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Lola, la loca... amores de verano
Por Daniel Egea   |  
23 de Febrero de 2011

Me habían hablado del encanto que irradiaba Perú y de la hospitalidad.
Y en el hotel me avisaron que podía ocurrir pero temí que formara parte de esas leyendas urbanas que saben circular en todas partes.
...
Lo cierto es que, con cada atardecer ella aparecía sigilosa y de a poco fue conquistándome.
Relajado, de vacaciones, disfrutando la calma del mar azul verdoso de Máncora y un horizonte encendido, ese miércoles sentí su respirar en mi espalda pero conservé la calma.
Pasó a mi lado, casi rozándome, pavoneándose y mostrando un desparpajo inusual. Su figura grácil, deslizándose con cadencia; su pelo negro brillante, acompañando la brisa; sus pisadas... nada hacía suponer lo que vendría.
Se detuvo delante de mí y –lentamente- echó su cuerpo sobre la arena tibia, aunque mantuvo cierta distancia convirtiéndose en ese oscuro objeto de deseo.
De regreso al bar del hotel alguien me dijo que no sabían de donde aparecía, pero que la gente del lugar la había bautizado Lola, la loca.
Al día siguiente, para probar cuánto había de cierto en todo aquello, esperé ansioso que se repitiera la escena, ¡y así fue! Cuando nada lo hacía prever, ahí estuvo.
Especulando con el espacio y siguiendo mis movimientos, Lola se animó un poco más, detuvo su andar y -rodeándome con un encantamiendo sin igual- comenzó a girar, a correr hacia el mar, a regresar dando cabriolas.
Evidentemente, estaba decidida a conquistarme y no dudó en acortar distancia, y nada más.
...
Hembra al fin, cuando pensé que pasaría el fin de semana solo, el sábado se dejó ver entre los paradores y el domingo reanudó su postura.
Como sabiendo que no nos volveríamos a encontrar, corriendo por la playa se metió en el mar, salió y dándome la espalda -despojada de todo- jugueteó con las sombras, persiguió a los pájaros y esperó.
Solo ella y yo.
Entonces se encaramó y sin dudarlo, meneando su cuerpo, resuelta a sellar el momento llegó hasta mi lado y dejó que la acariciara, deseosa, crédula, mimosa.
...
Segura de haber logrado su cometido, dio unos pasos, sus caninas patas se detuvieron frente a mis pies y allí se quedó, acostada, disfrutando la calma, la brisa y el rojizo atardecer.