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Venecia
La belleza en su laberinto
Por Leonardo Larini     |  
18 de Diciembre de 2012

Con la singularidad de su forma y fisonomía, y sus iguales proporciones de romanticismo y misterio, Venecia me conmovió con sus canales de ensueño, sus señoriales palacios y templos, y sus laberínticas y encantadoras callejuelas.

Fachadas que reintegran tapices persas en el agua
Oliverio Girondo

En una carta a su amigo Eduardo Jonquières, fechada el 24 de mayo de 1954 en Venecia, escribió Julio Cortázar: “¡Cuánto, cuánto para escribirte, y qué sensación previa de fracaso, de que no alcanzaré a decirte nada de todo lo que me baila delante de los ojos y en el recuerdo! Lo mejor es dejarse ir, como siempre, y que los demonios de la poesía decidan”.

Y si el autor de Rayuela experimentó esa sensación a la hora de describir a la ciudad italiana, qué puede quedar entonces para este humilde cronista.

Es que la belleza de Venecia es tal que hasta el más grande escritor o poeta quedará imposibilitado de dar una fiel impresión de lo que ha contemplado durante su estadía.

No es fácil describir la sensación que se experimenta cuando, después de abordarlo en la terminal Piazzale Roma, el vaporetto hace su entrada inicial al Gran Canal y la vista se abre ante un deslumbrante paisaje de palacios e iglesias. En ambas márgenes de la laguna, los espléndidos edificios conforman una fisonomía que, lejos de ser ostentosa, es de una inmaculada sobriedad.

Así, lentamente –contemplando las magníficas fachadas, torres y cúpulas– uno se va internando en ese sueño flotante tantas veces imaginado desde la lejanía, que aparecía en la mente tan espléndido como inconcebible.

Ahora, en cambio, empezando a transitarla y conocerla, Venecia se hace realidad, se muestra en todo su esplendor tal y como es, sin las distorsiones de la imaginación pero excediendo toda expectativa.

La leve oscilación del pequeño barco –una especie de colectivo acuático, y transporte público oficial de la ciudad– produce un efecto de suave movimiento en las costas, lo que hace que las edificaciones parezcan movedizas. Además de palacios e iglesias, hay coloridos frentes con preciosos balcones repletos de flores, que brillan bajo el sol del mediodía llenando de luz los ojos de los recién llegados. Para completar el primer impacto, la mirada original, allí están los famosos canales, adentrándose en la ciudad, y las señoriales góndolas sobre los muelles. Y decenas de embarcaciones que van y vienen en esta magnífica avenida de agua de 4 km., que en forma de “S” invertida divide a Venecia por la mitad.


PRIMERA IMPRESION.

Me bajo en la estación San Samuele, en una pequeña plaza seca, a metros del Palazzo Grassi, construido en 1748 y transformado en museo en 1986. Me detengo unos instantes a contemplarlo y sigo camino a mi hotel, el Albergo San Samuele, nombre también de esta callecita de ensueño que no llega a los tres metros de ancho. El ruido de las rueditas de la maleta parece estruendoso. Es que reina un silencio religioso, tan hondo y auténtico que el de una siesta provinciana parecería un escándalo.

Las casas son altas, la mayoría de color amarillo o naranja, en las que sobresalen los postigos verdes. Minutos después, ya en la soleada habitación, puedo percibir –desde el balcón adornado de macetas con decenas de azaleas– los techos de tejas en los que culminan las coloridas construcciones. El cuarto que me ha tocado está en el segundo piso, justo en la esquina, con vista a un antiguo y gastado arco que cruza desde mi propia ventana hasta un edificio de la vereda de enfrente. Abajo, en la esquina que está haciendo cruz, hay una tentadora trattoria y, hacia el otro lado, la callecita que transité hace apenas minutos.

La ansiedad me desborda, así que en vez de tirarme unos minutos a descansar, decido ducharme y bajar a realizar mi primer recorrido.

 

“EL SALON MÁS BELLO DE EUROPA.”

