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Zoom y retrospectiva: un acercamiento a las Cataratas del Iguazú
Por Juan F. Subiatebehere     |  
25 de Octubre de 2010

Dos días en las Cataratas del Iguazú se convirtieron en una experiencia extraordinaria. Desde el cielo y con un sobrevuelo único, el piloto inauguró una excursión que me llevaría hasta el interior del salto San Martín completando un zoom que me devolvió recuerdos de los primeros viajes de mi vida.

Siempre recuerdo esos viajes en familia que me permitieron recorrer gran parte del país en un Renault 12 rojo modelo 1988. Uno de aquellos primeros family tours de receso invernal me llevó a pisar las tierras coloradas de Puerto Iguazú. Además de la aventura de dormir en una casa desprovista de ventanas en las afueras de la ciudad tratando, inútilmente, de disolver una densa nube de mosquitos que se agolpaban entre el cielorraso y la cama, recuerdo de ese viaje la primera sensación de insignificancia cósmica cuando me paré en el balcón de la Garganta del Diablo y vivencié el miedo, la angustia, el asombro y un sofocón, aferrado a un pasamanos verdinoso, todo en un segundo eterno. Quince años después volví a ese lugar maravilloso de la provincia de Misiones y si bien muchas cosas cambiaron durante ese tiempo de mi vida, la sensación fue la misma. Por aquellas épocas de escuela primaria había aparecido un simpático libro, “Zoom” era su nombre y desde la primera hasta la última página proponía un viaje de acercamiento hacia algo que al principio era insignificante y al final gigantesco. Si existiera la posibilidad de abstraerme de mí, ubicarme a una distancia considerable y observarme desde lejos, diría que fui protagonista de un zoom, un viaje en perspectiva que me hizo descender desde el cielo hasta el corazón de las Cataratas del Iguazú.
El sobrevuelo: plano general.
El vuelo es el 2728 de Austral. Estoy sentado en el asiento 12 E, muy cerca de la ventanilla. El avión parte a horario el 14 de diciembre desde el Aeroparque Jorge Newbery y llegará 1 hora 40 minutos más tarde al Aeropuerto Internacional de Iguazú. A bordo, lo rutinario: el buenos días bilingüe del comandante, las indicaciones teatrales de las azafatas (rito ancestral que la modernidad de los monitores de 10” fue desplazando), los ajustes de cinturón, la inexplicable sensación de pasar de 0 a 100 en muy pocos segundos y el despegue. Más tarde: nubes del otro lado, charla de éste, buffet (un sándwich de jamón y queso, gaseosa, una golosina de chocolate y té), lectura y aplomo por el triunfo de la derecha en Chile. “Señores pasajeros, si miran por la ventanilla pueden empezar a divisar el Parque Nacional Iguazú… nos autorizaron a realizar un sobrevuelo por encima de las Cataratas, así que disfrútenlo”, propone el comandante. Estamos a 1.200 m. de altura y abajo se adivina uno de los contrastes más maravillosos que vi. Un río marrón serpentea caprichoso entre dos grandes porciones de selva hasta caer hecho espuma en una falla abrupta del terreno, un escalón para gigantes que nosotros llamamos cataratas. Ahora el avión de Austral se convierte en una especie de excursión con “vista panorámica” incluida en el valor del ticket y dibuja un círculo por encima de las Cataratas del Iguazú, que en guaraní significa, sabiamente, agua grande.
Balcón de Garganta: primer plano.
