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Anécdota viajera
La persecución
Por Solange Goldstein     |  
31 de Agosto de 2017

La historia, en este caso, viene de la mano de la periodista Solange Goldstein, quien estuvo hace unos años en Costa Rica, abriéndose paso en reservas naturales y entrando en contacto con el entorno. La anécdota en cuestión tiene lugar en uno de esos sitios y el pecarí es el otro protagonista del relato. 

Vivo en la gran ciudad, en un departamento con un pequeño balcón que se proyecta entre edificios que apenas me dejan ver el cielo. Trabajo en el centro, donde la gente camina rauda y los autos forman fila siempre, muchos tocan bocina impacientes, pero yo llego en transporte público, amontonada, corriendo para poder estar a tiempo. Con ese panorama, cuando pienso en vacaciones, me transporto a la naturaleza: playas solitarias, bosques y selvas inexploradas, y hasta montañas. Costa Rica respondía a ese imaginario, por lo que hace algunos años la conocí y me encantó.

La recorrí de punta a punta y desembarqué en buena parte de los parques nacionales: en Cahuita, donde estuve cara a cara con los monos; Volcán Poás, en cuyo trayecto me topé con un grupo de coatíes muy amigables; los perezosos que bajan muy lentamente de los árboles de la zona del Caribe; los guacamayos en el Manuel Antonio; las tortugas laúd en Las Baulas; las mariposas azules que se cuelan entre los caminantes, las lagartijas que se escurren rápidamente y los cangrejos que construyen sus cuevas en la arena, son algunas de las especies que descubrí.

Cuando llegué a Monteverde el plan era pasear por la reserva Santa Elena, un bosque nuboso, cerrado y solitario. Caminé entre la espesa vegetación por un sendero que se abría entre riachos hasta que un ruido proveniente de atrás mío quebró el silencio reinante. Miré y descubrí un pecarí, similar al chancho pero de color gris. Me acerqué maravillada unos metros y el animal hizo lo mismo. Fue en ese momento que empecé a sentir algo de desconfianza pues no conocía las características de esta especie. Seguí mi camino y constaté que me seguía. Sentía sus pasos cada vez más cerca: evité correr pero apuré el paso lo más que pude. Me asusté pues lo escuchaba cada vez más cerca. Y alrededor mío nadie para ayudarme. Poco vi del resto del parque. Mi único cometido era llegar a la salida. A pocos metros de llegar, perdí de vista al pecarí. Cuando por fin salgo me acerco al guardaparque que estaba sentado junto a su refugio y lo veo a él echado cual can con su dueño. Entonces el señor me cuenta que este animal siempre anda en el parque con los exploradores, que está muy acostumbrado a acompañarlos en su derrotero y que al final se tira a descansar a sus pies. Me retiro del lugar riéndome de mí misma.