
La Ciudad Luz atesora lugares únicos como el hotel Ritz, el mítico Moulin Rouge y uno de los más afamados restaurantes del mundo, Maxim's; tres íconos que definen la esencia de sofisticación y romanticismo de la capital francesa.
"Un gran amor a ciegas"; así la describe uno de los personajes de Rayuela, libro en el que Julio Cortázar dejó expresada su pasión por esta ciudad. Y es que -debido a su mística literaria y romántica- a París se la ama incluso antes de conocerla. Por eso cuando se arriba a ella por primera vez, finalmente se concreta el idilio tantas veces fantaseado a través de películas, poemas, novelas y canciones.
Moderna desde sus tiempos más remotos, y sofisticada y melancólica a la vez, la Ciudad Luz fascina a los visitantes con la perfecta combinación de su clásica arquitectura señorial, la bohemia de sus barrios antiguos y las construcciones futuristas de sus nuevos distritos.
Citar sus íconos y atractivos es como una redundancia; son tan famosos que hasta un niño podría enumerarlos. Recorrerla en su totalidad, en tanto, aparece como una quimera; en tanto infinitas, ninguna gran urbe puede ser conocida en todas sus dimensiones. Así que teniendo en cuenta estos aspectos, el turista deberá estudiar previamente cuáles son los paseos más convenientes para abarcar sus principales gustos o prioridades. En este caso, el itinerario se limita a tres sitios muy especiales, tres lugares tan emblemáticos de la esencia parisina como la Torre Eiffel, el Louvre y el Arco del Triunfo.
El Ritz: glamour y exclusividad.
También es una redundancia anteponer aquí la palabra “hotel”, ya que desde su misma construcción todos hablaban de “el Ritz”. Ubicado en el 15 de Place Vêndome -en lo que había sido una suntuosa mansión del siglo XVIII-, este fastuoso establecimiento fundado en 1898 por el suizo César Ritz e inaugurado el 1º de junio de ese año se convirtió, desde el primer día, en la gran sensación de París, convocando a lo más exclusivo de la sociedad francesa y europea. Cuenta con 162 habitaciones, 55 apartamentos y 11 suites, además de un paradisíaco spa. La suite Imperial -cuya cama principal es una réplica de la utilizada por María Antonieta en el Palacio de Versalles- ha albergado a reyes y famosos como Eduardo VI de Inglaterra, Alfonso XIII de España, Woody Allen o sir Elton John. Claro que la lista de huéspedes ilustres es interminable e incluye a Charles Chaplin, Eva Perón, Winston Churchill, Marlene Dietrich, Orson Welles, Greta Garbo, Oscar Wilde, Truman Capote, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Entre los huéspedes escritores tuvo un lugar especial Marcel Proust, para quien el Ritz fue un auténtico refugio espiritual antes del fin de su vida: “Escribía en su casa, pero prácticamente vivía en el Ritz”, se afirma en una de sus biografías. Él, por su parte, decía: “Aquí es el único lugar donde me siento en paz”. El autor de “En busca del tiempo perdido” inició su relación con el hotel la noche misma de su inauguración y desde entonces nunca dejó de frecuentar sus ambientes, motivo por el cual una de las suites lleva merecidamente su nombre.
Otro escritor que quedó en la historia de la propiedad fue Ernest Hemingway, que a principios de la década del 20’, apenas llegado a París como corresponsal de prensa y con sólo 22 años, quedó deslumbrado la primera vez que ingresó al bar del Ritz. Claro que por entonces no podía darse el lujo de consumir; tuvieron que pasar muchos años -y las exitosas novelas “Aguas primaverales”, “Fiesta” y “Adiós a las armas”- para que el autor de “Por quién doblan las campanas” pudiera transformarse en un feliz habitué de aquel mágico lugar que hoy lleva su nombre y donde hay un busto de bronce rindiéndole homenaje en la barra.
Moulin Rouge: música, danzas y bohemia.
Montmartre, ubicado en la cima de una colina, es uno de los barrios más pintorescos de París. Con grandes bulevares, pequeñas callecitas, hermosos patiecitos y escaleras de piedra, conserva un aire bohemio a pesar de que ya no es el mismo de otros tiempos. Al pie de esta zona, puntualmente en el distrito rojo de Pigalle, sobre el boulevard de Clichy, se encuentra el legendario Moulin Rouge, el tradicional cabaret inaugurado 6 de octubre de 1889.