Estoy en el corazón de la selva paranaense, el segundo pulmón más importante de América del Sur después del Amazonas. Las mariposas vuelan irregularmente hasta posarse en la piel o donde puedan encontrar sales para libar. Hace rato ya que sorteamos la entrada al Parque Nacional Iguazú, un área en conservación de más de 67.000 ha. El comienzo de la pasarela que me depositará en la majestuosa Garganta del Diablo no es muy prometedor. Son 1.000 m. por encima de un río que se va desmenuzando en su curso, por acción de una serie de islotes irregulares. Si bien la vegetación autóctona no sorprende es el ruido del agua el que va generando la expectativa, creando el clímax. Al principio, un murmullo lejano. Unos cuantos metros más adelante el sonido gana protagonismo, y por fin el estruendo. A pocos pasos del balcón de Garganta hay dos opciones: gritar si uno quiere entenderse con los de la misma especie; o sólo mirar, oler, llenarse los pulmones, sentir y dejar para otros ámbitos el racionalismo de las palabras. Estoy sobre una de las laderas del cañadón de 70 m. conocido como Garganta del Diablo. Se trata de la abrupta caída que encuentran casi 5.000 m³ de agua por segundo que están siendo arrastrados por el río Iguazú, desde su nacimiento en Sierra do Mar, Brasil, hasta su desembocadura que nutre al río Paraná, 1.230 km. más al sur. Las lluvias río arriba hicieron triplicar su caudal y hacen de este espectáculo único una escena impresionante. Si uno fija la mirada mientras el agua está cayendo es muy fácil dejarse ganar por el vértigo. El balcón está atestado de japoneses, chinos, brasileños y europeos de todas las banderas. Además, están los misioneros que con una cámara réflex, un piloto de mil batallas y una escalera hacen equilibrio para sacar la fotografía que, con la Garganta de fondo, será luego cobrada en dólares. Sorteando este set, logro aferrarme a la baranda y esperar que el rebote del agua en un fondo invisible se monte en el lomo del viento para provocar esa llovizna tan esperada. Entonces, millones de gotas de agua bañan el balcón con todo lo que lo habita en ese momento. Y los fotógrafos se sacuden, rejuntan otro grupo de turistas y piden que todos posen nuevamente antes de que la escena se repita.
Salto San Martín: telón y después.
Algunos van a recordar. La película se llamó “El último gran héroe”, fue un exponente de la sátira del cine de acción de los ‘90 y jugó con la fantasía de muchos, ya que el protagonista, a través de un ticket fantástico que había sido propiedad del mismísimo Harry Houdini, accede al otro lado de la pantalla para coincidir con el tiempo y espacio del film y pasa a ser parte de ese mundo, con sus personajes y sus historias, sus venturas y desventuras. Como “La rosa púrpura del Cairo”, del genial Woody Allen, pero a la inversa. En las Cataratas del Iguazú venden ese ticket. Se llama excursión Gran Aventura. La diferencia es que el telón en este caso está formado por las cortinas de agua que se desvanecen de los saltos San Martín y Tres mosqueteros. Y todo, aunque por momentos no lo parezca, es real. La excursión comienza en la central operativa de Iguazú Jungle Explorer. Desde allí emprendemos una aventura en 4x4 por los senderos de la selva misionera. A lo largo del paseo de 8 km., la guía nos cuenta sobre la historia y la naturaleza del lugar. Mientras tanto el almuerzo reciente, los sonidos de la selva y sus habitantes, el sol que se cuela por entre las copas de los árboles y los colores, van generando un efecto somnoliento y disfruto dormirme envuelto en ese ambiente salvaje al ritmo del traqueteo de un camión militar de la década del ‘50. En puerto Macuco está anclada la lancha que nos llevará hasta el pie del salto San Martín, uno de los más grandes de la cadena de 275 que constituyen las Cataratas del Iguazú. Al principio navegamos un río más bien manso, una corriente de agua barrosa encerrada entre dos barrancas que evidencian su origen volcánico. Pero a medida que nos acercamos, los relinchos del agua insinúan la cercanía hacia algo inusual, esas cosas de las que pocas veces en la vida somos testigos. Y ahora el coordinador del viaje pide que guardemos cámaras de fotos, celulares y otros dispositivos tecnológicos. La lancha ya está galopando al ritmo del corcoveo del Iguazú y cuanto más se acerca a la cortina de agua del salto San Martín, más va y viene, se inclina a la derecha, luego a la izquierda y sola encuentra su equilibrio. Desde arriba el piloto acelera y desacelera al ritmo de las olas y, lento pero decidido, nos ubica debajo de la caída. Ahora es todo agua y mi posición es tan paralela al salto que apenas veo su descenso. Estoy detrás del telón, en la última página de este zoom que no puede acercarse más a la realidad porque ya la trascendió. La lluvia hizo lo suyo y la lancha desanda el río hasta el muelle. Es la hora de bajarse de este viaje y retomar los caminos de lo ordinario. A la vuelta, un lagarto overo detiene su marcha frente a mí y pone en duda su recorrido. Son dos segundos decisivos, luego continúa y se pierde en el paisaje.