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Por los escenarios de Inferno
Dante, el Renacimiento y un thriller que encandila
Por Alejo Patricio Marcigliano     |  
06 de Enero de 2017

El trío Dan Brown como escritor y guionista, Ron Howard como director y Tom Hanks como protagonista, vuelve a la pantalla grande con Inferno, un thriller donde el profesor Robert Langdon debe enfrentar una amenaza bioterrorista armado de sus conocimientos sobre uno de los grandes poetas italianos del Renacimiento y de todos los tiempos, Dante Alighieri, recorriendo algunos de los edificios más emblemáticos de Florencia y de Estambul.

En medio de su confusión mira por la ventana y exclama: “¿qué hago en Florencia?”. Aunque es de noche, Roberto Langdon reconoce el skyline inconfundible de la ciudad italiana, donde destaca la cúpula (duomo) de la catedral de Santa María del Fiore y su campanario. Más o menos así comienza Inferno, la cuarta novela de Dan Brown que protagoniza el profesor, simbologista y experto en historia del arte, Robert Langdon, y la tercera película que llevan al cine la dupla Ron Howard, como director, y Tom Hanks en la piel del experto.

En esta ocasión, el improvisado héroe erudito debe enfrentar una amenaza bioterrorista, siguiendo un camino de “migajas” que tiene como protagonista excluyente a quien está considerado, muy posiblemente, el mayor poeta italiano de todos los tiempos: Dante Alighieri, y a su obra más relevante “La Divina Comedia” (de ahí el título del libro y la película).

Y justamente todo comienza en la Florencia natal del escritor.

El primer gran escenario del filme son los Jardines Bóboli, que Langdon debe atravesar con su compañera de periplo, la doctora Sienna Brooks (la actriz Felicity Jones). La verdad es que hay una divergencia entre el libro y la película. En el primero los jardines tienen un rol más destacado. En el filme es un sitio de paso, nada más, y lo mismo sucede con el Corredor Vasariano: una galería montada sobre el Puente Vecchio (sobre el río Arno, que atraviesa Florencia) y conecta los palacios Pitti y Vecchio, la nueva y la vieja residencia de los Médici.

EL PALACIO VECCHIO.

Es quizás uno de los edificios más emblemáticos de Florencia. Data de finales del siglo XIII y se lo conoció inicialmente como el “Palacio de la Señoría”, porque era la sede de quienes dirigían la República Florentina, y el cual a lo largo del tiempo fue ampliándose y modificándose. Su período de esplendor data del 1500, cuando se convirtió brevemente en residencia de la Familia Médici, que lideró Florencia y llegó a ser uno de los clanes más poderosos de toda Italia. Curiosamente, lo utilizaron durante poco tiempo (unos 25 años entre 1540 y 1565), de hecho su nombre “Vecchio” quiere decir viejo en sentido de obsoleto para cuando los Médici de mudaron al vecino Palacio Pitti.

Una singular característica de esta familia florentina fue su amor por el arte. Esto generó que se comportaran como mecenas. Uno de los fundadores del clan, Juan Di Bicci de Medici, ayudó al pintor Masaccio, al que le pidió la reconstrucción de la basílica de San Lorenzo de Florencia. Cosme I de Medici patrocinó a artistas como Donatello, Fra Angelico y Brunelleschi, quién pintó la cúpula de la catedral de Santa María del Fiore. Lorenzo de Médici apadrinó a Sandro Boticelli, Andrea Verrocchio, Doménico Ghirlandaio, Leonardo da Vinci y el más beneficiado de todos: Miguel Angel. Pero además, los Medici construyeron algunos de los edificios más destacados de Florencia, además del mencionado Palacio Vecchio, también crearon la Galería Uffizi, los Jardines Bóboli, los palacios Pitti y el Médici-Riccardi y el Fuerte Belvedere, todos visitables en un recorrido por la ciudad.

De este trabajo de mecenazgo es que hoy Florencia goza de un patrimonio artístico difícil de igualar y que se distribuye en los diversos museos que se han instalado en cada uno de esos edificios históricos.

Particularmente, de los ámbitos del Palacio Vecchio, se destaca fundamentalmente el Salón de los Quinientos. Allí llegan Langdon y Brooks buscando un cuadro expuesto: "La Batalla de Marciano". La obra mural (mide 7 m. de alto por 17 m. de ancho) es obra de Giorgio Vasari y retrata un gran triunfo militar del Ducado de Florencia sobre sus vecinos de la República de Siena. Pero de la pintura, los protagonistas sacan una pista para ir a buscar una pieza aún más importante: la máscara mortuoria del propio Dante Alighieri.

