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Cabo Polonio: el encanto de lo inhóspito
Por Gabriela Macoretta     |  
25 de Octubre de 2010

En el Cabo el terreno está salpicado de ranchos y casitas, rústicas y coloridas,por aquí y por allá. Y no existen las calles. Además de su aspecto pintoresco, las playas son, sin dudas, su principal atractivo. Algunos meses antes había leído en una revista que "muchos dicen que hay un antes y un después de Polonio", y que el Cabo, invariablemente, "lo cambia a uno". Me pareció exagerado. Pero hoy puedo afirmar que no lo es.

Hasta ahora me sucedió sólo dos veces. La primera, caminando por el “calçadão” de Ipanema, en la “cidade maravilhosa”. La segunda, al ver la silueta de Cabo Polonio asomándose junto al mar. La piel se me erizó, y algunas lágrimas rodaron ante ese “qué se yo” que tienen ciertos destinos y que llega a calar en todos los sentidos. Fue en el verano del año pasado, cuando me quedaban algunos días de vacaciones y muchas ganas de conocer ese paraje recóndito y hasta entonces enigmático de la costa uruguaya. Algunos meses antes había leído en una revista que “muchos dicen que hay un antes y un después de Polonio”, y que el Cabo, invariablemente, “lo cambia a uno”. Me pareció exagerado. Pero hoy puedo afirmar que no lo es.

MOCHILA AL HOMBRO.

“Pero, ¿vos estás segura?”. “¿Qué vas a ir a hacer ahí?”. “¿Ahora sos hippie?”. “Mirá que no hay luz, ni gas, ni agua potable”. “Cuidate, por favor”. Podría agregar varias líneas de cuestionamientos y consejos de quienes gozan del espíritu beatnik sólo a través de las páginas de los libros y las canciones. Afortunadamente, no dudé en sacar el pasaje y cargar la mochila al hombro. Y la que tampoco dudó fue mi amiga Mariana: “Nos encontramos allá”, me dijo apenas se enteró de mis planes. De modo que ya tenía acompañante para vivir la “experiencia Polonio”.

EN EL CAMINO.

Me embarqué una noche de tormenta y navegué hasta Colonia del Sacramento, desde donde la luna llena me acompañó suspendida en la ventanilla del micro, camino a La Paloma. Allí me quedé a esperar a Mariana, y luego de un breve paso por La Pedrera, emprendí el viaje al Cabo. Un cartel y varias banderas de colores sobre la ruta 10, más exactamente en el kilómetro 265, nos dieron la bienvenida al Monumento Natural de Dunas que alberga a Polonio, en el departamento de Rocha. El ingreso no es sencillo, ya que se deben atravesar varios kilómetros de médanos para acceder al poblado y las playas. Pero para eso están los “camellos”, como se conoce popularmente al único medio de transporte autorizado en la zona. Así, después de algunos minutos de andar por el implacable silencio perfumado de arbustos, vi por primera vez esa silueta que me conmovió.

RELAX, PLAYAS Y ATARDECERES.

“El Francés” ya se convirtió en una leyenda del Cabo. Dicen que luego de la Segunda Guerra Mundial migró a Sudamérica y se quedó en Polonio, su refugio de paz tan anhelado. Y fue él mismo el que en los ’80, cuando comenzó a proliferar el turismo, se ocupó de trasladar a los turistas a través de los médanos. Así como este personaje, todos encontramos paz y plenitud en el Cabo. Es un placer no ver gente adherida a sus laptops ni celulares. ¡Es que no funcionan! Por un lado, porque no hay energía eléctrica (lleven velas y pilas, o una billetera abultada para adquirirlas), y por otro, porque no hay wi-fi ni señal de telefonía móvil. Salvo que se paren al lado del bote. Sí, no es chiste: para hablar en Polonio hay que utilizar “el” teléfono público o pararse al lado del botecito rojo de madera que dice “Luna” en letras azules, en la playa Mansa. Allí, como por arte de magia (la magia del cabo) aparece la señal. No es exagerado decir que llegar a la playa es una atracción en sí misma. Sucede que el terreno está salpicado de ranchos y casitas, rústicas y coloridas, por aquí y por allá. Y no existen las calles. Entonces, el sentido metafórico de Joan Manuel Serrat se torna literal en estas latitudes: “se hace camino al andar”. Y, mientras se hacen esos caminos, los sentidos se regocijan. Cada rancho, cada puesto de artesanías y cada restaurante es particularmente llamativo, tanto por sus colores como por el diseño y la decoración. Uno de los más atractivos es “La Golosa”, una mezcla de resto-bar surrealista y anticuario de clima bohemio, como todo el Cabo, donde todo lo que se ve está a la venta. “Llévese lo que quiera, pero entre sin calzado”, indica un cartel. Así, ingresé descalza por la lengua de una enorme boca, mientras la música chill out me invitó a relajarme y a degustar uno de los exquisitos platos. Además de su aspecto pintoresco, las playas son, sin dudas, el principal atractivo de Polonio. Las posibilidades para yacer al sol y chapotear con las olas -que no son frías como se cree-, son la mencionada Mansa y la Sur, ampliamente dorada y menos ventosa. Nosotras preferimos esta última, donde vimos las puestas de sol más bellas de nuestras vidas.

