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Estancia Dos Lunas: relax en las sierras
Por Redacción Ladevi   |  
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A 120 km. de la ciudad de Córdoba, en Alto Ongamira, un centenario casco de estancia constituye el núcleo de una propuesta turística ideal para dejar de lado las preocupaciones cotidianas.
El silencio de las Sierras Chicas, conjuntamente con la belleza del paisaje y el aire limpio del valle, se conjugan para desplegar ante el visitante todas las variedades de seducción imaginables. Gigantes de roca apenas teñidos por el verde amarillento de los pastos, picos desnudos que parecen desafiar con sus afiladas puntas los dominios del cóndor, montes ásperos y ralos que ofrecen refugio a los pequeños animales del campo, arroyos cristalinos que se deslizan ladera abajo... Y en el seno de esta virtuosa serie de regalos que la Naturaleza le concedió a la zona de Alto Ongamira, en plena serranía cordobesa, la estancia Dos Lunas parece querer acaparar las preferencias de aquellas personas que buscan recomponer el espíritu y regalarle unos días de paz y sosiego.
Una casa de 100 años de antigüedad recibe a los huéspedes, que serán permanentemente agasajados por Juan y Teresa, perfectos anfitriones que contribuirán con sus caracteres afables y serviciales a que la estadía adquiera un perfil ideal. Mientras Teresa pondrá a prueba su amabilidad proverbial, Juan se convertirá en el guía perfecto de las cabalgatas y caminatas que los visitantes podrán realizar, siempre con la colaboración de un personal adiestrado que se encuentra a la altura de las circunstancias.
Dos Lunas tiene 3.000 ha. de tierras serranas. Situada a 120 km. de la ciudad de Córdoba, el camino que lleva hasta ella reviste de por sí un interés especial, dado que recorre en laberíntico derrotero algunas de las antiguas estancias jesuíticas, que, pintadas de un blanco deslumbrante, encandilan a los amantes de la historia y la arquitectura.
Ya instalado en la estancia, el visitante descubrirá un interior cálido y acogedor, con cuartos grandes y confortables, todo rodeado de un marco exterior de árboles y plantas que realzan el entorno. La pileta con su solarium en madera lustrada y las sillas tijeras de reluciente tela blanca, resultan los cómplices perfectos para una tarde de relax, luego de una mañana plena de actividades. Y si el desayuno y las meriendas sorprendieron con sus panes de campo, los pastelitos, las tortafritas y los dulces caseros de doña Irene, los almuerzos y cenas prolongarán la excitación con los productos regionales y una refinada cocina de campo, todo lo cual inducirá a sostener una prolongada sobremesa. Este menú tentador se complementará con los tradicionales asados, que se servirán en la pileta si la morosidad del mediodía lentifica los movimientos. La otra opción es optar por hacer un picnic, para el cual Juan y Teresa tienen ya elegidas las sugerencias.
Las cabalgatas resultan irresistibles. Hay programas para todos, con y sin dificultades. Un par de horas son suficientes para algunos, pero para aquéllos que se dejan seducir por los obstáculos que se yerguen en las laderas serranas, hay recorridos que jamás olvidarán, como el que lleva a la quebrada de Luna y permite contemplar desde muy cerca el vuelo majestuoso de los cóndores sobre los picos de los terrones.
Las caminatas también son aptas para todos. Se puede recorrer los alrededores o caminar hasta la cima de un cerro cercano, para conseguir un mirador privilegiado y disfrutar de una vista majestuosa.
Dejamos para el final las historias de los primitivos habitantes de Alto Ongamira, los Comechingones, como la que cuenta los apasionados desencuentros de este pueblo con los conquistadores y el trágico final de aquel grupo que escapó del asedio trepando el cerro Colchequín, que domina, orgulloso, la comarca, desde donde burlaban el alcance de las balas de los arcabuces... Claro que todo duró hasta que los españoles descubrieron que existía una manera de subir a caballo, lo cual determinó que los orgullosos aborígenes, antes que rendirse, se arrojaran por el precipicio y dejaran intacta su dignidad de pueblo rebelde.