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Nápoles: en búsqueda de las huellas maradonianas
Por Juan F. Subiatebehere     |  
21 de Marzo de 2011

 En el corazón de las callejuelas napolitanas, un bar resguarda el recuerdo de Diego Maradona de una forma que lo eleva a la categoría de hacedor de milagros.

Esta es una aguafuerte no de Nápoles, sino de una de sus tantas facetas fascinantes: la maradoniana.
Viajo en el posti 56 finestrino, de la carroza 6, del treno 723 que partió de Roma a las 7.17 y llegará a Nápoles a las 9.30.
Es un domingo de feria donde napolitanos, africanos y latinos se zambullen sobre tablones repletos de moluscos, zapatillas, estéreos, camisas y berenjenas.
La butaca contigua, la 54, la ocupa un tano (su cara es evidente) con una computadora personal que tiene como fondo de pantalla dos fotos: una del Stadio San Paolo y otra del ídolo.
“¡Maradona!”, le digo a la vez que revelo mi procedencia. “Maradona”, me contesta, se besa el índice y el anular y los estampa en la imagen de Diego.
Recorro Nápoles durante la mañana.
Buceo callejuelas techadas con cordeles de ropas que bailan al ritmo de la Canzone napoletana.
Camino la Via San Gregorio Armeno escoltado por edificios descascarados y sostenidos entre sí por hileras de foquitos y banderines de colores.
Esquivo puestos con estampitas de San Genaro, cuernos rojos anti mala suerte, panderetas, cerámicas y chucherías varias.
Me deslumbro en la galería Umberto I.
Ya en Capri –isla de rasgos griegos y carácter italiano-, me entero de un bar frente a la plaza Nilo -en Nápoles- que cobija una “cappella piccola” de Maradona.
A la vuelta, noctámbulo, apuro el paso en búsqueda de la plaza.
Es la hora en que las calles napolitanas huelen a ropa recién tendida.
Llego. Todo está cerrado alrededor, excepto una agencia de lotería.
Pregunto por el bar Nilo. Me dicen que tengo suerte porque el dueño, Bruno, se está jugando unos números justo detrás de mí.
Giro y me presento: apretón de manos, nombre y nacionalidad. “Está cerrado –me confirma-, pero como sos argentino lo voy a abrir para vos. Vení, seguime.”
Bruno levanta la persiana del bar Nilo, enciende todas las luces, se dirige atrás de la barra y eleva una pequeña capilla.
El santuario está ornamentado con una foto de Maradona al centro; dos santos protectores a su izquierda y una leyenda que reza “Madonna di Buenos Aires, proteggilo”; un billete de 5 pesos argentinos en el friso; un frasquito con una lacrima di un napolitano del anno nero 1991 (el último del ídolo en el azurri); y -enmarcado y resguardado como pieza única en un papel celofán- un rulo morocho, il capello miracoloso di Diego Armando Maradona, del anno santo 1987, cuando el Nápoli, de la mano del 10, se consagró campeón de Italia por primera vez y el sur pobre hirió el orgullo de los ricos del norte para siempre.