la visual desde mi habitación me hace recordar que estoy en medio de la selva: el río ancho apenas transitado por las canoas y enmarcado por la abundante vegetación. En el silencio de la noche el curso de agua se hace escuchar cuando se escurre por algún rápido formado por las piedras. Con ese entorno estudio el programa de actividades del día siguiente: paseo por la granja de mariposas, lavado de oro con los nativos, recorrido por una reserva de animales o visita a una familia aborigen quechua. Alguna de las opciones quedará afuera, para otro viaje, para una segunda oportunidad.