GIRA EL HAZ DE LUZ.

El faro de Polonio fue inmortalizado por el uruguayo Jorge Drexler en su canción “12 segundos de oscuridad”, que no dejé de escuchar desde que salió el disco con el mismo nombre, en 2006. De modo que luego de alquilar una pequeña casita blanca de techo a dos aguas (con Cabito incluido, un gato tan cariñoso como perezoso) fuimos a visitarlo. Según nos contó Miguel, el farero, Drexler suele pasar muchas horas, e incluso días enteros allí, aún en invierno. Y se dice que compuso el tema ahí mismo, en lo alto. Nos dijo éstas y muchas cosas más sobre el funcionamiento del faro, su utilidad y el dato que le da sentido al nombre del disco: el tiempo que tarda en girar el haz de luz es diferente en cada lugar. Y en el caso de Cabo Polonio, es de 12 segundos. “Un faro para solo de día/ guía mientras no deje de girar/ lo que importa en verdad/son los 12 segundos de oscuridad/ para que se vea desde alta mar/ de poco le sirve al navegante que no sepa esperar”. Ya fanatizadas por los faros, nos animamos a la pregunta: “¿Podemos encenderlo esta tarde?”. Así iluminamos la noche del 14 de febrero; una experiencia que no olvidaré.

AVENTURA EN LAS DUNAS.

Una de las propuestas desde Cabo Polonio es visitar Valizas, otro balneario que se encuentra a pocos kilómetros, camino a Punta del Diablo. Se ofrecen salidas en cuatriciclo o a caballo, y también se puede ir caminando por la playa. Con tantas opciones disponibles, todavía me pregunto cómo se me ocurrió insistirle a Mariana que vayamos caminando por nuestra cuenta, a desierto traviesa, bajo el sol, y con apenas una botellita de agua. “Valizas debe estar después de esta duna.” Nada. “Entonces después de aquella.” Nada. Para ese entonces, ya no teníamos el mar como referencia; sólo arena y más arena, y algún que otro cardo. En ese marco bien podría estar perdido El Principito, dibujando sobre el papel boas abiertas y boas cerradas. Pero estábamos nosotras, y las marcas circulares que veíamos en la arena y los sonidos que escuchábamos de vez en cuando “eran de falsas serpientes de cascabel”, tal como me explicó más tarde uno de los 90 residentes de Polonio. Como si fuera poco, vacas y toros salvajes aparecieron de la nada. Moraleja: la próxima vez contrataré la excursión o iré por la playa.

EL CABO DE NOCHE.

El Cabo ofrece dos experiencias nocturnas: las noches cerradas, iluminadas únicamente por las ráfagas del faro, las velas y los faroles que visten cada rancho; y las de luna llena, en las que se tiene una excelente visión. Recuerdo que luego del primer crepúsculo volví a la casita, encendí dos velas, me senté y permanecí inmóvil, en silencio. ¿Acaso necesitaba lamparitas de tungsteno y la TV para continuar con las actividades? Tras una hora en la penumbra me acostumbré y, linterna halógena en mano, con la noche cerrada, caminé con Mariana hasta Sargento García, un resto-bar del cual recomiendo las exquisitas tablas de frutos de mar, acompañadas -con perdón a los expertos en maridaje- con una copa de tannat, cepa por excelencia de Uruguay.
Después de la cena hubo música en vivo, obviamente sin micrófono, parlantes ni guitarra eléctrica. Una chica, que más bien parecía un ángel, hechizó al público golpeando a las puertas del cielo con Bob Dylan, manejando un Mercedes-Benz con Janis Joplin, montando caballos salvajes con los Rolling Stones y recordando la vieja infancia con Tribalistas.
Cuando logré desanudar mi garganta acompañé en los coros.

HASTA LUEGO.
Así como la noche, la estadía llegó a su fin. Ahora el equipaje parecía más liviano, aunque volviera cargado de nuevas experiencias y emociones. Y me fui pensando en desafiar la poesía de Joaquín Sabina, aquella con la que coincidía y que dice que "al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver". Al fin y al cabo, hay un antes y un después de Polonio.

Datos útiles

Ubicación: Cabo Polonio se encuentra a 264 km. de Montevideo y a a 150 km. de Punta del Este.

•Cómo llegar: en automóvil o en buses hasta un hito sobre la ruta 10, donde se encuentra la entrada al balneario. Desde allí se accede al poblado y las playas en los “camellos” (jeeps o camiones que realizan la travesía).

• Clima: muy frío en invierno y muy cálido durante el verano.

• Dónde alojarse: se ofrecen los emblemáticos “ranchos” y casitas del Cabo. También hay hostels, hosterías y posadas.

• Servicios turísticos: dispone de servicios de traslados, salidas de avistaje y cabalgatas.

•Informes: www.welcomeuruguay.com/cabopolonio/.