El primer sitio al que hay que acudir es, sin dudarlo, la Piazza San Marco. Mapa en mano, y con las indicaciones de Esperanza, la muy amable propietaria del “albergo”, me pongo en marcha. A las dos cuadras desemboco en una gran plaza seca, el Campo San Stefano. Es aquí donde comienza a percibirse un mayor movimiento, grupos de turistas yendo y viniendo, tomando fotos o filmando. Después de apreciar los edificios que bordean el campo (a todas las plazas, excepto a la de San Marcos, se las denomina “campo”) continúo el trayecto sugerido encaminándome por delgadas arterias y subiendo y bajando hermosos y pequeños puentes. Hay que tener en cuenta que la ciudad está conformada por 118 pequeñas islas unidas entre sí por 455 puentes. En este tramo, además de espléndidas iglesias, es posible apreciar las espectaculares vidrieras de las más prestigiosas marcas: Versace, Gucci, Hermès, Chanel. Y claro, ver de cerca, por primera vez, a las legendarias góndolas. Jamás las hubiera imaginado así: de fina madera –roble, nogal, caoba, cerezo, entre otras–, pintadas de negro brillante –todas, por una ley que simboliza el luto por las muertes ocasionadas por la peste en 1562–, de 11 m. de largo, con refinados adornos dorados y con asientos ¡de pana!; tan distinguidas como un Rolls Royce.

Después de unas cuantas cuadras más, el gran momento: la entrada a la Piazza San Marco. Y aquí, como al ingresar al Gran Canal, otra vez el asombro, pero en este caso con el agregado de una profunda emoción. Porque lo que el cronista siente es, antes que nada, agradecimiento. Agradecimiento por tener la posibilidad de vivir ese momento tan especial, por poder contemplar la sublime belleza de la basílica, la altura del campanario, las mesas llenas de los cafés, los valses y tangos que ejecutan las orquestas en la puerta de cada uno de ellos. Parece otro tiempo, incluso otra dimensión. En épocas tan violentas, descubrir semejante paisaje y momento de paz y belleza puras, ajeno a cualquier torpeza humana, y envuelto en excelsa música tan suavemente ejecutada, realmente conmueve.

La plaza, a la que se dice que Napoleón llamó “el salón más bello de Europa”, reboza de gente. Me acerco al Caffé Florian, en cuyas mesas exteriores parejas vestidas con suma elegancia disfrutan de la música clásica que la orquesta del lugar ejecuta en el escenario montado delante de la entrada. Inaugurado en 1720, el Florian es una verdadera joya, un lugar único que con sus espejos, lámparas, apliques, sillas con esterilla y de pana roja, arañas y mesas de madera y mármol deja con la boca abierta al viajero más cosmopolita.

Enfrente está el Caffé Quadri, abierto desde 1775 y también con escenario y orquesta en vivo, y al lado de éste el Caffé Lavena, de 1750. En la gran galería que circunda la plaza abundan los locales de productos fabricados con el famoso cristal de Murano (una de las islas vecinas). Las piezas son magníficas y el modo en que están decoradas las vidrieras, fantástico; puro color y transparencia. También hay una buena cantidad de tiendas de souvenirs de excelente calidad a precios muy accesibles.

 

EMOCION PARA LOS OJOS.

Ahora sí, la Basílica. Su belleza es apabullante, un rotundo ejemplo de la influencia bizantina en el Véneto. Comenzó a construirse en el año 832 para guardar el cuerpo de San Marcos, que había sido traído desde Alejandría, y se terminó en 1163, aproximadamente. Tiene planta de cruz griega, cinco cúpulas, columnas de mármol y mosaicos, muchos de ellos de oro. Sus cinco portadas están decoradas con mármoles y esculturas, mientras que la puerta central es de bronce y estilo bizantino.

Hacia la derecha se encuentra la llamada Piazzetta, que es la prolongación de la gran plaza hacia la laguna. Allí se encuentran las dos columnas de granito traído de Oriente sobre cuyos capiteles descansan el León de San Marcos (el león alado, motivo central de la bandera bordó y amarilla de la ciudad) y la estatua de Teodoro, el primer santo protector de la ciudad.

En ese mismo lugar, en el extremo oriental de la plaza, está localizado el famoso Palacio Ducal, uno de los símbolos de la gloria y el poder de la antigua Venecia, construido entre los siglos X y XI. De estilo gótico, fue residencia de los dux (dogos, primeros gobernantes de las islas, hacia el año 697), sede del gobierno y de la Corte de Justicia y prisión. El pórtico de la planta baja está sostenido por 36 columnas, mientras que en las esquinas varios conjuntos de esculturas representan el Juicio de Salomón, Adán y Eva, y Noé ebrio. La fachada principal del patio es una obra renacentista con una extraordinaria decoración escultórica. En un extremo se abre la conocida Scala del Gigante (escalera de los gigantes), con esculturas de Jacopo Sansovino que representan a Marte y Neptuno. Después de la caída de la República de Venecia en 1797, el Palacio no se utilizó ya como sede del gobiern sino que fue acondicionado para albergar oficinas administrativas, hasta que en 1923 fue designado museo, función que conserva en la actualidad. Después de atravesar otras áreas se llega a la majestuosa Sala del Maggiore Consiglio o Sala del Gran Consejo. A su suntuosa ambientación se suma la gran obra de Tintoretto que ocupa una de sus paredes, El Paraíso. Con sus 25 m. de largo y 7,5 m. de alto es una de las pinturas más grandes del mundo.

