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24 horas en Nueva York
Por Leonardo Larini     |  
29 de Octubre de 2012

Aunque se disponga únicamente de un día, con un itinerario diagramado con suficiente anterioridad es posible conocer al menos los atractivos más emblemáticos de la gran metrópoli estadounidense.

Si por cuestiones de negocios, demoras o escalas, un viajero cuenta con solo 24 horas para recorrer Nueva York, se enfrentará al gran dilema de qué lugares priorizar o seleccionar para conocer en tan poco tiempo. Claro que esto dependerá de los gustos de cada uno, pero así y todo hay sitios que son ineludibles.
Entonces, para organizarse convenientemente y aprovechar al máximo el día, conviene dividirlo en etapas y –sin andar a las corridas, pero tratando de no perder ni un minuto– determinar las zonas a recorrer.
En esta nota se traza un itinerario tentativo destinado, preferentemente, a aquellos que no conocen la ciudad.

MAÑANA.
Quizás el lugar ideal para iniciar el recorrido bien tempranito sea el Empire State, sobre la 5º avenida y la calle 34. Después de caminar las primeras cuadras por la metrópoli, basta subir al mirador del legendario edificio –ubicado en el piso 86– para contemplar una panorámica de los increíbles rascacielos que conforman la fisonomía de la Gran Manzana, entre los que se destaca el Chrysler Building con su plateada aguja de acero inoxidable. Desde allí, el visitante tendrá la primera impresión de las calles, parques y puentes por los que deambulará fascinado posteriormente.
Después de esta visita conviene seguir caminando por la 5º Avenida en dirección al Central Park. En esta zona, además de admirar las atrayentes vidrieras de la famosa arteria, hay dos lugares ineludibles, ambos ubicados entre las calles 50 y 51: el Rockefeller Center, con su tan conocida pista de patinaje, y donde se congregan una gran cantidad de turistas de todo el mundo; y la catedral de San Patricio, situada enfrente. De estilo neogótico, representa un interesante contraste con la modernidad de las moles de cemento que la rodean.
A solo tres cuadras de allí, girando apenas hacia el oeste en la calle 53, está el Museo de Arte Moderno de Nueva York, conocido como MoMA. Si bien no hay tiempo para una recorrida exhaustiva, bien vale la pena entrar y al menos apreciar por unos minutos algunas de las obras más importantes que alberga el establecimiento: La noche estrellada, de Van Gogh; Las señoritas de Avignon, de Pablo Picasso; y La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí; además de numerosas creaciones de Andy Warhol, Jackson Pollock y Edward Hopper.
Continuando la caminata por la 5º Avenida, siempre en dirección opuesta a la del tránsito, al llegar a la calle 59 nos encontraremos con la deslumbrante fachada renacentista del mítico The Plaza, uno de los hoteles más emblemáticos de Nueva York. No hay que dejar de entrar para deslumbrarse con sus interiores. Además, es muy práctico hacerlo: es posible ingresar por la puerta de la avenida, recorrer el lobby y apreciar el fastuoso restaurante, y salir por la puerta de la calle 59, ideal para continuar con el itinerario cruzando al Central Park.
El parque, cuyo largo se extiende hasta la calle 110, invita a decenas de paseos, ya que cuenta con lagos artificiales, fuentes, jardines y una gran cantidad de estatuas. Pero, debido al poco tiempo del que se dispone, en esta oportunidad únicamente nos dirigiremos a uno de sus rincones más famosos, a la altura de la calle 72, también hacia el oeste: Strawberry Fields, el sitio concebido por Yoko Ono en memoria de John Lennon. Allí está el famoso mosaico blanco y negro con la palabra “Imagine”, donde se convocan los fans en las fechas clave relacionadas con el genial músico y también durante todo el año. Cruzando la calle, el tristemente célebre Dakota, en cuya puerta de entrada fue asesinado el ex Beatle. Allí puede finalizar el recorrido de la mañana, haciendo un impasse almorzando en cualquier restaurante de la zona. Sin apuro, pero sin demasiada sobremesa; hay que seguir aprovechando el tiempo para abarcar la mayor parte de la Gran Manzana.

