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Montevideo, amores de carnaval
Por Evangelina Paju     |  
14 de Agosto de 2012

A primera vista es sin dudas una ciudad amable, sin tiempo, que comparte con el visitante sutilezas que obligan a sonreír. Durante su largo y complejo carnaval, sin embargo, Montevideo se muestra más intensa y misteriosa, vestida de pasiones, claroscuros y secretos.

Es la esquina de Durazno y Convención, la de la canción de Jaime Roos, y queremos la foto. En realidad, Durazno y Convención son cuatro esquinas, pero una sola tiene los carteles con los nombres de ambas calles. Así que esperamos a que unos vecinos despidan a las visitas del domingo mientras el viento nos abraza. Por fin comenzamos la sesión de fotos: con el cartel, con la puerta, con el profundo cielo que se abre en un último atardecer de despedida. Pasa un auto, cruza Durazno y se estaciona. Seguimos con las fotos, pero del auto se baja el habitante de esa esquina, el dueño de esa precisa puerta que está bajo el único cartel que materializa el nombre de la canción. "Les voy a cobrar derechos. Ayer conté 43", nos dice, y entra. Sabe de la canción, claro. Sin embargo no parece terminar de entender que, de alguna manera, la habita. Vive inmerso en esa familiaridad en la que aquí, cruzando el charco, todo se palpa a cada momento. Y probablemente no imagina que esa música nos abrió a muchos las puertas de una Montevideo fascinante, que se nos ofrece como un remanso cercano, como una realidad bella y posible, plácida y amable.

En esas canciones aprendimos de la murga, que vive en las esquinas de la ciudad. Del reinado del Dios Momo que toma Montevideo durante 40 días en el que se promociona como el carnaval más largo del mundo. Y eso fuimos a ver en febrero: la Montevideo de carnaval que nos cantó Jaime. La que intuimos primero, descubrimos después y, apenas más tarde, se adueñó de nuestra emoción cuando el barco llegaba a puerto y reconocíamos la silueta del Cerro, la voz anhelante de una bienvenida, las calles familiares, casi como en una llegada a casa.

O mejor, creímos haber aprendido. Pero de carnaval sabíamos poco y nada. Y el cuplé de Agarrate Catalina (para los amigos, La Catalina, una de las murgas favoritas que deslumbran cada febrero) lo retrataba con claridad este año. Nos decía: "Hermano argentino que estás aquí presente, te voy a pedir un favor: Ahora cuando bajemos del tablado no nos preguntes más ‘uh, la murga, ¿cuándo toca en las Llamadas?' Porque la murga no toca en las Llamadas. Ni "uy, chicos, me encantó el sketch de los charrúas...' Pero si es un cuplé, boludo. ‘¿Y los carnavales?' Mirá que tampoco son los carnavales: es un carnaval solo y encima es larguísimo".

Larguísimo y algo complejo para los no iniciados. En primer lugar, son varias categorías: negros y lubolos, murgas, humoristas, parodistas y revistas. Las comparsas desfilan en las Llamadas, todos los rubros se presentan en los tablados barriales -unos 16 en la ciudad- y compiten en el Teatro de Verano, en fechas determinadas, frente a un jurado que elige a los mejores.


PARECE MENTIRA LAS COSAS QUE VEO.

Es verdad, se trata de un carnaval de escenario y desfiles. Pero el sutil encanto de Montevideo se saborea en las calles. Porque la fiesta arranca antes. Mucho antes de que caiga la tarde, cuando las comparsas se van juntando. Llegan a la previa de a poco. Un chico con la cara completamente pintada de blanco viene en bicicleta hablando por celular. Otros conversan con las estrellitas y lunas ya dibujadas sobre el blanco de sus mejillas. Por el medio de la calle viene Carlos Paez Vilaró. Dicen que será su último desfile de Llamadas. Pero también dicen que dicen lo mismo todos los años. Él avanza mientras yo lo miro, desde el costadito de la vereda, recordando mi primera emoción adolescente de un atardecer en Casapueblo. Y se ve que lo miro mucho, porque se acerca y me saluda. Como si me conociera. Como se ve que sucede seguido por las calles de Montevideo. Me abraza y sigue rumbo al patio interno de la vivienda, hoy otra, que fuera el conventillo Medio Mundo, sobre la calle que ya hoy tampoco se llama Cuareim, en el número 1080.

La C1080 es, nos cuentan, una de las comparsas más emblemáticas, aunque es difícil saberlo porque el carnaval, como el fútbol, pone en juego pasiones que hacen inútil cualquier pretensión de objetividad. Lo que sí asegura la historia es que la C1080 nació en ese conventillo, el Medio Mundo, epicentro de la cultura afro, citado por muchas de sus canciones de carnaval y finalmente devenido en mito urbano.

 

QUE NO SE LLEVEN LOS MUÑECOS DEL TABLADO.

