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Trenes patagónicos: fotogramas de una época dorada .
Por Mariana Iglesias     |  
30 de Mayo de 2011

Una invitación a recorrer parte de la Patagonia argentina en tren es para esta cronista, nieta de ferroviarios, más que un viaje. Se trata de una experiencia que recrea los mejores recuerdos de la infancia, reviviendo las imágenes de un país de esplendor y de trabajo.

La primavera se había instalado definitivamente en el hemisferio sur, y en mí se habían instalado ciertas dudas acerca de las actividades previstas para la jornada que comenzaba en Viedma, la capital rionegrina. Primero necesitaba contar con la información básica para luego empezar a disfrutar.
Entonces comenzaron las preguntas a Rubén, quien se perfilaba como el referente durante la experiencia en el Tren Patagónico: que si las valijas viajaban con los pasajeros, que si hay camarotes para todos, que si el sonido de la disco a bordo nos iba a invadir durante toda la noche, etc.
Afortunadamente, algunas de las preguntas comenzaron a responderse a medida que transcurrían los preparativos para partir.
El recorrido parcial que se extiende desde Viedma hasta Ingeniero Jacobacci -el total es de 830 km. y llega hasta Bariloche- tiene una duración de 12 horas y regala paisajes austeros, profundamente patagónicos, con grandes extensiones de desierto donde las tonalidades tierra predominan en el horizonte.

BIENVENIDOS AL TREN.
La formación ferroviaria parte desde Viedma al atardecer, dejando atrás el ritmo citadino, la plaza principal, la manzana histórica y una costanera ideal para recorrerla a pie admirando el río Negro en todo su esplendor.
Una vez que nuestros cuerpos se sincronizaron con el vaivén del vehículo se hizo pertinente comenzar a inspeccionarlo.
Mi primera impresión fue inesperada. El camarote me pareció tan diminuto que comencé a desarrollar una sensación de encierro. De pronto me sentí en la remake patagónica de Alicia en el País de las Maravillas. Por suerte, este malestar desapareció inmediatamente al recordar que yo ya había viajado en esos trenes, pero tenía 25 años menos y no superaba el metro y medio de altura.
Habiendo logrado conservar el equilibrio dentro del compartimiento, me detuve en cada detalle: el pequeño lavabo, el minúsculo placard, el sello de la compañía ferroviaria impreso en las sábanas, todo calculado para que en pocos movimientos tengamos acceso a lo que podamos necesitar durante las horas en que ese cubículo fuese nuestra morada.
A paso lento pero constante, como el andar del “Patagónico”, se fue dilucidando la incertidumbre. Sí, los camarotes eran para dos personas; sí, nuestro equipaje viajaba con nosotros; y sí, el tren pararía en estaciones predeterminadas.


ANTES DEL ANOCHECER.
Como una continuación en clave desértica de la saga de películas “Antes del amanecer” y “Antes del atardecer”, me encontraba de pronto en el vagón comedor de una formación ferroviaria que surcaba la meseta de Somuncurá de este a oeste. Allí, observando a través de los inmensos ventanales, fui testigo de un inolvidable cielo naranja que en minutos se tornó rojizo y luego violáceo.
Con la vista colmada, ahora me disponía a satisfacer el estómago.
Mientras algunos mozos vestían las mesas en tonos pasteles para la cena, otros levantaban los pedidos a los comensales, quienes seríamos divididos en turnos sucesivos a partir de las 20.30.
Y luego una sorpresiva propuesta: matineé de cine. En efecto, el tren patagónico cuenta entre sus servicios con una sala que proyecta películas para los pasajeros del pullman y del coche camarote.
Luego del film y la cena, consistente en una clásica pero deliciosa milanesa con puré acompañada de bebida y postre, nos dispusimos a extender la sobremesa evocando recuerdos de la infancia sobre nuestras experiencias en los trenes de larga distancia que surcaron el país algunas décadas atrás. Cuando la nostalgia ya nos tenía prisioneros se abrieron las puertas a una nueva aventura: el vagón–disco.
El repertorio musical logró que todos en algún momento moviéramos el esqueleto y la barra ofreció tragos variopintos. Para tranquilidad de todos, la respuesta a uno de mis interrogantes es no, la música no llega hasta los camarotes ni mucho menos. Al ingresar al recinto de descanso sólo se percibe el suave movimiento de la formación que, sumada al cansancio acumulado, funciona como inductor natural del sueño.
La siguiente escena es el despierte puerta a puerta, una tarea que llevan adelante con hidalguía los camareros asignados a cada vagón. Ellos nos informan que el desayuno está listo y que en breve llegaremos a Ingeniero Jacobacci, destino final de ese fragmento del viaje.
Allí nos esperaba otra aventura. Dejábamos el señorial Tren Patagónico para abordar “La Trochita”.

CAMBIO DE VIAS.
La mañana se había despejado y el viento del sur cobró un protagonismo desmedido.
A pocos metros se divisaba el humo que exhalaba la locomotora del Viejo Expreso Patagónico, conocido como “La Trochita” debido a la angosta trocha (0,75 cm.) sobre la cual se desplaza por los casi 400 km. que recorre en Río Negro y Chubut. Esta formación a vapor surca la estepa desde 1945 alimentándose de agua y petróleo.
Los pasajeros estábamos listos en la estación de Jacobacci y la polvareda apuró los trámites para abordar. Sentada y con el boleto en la mano, volví a experimentar la sensación de asombro.
En este caso, mi entorno no cambiaba de tamaño, sino de época. En ese momento podría haber afirmado que había viajado en el tiempo y me encontraba en el lejano oeste de un siglo atrás.
La Trochita partió hacia la estación Ojo de Agua y con su lenta marcha fue atravesando curvas y pendientes.
Al asomarme por las ventanas de los vagones de madera construidos en Bélgica y calefaccionados por pintorescas estufas de salamandra, se revelaba ante mí la estepa patagónica, indómita y desolada. Si, con esfuerzo, estiraba un poco más el cuerpo lograba ver la locomotora.
No sabría reconocer si era la Baldwin americana o la Henchel alemana, ambas mencionadas por el guía a bordo; pero en cualquier caso, puedo asegurar que pararse en la unión de dos vagones y esperar la siguiente curva con medio cuerpo haciéndole frente al viento patagónico le acomoda las ideas a cualquiera.
Adentro el panorama es otro. Asientos de madera, leños encendidos, café de media mañana y relatos de antaño, que cobran vida cada vez que la Trochita emprende su recorrido.
A esta altura yo ya podía confirmar estaba inmersa en un escenario de película.
Ahora me quedaban unos cuantos kilómetros de estepa para averiguar o imaginar qué film estarían protagonizando mis compañeros de viaje.