TARDE.
Desde las inmediaciones del Dakota –lo ideal sería caminar dos cuadras más hacia el norte para maravillarse con el frente del edificio San Remo– conviene tomar un taxi hasta Washington Square, el epicentro del Greenwich Village, en el sur de Manhattan. Allí, el enorme Arco del Triunfo define el paisaje de este parque con poco verde pero de aire tan bohemio como el barrio, en el que es posible escuchar a muy talentosos músicos callejeros.
Yendo hacia el lado del East River se abre la zona denominada East Village, plena de bares, disquerías y locales de ropa sofisticada o extravagante, tan atractivos como la sobria arquitectura que caracteriza al distrito.
Acá hay que dedicarse a caminar, observar y disfrutar. Siempre en dirección sur se llega a Little Italy, el tradicional barrio italiano donde abundan las trattorias; y a Nolita (“North Little Italy”), estrecha zona de, podríamos decir, moderna bohemia.
A medida que seguimos nuestro derrotero el paisaje va cambiando su fisonomía, que cobra otras formas y colores en el Chinatown. El barrio chino neoyorquino presenta las construcciones típicas de ese país y se caracteriza por la gran cantidad de restaurantes y de locales de vestimenta y objetos que copian a las grandes marcas. También hay mucho jade. Pasear por sus callejuelas le brinda un aire diferente a la estadía.
Si bien la distancia no es tan grande, aquí conviene tomar otro taxi y llegar hasta el Battery Park, desde donde –después de apreciar a las simpáticas ardillas que cruzan los senderos¬– nos embarcaremos hacia, cómo no, la Estatua de la Libertad.
Las colas son extensas y quizás haya que esperar media hora, o aún más. En ese sentido, quienes deseen priorizar este paseo deberán acudir bien temprano en la mañana y aprovechar la apertura de la estación fluvial y la escasa concurrencia a ese horario.
Como sea, la cuestión es cruzar el río y llegar a la Liberty Island, mientras Manhattan se va empequeñeciendo a los ojos del turista y convirtiéndose en una diminuta maqueta. Una vez en tierra, el famoso monumento asombra con su gran dimensión. Está permitido ingresar a su interior y ascender a la corona, aunque por motivos de seguridad el acceso está restringido a un máximo de 240 turistas al día.
De regreso al parque, y ya cayendo la tarde, no está mal caminar unas cuadras más hasta el puente de Brooklyn –no es demasiado lejos de allí, y de paso conocer la zona de restaurantes South Street Seaport–, sentarse a descansar en las cercanías y contemplarlo mientras el sol se esconde. Cruzarlo, claro, quedará para la próxima.

NOCHE.
Aproximándose la noche comienzan los últimos dilemas, pero algo es seguro: hay que ir a un club de jazz. Para ello existen múltiples opciones, pero el problema es que se encuentran a ambos extremos de la ciudad: en el Village o en Harlem. Bueno, todavía hay algo de tiempo para pensarlo. Entretanto se debe cumplir con otra obligación: ya que anochece, hay que dirigirse a Times Square; seguramente los carteles de neón han comenzado a titilar y a darle a esa zona de Nueva York el esplendor que la caracteriza desde siempre. La famosa esquina, confluencia de las avenidas Broadway y 7º, es una radiante explosión de marquesinas y carteles publicitarios que asombra al viajero. Espectáculos musicales, cines, teatros, marcas de electrodomésticos y gaseosas, gigantes pantallas led; todo brilla ante los ojos de los cientos de miles de transeúntes que cruzan de un lado a otro de las calles. Solo hay una cosa que hacer: sentarse y contemplar el magnífico espectáculo. Si el hambre ha acudido, y como para aliviar la espera hasta la cena, es bueno probar los famosos pretzels o los aún más famosos hot dogs neoyorquinos.
Y bien, después de la necesaria pausa reparadora, es momento de decidir dónde vivir una noche de auténtico jazz en la capital por excelencia de este género. Las opciones son múltiples: en el Greenwich Village las alternativas excluyentes son dos: el legendario Village Vanguard y el Blue Note. En ambos casos se trata de lugares muy cómodos y con números de primerísimo nivel. Lo mismo ocurre en el Lennox Lounge de Harlem, donde también se puede elegir el mítico Cotton Club, sitio donde es posible cenar y, a través de los números del espectáculo, revivir a puro swing los primeros alocados años del jazz. En tanto, en el Midtown sobresale el Birdland.
Sea cual sea la alternativa elegida, el viajero coronará de esta manera una breve pero intensa estadía de la mejor manera: disfrutando de la música que ha definido a Nueva York durante casi 100 años.