Pero como prácticamente todo es arte en Venecia, basta caminar unos pasos desde el palacio para encontrarse con el deslumbrante Hotel Danieli. El frente no dice mucho, pero apenas se cruza la entrada la impresión es impactante. Este lujoso establecimiento está compuesto por tres espléndidos palacios de los siglos XIV, XIX y XX. En su interior, un increíble y majestuoso lobby, que en verdad un salón clásico pleno de distinción, está decorado con columnas de mármol trabajadas a mano, lámparas de cristal artesanal de Murano, preciosos tejidos y tapicerías, y refinado mobiliario de época.

Retornando al centro de la plaza nos queda visitar la Torre del Reloj y el Campanario. Este último, con su cuerpo de ladrillo, mide 98 m. y alberga un campanario blanco con cuatro arcos por cara, que aloja cinco campanas y culmina en una aguja piramidal, en el extremo de la cual se encuentra una veleta dorada con la figura del arcángel Gabriel. La visita es obligada, ya que las vistas panorámicas de la ciudad, de las cúpulas de la Basílica y de las mesas de los cafés son magníficas.

En cuanto a la Torre del Reloj, hace falta volver a la carta de Cortázar a su amigo: “Estamos viviendo en una maravillosa piecita situada nada menos que en la Torre dell’Orologio (el de los dos moros de bronce), en plena Piazza San Marcos. Mientras te escribo, desde la ventana veo la Basílica a la izquierda, parte del Palacio Ducal, toda la piazzetta, las dos columnas con el león y San Teodoro, las góndolas amarradas en el canal y la laguna de un azul profundo. Es un espectáculo tan increíble que me froto los ojos. Le decía a Aurora: ‘Llevamos ya tantas ventanas en la vida, por las cuales se ven casas, calles, ropa tendida, macetas, a veces algo bonito…¡Pero esto, abrir el postigo y ver de veras esto…! Es asombroso”. Qué suerte la de Cortázar, alojado en plena plaza y en un edificio tan soberbio. Fue construido como muestra de la riqueza de Venecia entre 1496 y 1499. En lo alto, a cada hora del día, las dos figuras de los mencionados moros de bronce golpean con sus martillos a la enorme campana, mientras que unos metros más abajo, en el centro de la fachada, una esfera zodiacal marca la hora en números romanos.


PANORAMA DESDE EL PUENTE.

Decenas de lanchas y vaporettos van y vienen a través del Gran Canal, completando la vista de la espléndida Basílica Santa Maria della Salute, al fondo, donde la extensa avenida de agua desemboca en la dársena de San Marcos. La panorámica desde el Puente de la Academia, a apenas 50 m. del Campo San Stefano, es inigualable (y por las noches indescriptible). El Ponte dell'Accademia es –junto con el Puente de Rialto, el Puente de los Descalzos y el Puente de la Constitución– uno de los cuatro que atraviesan el Canal Grande y el único de madera. Al cruzarlo se desemboca en La Academia, una de las más importantes galerías de arte de Venecia, con 24 salas en las que hay expuestas obras de Tintoretto, Tiziano, Bellini, Carpaccio y Veronese. Si uno decide visitarla y apreciar estas obras, entonces podrá luego seguir camino –por delgadas callejuelas de desbordante encanto– hasta la fantástica residencia de Peggy Guggenheim, donde podrá completar una jornada a puro arte con pinturas de Picasso, Paul Klee, Jackson Pollock, Miró, Kandinsky y Dalí.

Continuando por estas angostas sendas se llega, finalmente, a la Basílica della Salute, ubicada en la denominada Punta della Dogana (Punta de la Aduana).

Y si la vista desde el puente ya era deslumbrante, cuando se arriba al templo lo que asombra es la puntillosa y admirable ornamentación de su fachada. Construida en 1630, y de estilo barroco, posee en su techo tres obras de extremo realismo de Tiziano: “Muerte de Abel”, “Sacrificio de Abraham” y “David y Goliat”.