A pocas cuadras de allí algunos se van acomodando en las gradas ubicadas sobre la calle Isla de Flores. En las terrazas y los balcones, que la gente literalmente alquila, se deja ver el humo de algunas parrillitas. Estoy asombrosamente cerca. Tanto que las banderas me acarician al pasar, los ojos de quienes vienen dejando su piel en el cuero de los tambores se clavan en mis ojos, y llego a ver el sudor en las frentes, a notar la respiración agitada en los pechos.

Una tras otra pasan las comparsas mientras la noche pasa, aparentemente amable, como Montevideo, pero escondiendo bajo la piel suave del carnaval familiar pasiones que no pocas veces terminan en pelea.

En el desfile de Llamadas el candombe despliega su orgulloso legado negro. La tradición cuenta que durante la época de la esclavitud las familias se comunicaban mediante diferentes toques de tambores. Hoy, cada agrupación, llama con su toque característico al espíritu del carnaval, a sus ancestros, a la fiesta. Y exhibe sus símbolos: el estandarte con su nombre, la bandera con sus colores, una medialuna y una estrella de cinco puntas como trofeos. La mama vieja, con enormes polleras y un colorido abanico, baila con el gramillero. De larga barba blanca, este personaje que avanza a los tumbos apoyado en un bastón, no deja de seguir el ritmo: representa a quienes curaban a través de las hierbas medicinales. La vedette y el bailarín siguen detrás. Luego viene la cuerda de tambores. Madera y cuero sobre el que las manos golpean frenéticas. Algunas sangran. Ninguna para.

 

QUE NO SE VAYA NUNCA MAS LA RETIRADA.

Plácida y familiar transcurre también la noche en los tablados. Los vecinos van llegando, mate bajo el brazo. Se organizan sorteos entre una presentación y otra, mientras se venden churros y hamburguesas en un espíritu de quermese de barrio que invita inevitablemente a la nostalgia.

Siempre dispuesta a sorprender a quienes se disponen a descubrir sus secretos, Montevideo nos reserva, a quienes vinimos a buscar el espíritu negro de las Llamadas, la sorpresa del humor sutil, ácido, inteligente, cómplice, de las murgas. Y el ensamble perfecto de las voces que llenan la noche que de repente se ha vuelto estrellada.

La murga no es fácil de entender, pero vale la pena intentarlo. Seguramente dejamos pasar algunas referencias incomprensibles a la política nacional, irónicos comentarios sobre algún personaje de la farándula local. Solo por citar un ejemplo, uno de los mejores cuentan los entendidos locales, La Mojigata, abordó un tema de interés local desconocido por estas orillas: ¿Qué hacer con las cenizas de Artigas, héroe nacional uruguayo? Pero también cantó, en una crítica aguda y filosa, a las diferencias que hace -parte de- la sociedad entre niños y "menores", cercanos a la marginalidad y la delincuencia. Tema, claro, que no debiera resultar ajeno ni indiferente a quien llega desde estas vecindades.

Lo esencial se disfruta, pero es probable que entender completamente a una murga, con sus guiños y sus dobles sentidos, con sus voces metálicas vibrando en un ensamble perfecto y sus alusiones críticas a vaya a saber qué, requiera más de un carnaval. Qué mejor, me pregunto. Cuando irremediablemente se apagan las bombitas amarillas, tengo una excusa para volver a esta ciudad que, sutil y amable, se me ha enredado de alguna manera extraña en mis signos de pregunta más antiguos. A esta Montevideo, donde después de todo sí valió la pena haberme quedado un día más de lo previsto, se han corrido ahora de manera imprevista mis fronteras. Cuestiones inexplicables. Amores de carnaval.

 

 

 

EL FUTURO CARNAVAL

El carnaval se hace en los barrios y renace cada febrero en los tablados. Pero un grupo de gente se ha encargado de mantenerlo encendido todo el año. Se ha dado a la difícil tarea de retratar su espíritu en un museo. Allí se conservan y se exhiben recuerdos, trajes, imágenes, historias, maquetas, rostros detenidos en las fotos que atraparon hace años la esencia del carnaval de Montevideo. Y la magia nueva que se teje con cada generación que recrea esta celebración única. Todo eso está en el Museo del Carnaval, en un galpón reciclado junto al tradicional Mercado del Puerto, parada obligada para tomar un Medio y Medio. Allí, quienes visiten Montevideo en cualquier momento del año, podrán empaparse de algunas de las emociones de este ritual.
Este año, el Museo del Carnaval, inauguró también su tablado, en una plaza detrás del área de exhibición. Es el primero que funciona en la Ciudad Vieja después de 15 años. En medio de la noche, los vecinos se acercan, otros miran cómodamente desde sus ventanas. Rostros asombrados y felices, asomándose a un carnaval que van recuperando y reinventando en cada noche de fiesta.