Aunque robada (la encuentran Langdon y Brooks sumergida en la pila bautismal de la catedral de Santa María del Fiore), en realidad la máscara se expone en el Palacio Vecchio. Era una antigua costumbre, surgida en la Edad Media, la de conservar en un molde tomado en yeso el rostro de una persona famosa recién fallecida: una especie de fotografía 3D antigua, que capturaba el rictus de la muerte.

Dante era un enamorado de Florencia, sin embargo, una mala decisión política (apoyó a la facción perdedora en un enfrentamiento civil) llevó a que fuera obligado a exiliarse. Y de hecho falleció lejos de su hogar. Que su máscara se conserve hoy en el Palacio Vecchio es como un perdón simbólico posmorten.

LOS CABALLOS DE VENECIA.

Pero la historia de Dan Brown lleva a los protagonistas más allá de Florencia, a la no muy distante Venecia. Y también a otro edificio emblemático: la basílica de San Marcos y a los cuatro caballos de bronce dorado que adornan su fachada. Se trata de esculturas-réplicas de originales que se encuentran en el Museo de la Basílica. Los caballos adornaban el Hipódromo de Constantinopla (hoy Estambul), y se los atribuyen al célebre escultor griego Lísipo, que lo habría creado en el siglo IV antes de Cristo. En 1204, Enrico Dándolo, Dogo de Venecia, comandó a sus tropas en el marco de la Cuarta Cruzada y participó del saqueo de Constantinopla. Fue este monarca quien capturó los caballos y los llevó a Venecia. En 1797, Napoleón Bonaparte hizo lo mismo cuando ocupó la ciudad, y recién en 1815, las esculturas fueron devueltas a la basílica.

Sin embargo, Inferno continúa y lleva a Langdon y Brooks (y a esa altura a quienes los persiguen: agentes de la Organización Mundial de la Salud –OMS– y de una misteriosa entidad llamada “El Consorcio”) a Estambul.

FINAL BAJO EL AGUA.

Como vimos, existe una extraña conexión entre Venecia, los Caballos y Estambul, que incluso termina por cerrar el círculo con la tumba de Enrico Dándolo que se localiza en Hagia Sofia. Creada como basílica cristiana, cumplió ese rol desde su dedicación allá por 360 y hasta 1453. En esa fecha los otomanos ocuparon Constantinopla y además de cambiarle el nombre por el actual Estambul, ocuparon la basílica para convertirla en mezquita, rol que cumplió hasta 1931. En esa fecha fue secularizada y en 1935 se la reabrió como museo.

Sin embargo, la historia de Inferno no concluye en este templo, sino en la Cisterna Basílica. Se trata de uno de los 60 antiguos depósitos de agua de Estambul, que se remonta al 532 y que alberga lo que aportan diversos acueductos. De hecho esta cisterna alimentaba de agua al Gran Palacio de Constantinopla y fue mandada a construir por Constantino I el Grande y ampliada posteriormente por Justiniano.

Como parte de la estructura se encuentran dentro de la cisterna dos bases de columnas con dos grandes cabezas talladas de medusas que están sumergidas invertidas bajo el agua.

En la historia de Brown, es en esas aguas de la cisterna, sumergido y contenido en una sencilla bolsa de plástico, donde se encuentra el virus Inferno, que amenaza en convertirse en la epidemia más mortal de la historia humana. Para cuando concluye el filme, hemos tenido un recorrido por el Renacimiento, nos hemos sumergido en la obra y vida de Dante y hemos conocido la representación del infierno que creara Sandro Botticelli. Y lo mejor es que todo sigue allí, en Florencia, Venecia y Estambul, a la espera de nuestra visita.

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Este contenido forma parte del servicio informativo de la revista Viajando y surge del relevamiento periodístico sobre datos publicados oportunamente, los que pueden sufrir cambios en precios y disponibilidades.
EL MURAL OCULTO

"La Batalla de Marciano" tiene un importante rol en el filme Inferno: aporta la prueba que empieza a desarmar el nudo de la trama. Curiosamente, protagonizó en la vida real su propio misterio. Especialistas y restauradores señalaron en marzo pasado que muy posiblemente, tras el mural se encuentre otro, con otra escena bélica (“La batalla de Anghiari”) de otro reconocido artista: Leornardo Da Vinci. Las crónicas históricas hacen referencia a esa obra y la localizan en el Palacio Vecchio, sin embargo nunca fue hallada. En realidad, se sabe que los resultados esperados de la obra de Da Vinci no convencieron puesto que la pintura tuvo problemas de secado. Posteriormente, a Vasari se le encargó no sólo la pintura de “La Batalla de Marciano”, sino la remodelación total e integral del Salón de los Quinientos.

Aparentemente se descubrió que el mural de Vasari está pintado sobre una pared falsa que crea una diminuta cámara de aire sobre la pared real del palacio. En definitiva, Vasari habría apelado a un truco para crear su nueva obra sin hacer desaparecer la de Leonardo.