Aquel pequeño local con la imitación de un molino rojo en su frente lentamente se fue convirtiendo en el más famoso music-hall de la Belle Époque y uno de los grandes sitios de esparcimiento de la vida parisiense gracias, en parte, a la famosa danza de sus bailarinas: el can-can.
Ingresar a sus instalaciones es hacerlo a una época de esplendor artístico en París, y al lugar por el que pasaron nombres de la talla de Edith Piaf, Ginger Rogers, Frank Sinatra, Charles Aznavour, Joséphine Baker, Bing Crosby y Sacha Distel, entre muchos otros. El Moulin Rouge fue también el tema central de inspiración de muchas de las pinturas posimpresionistas de Toulouse-Lautrec, asiduo habitué del establecimiento.
En la actualidad, los turistas pueden disfrutar de los mismos espectáculos que deslumbraron a tantos parisinos, mientras saborean algunos de los menúes disponibles, que llevan nombres como French Can-Can, Toulouse-Lautrec y Belle Époque. Dichos espectáculos incluyen, claro, un número de striptease; el mismo que causó conmoción en 1890, cuando fue estrenado, además de números de music hall que llegan a tener a 100 artistas en el escenario, con una puesta de producción y vestuarios deslumbrantes.
Cuando el turista visita el Moulin Rouge seguramente recordará las escenas de las tantas películas que homenajearon al mítico cabaret, la mayoría de ellas tituladas con su nombre. O al menos evocará las imágenes de la última, dirigida en 2001 por Baz Luhrmann, con las actuaciones de Nicole Kidman y Ewan McGregor.
Maxim’s: sobriedad y placeres gourmet.
La elegante madera de la fachada del edificio, con sus faroles y el picaporte de bronce con forma de cisne de la puerta, ya insinúa que se trata de un lugar especial. Sin embargo, no se trata de un frente despampanante o suntuoso. Eso sí: el nombre estampado en el toldo rojo que sombrea la acera lo dice todo: Maxim’s, el restaurante más famoso del mundo y, según los expertos, uno de los mejores. Las letras doradas de la original tipografía -y su dinámica disposición sobre el fondo rojo- son el sello inequívoco de este restaurante que es, desde 1979, Monumento Histórico Nacional de Francia.
Inaugurado el 23 de abril de 1893 por un experimentado barman, Maxime Gaillard, y ubicado entre la plaza de la Concordia y la plaza Madeleine, Maxim’s fue atrayendo a sus clientes gracias a la serenidad de sus glamorosos ambientes, la esmerada atención personalizada y una gastronomía que, desde sus inicios, tuvo como objetivo sorprender a los paladares más exigentes pero sin exagerar la creatividad de los menúes. Todo debía ser sobrio, fino y sofisticado, en la medida justa y exacta. La apertura del restaurante coincidió con los primeros años de desarrollo del estilo art-nouveau, que sirvió para decorar sus magníficos interiores. Adentro todo es de una distinción superlativa. En cada uno de los tres pisos el establecimiento resume a esa corriente artística que hacía de los ornamentos la forma misma de los objetos. Así, espejos, arañas, faroles, mesas, sillas, barras, vitraux y sillones son verdaderas obras de arte que crean una incomparable atmósfera. Además, cada detalle -las pequeñas lámparas en las mesas, la permanente luz tenue, las mágicas alfombras, las canciones que ejecuta un pianista por las noches- hace que en Maxim’s pueda ser revivido el esplendor de la Belle Époque, ese tiempo que inundó de euforia a París y a toda Europa apenas iniciado el siglo XX.
Y fue precisamente en 1900 cuando el restaurante comenzó a adquirir su fama mundial. En abril de aquel año Francia organizó la Exposición Universal de París, evento que paralizó a la ciudad y sorprendió a sus ciudadanos y visitantes con la presentación de -para aquel entonces- ingeniosos inventos como la escalera mecánica. Fue, además, el encuentro en que se estrenó oficialmente la Torre Eiffel, construida especialmente para la ocasión. Con miles de personas paseando en las calles desde la mañana hasta la noche, Maxim’s comenzó a ser frecuentado por grandes personalidades de la industria, la política, el espectáculo y los negocios, y así fue que su nombre lentamente fue expandiéndose por el Viejo Continente hasta convertirse en una marca sinónimo del más refinado arte culinario.