Desde aquí conviene cruzar, en vaporetto, a la pequeña isla San Giorgio Della Maggiore –a solo 10 minutos– y conocer la iglesia del mismo nombre, finalizada en 1610. Además de poder observar los últimos cuadros de Tintoretto (“La última cena”, “Recogida del maná” y “La deposición”), hay que subir al observatorio para maravillarse con las vistas de la ciudad.


RECORRIDOS AL AZAR.

Venecia es un laberinto en el que uno se pierde con felicidad, porque cada ínfimo rincón expone ante la mirada una muestra de inconmensurable belleza. Puede ser un sorpresivo y suntuoso palacio, un canal encerrado entre decenas de balcones arreglados como para una exposición, con vivas plantas y cientos de flores blancas; un cálido restaurante a la orilla del agua, una pequeña iglesia, un barco de pescadores amarrado que sirve como feria para locales y turistas, los jardines de los barrios periféricos a San Marcos, los escaparates con las coloridas máscaras de carnaval. Hasta las vidrieras de los locales gastronómicos son sumamente llamativas, porque los productos –desde sándwiches de jamón crudo, salame e incluso mortadela hasta finos turrones, bombones, paquetes de pastas (de todos los colores imaginables) y quesos están expuestos de tal manera que es imposible no detenerse a mirarlos. Eso sí, hay dos cosas que quien visita la ciudad no puede dejar de probar: el café, sin dudas uno de los más ricos del mundo; y los helados, unas deliciosas cremas que de solo verlas exhibidas a uno se le hace agua la boca.

Sí, más allá de la primera ubicación mental que brinda el recorrido inicial, y a pesar de los carteles que en las esquinas indican la dirección de los principales atractivos o zonas, tarde o temprano uno va a terminar perdido. Pero eso le brinda a la estadía un sabor especial, porque lejos de sentir fastidio, y mucho menos miedo –es prácticamente imposible que ocurra algo desagradable en las zonas turísticas–, el visitante continuará camino eufóricamente y vivirá cada descubrimiento –otro edificio barroco, otro puentecito, otra torre– con la misma sorpresa de las primeras horas.

De esa manera pasé mis cuatro días en Venecia: felizmente desorientado, dejando que el azar decidiera por mí.


LA CIUDAD INCOMPARABLE.

Desde el banco del pequeño Campo San Samuele contemplo el reflejo de los palacios en el agua, como si fueran guirnaldas plateadas y doradas temblando levemente en medio de la noche.

La quietud y la calma no parecen de este mundo. Y el silencio… tan cierto que podría tocarse. Es tal y tanto que esforzándome apenas puedo escuchar un breve diálogo acontecido una noche de casi cuarenta años atrás. Mi madre –recién llegada, arriba del vaporetto rumbo a su hotel y maravillada por el paisaje– le expresó su asombro a una distinguida mujer que viajaba a su lado. La mujer, esbozando una gentil sonrisa, y respirando hondo, le contestó: “Ah, Venecia… è sola, è única”.

Una perfecta síntesis de lo que Julio Cortázar le agrega a su amigo Eduardo en una carta posterior: “Después de Venecia se vuelve a entrar en la Tierra, donde más o menos todo se parece y todo puede ser comparado. Solamente ella está virgen de toda comparación posible”.

TIPS DEL VIAJERO

Cómo llegar: con Alitalia, vía Roma; o con Aerolíneas Argentinas, haciendo la conexión con otra empresa aérea en la capital italiana. Además las principales aerolíneas llegan a Venecia desde casi todas las capitales europeas. Alojamiento: las opciones hoteleras son múltiples y van desde suntuosos hoteles que funcionan en antiguos palacios, como el magnífico Danieli, a establecimientos de todas las categorías, incluidos hostels. Si bien las distancias son cortas y Venecia es una ciudad que se recorre caminando, conviene alojarse no demasiado lejos de la Piazza San Marco.

Clima: la estación ideal para visitar la ciudad es la primavera, o sea durante abril, mayo y junio. En ese período la temperatura promedio oscila entre los 12º y los 24º, con la mayoría de los días soleados. También a comienzos de septiembre, cuando se inicia el otoño y no hay tantos turistas recorriéndola.

Cómo moverse: sin dudas, caminando. Algunas distancias entre los atractivos pueden resultar extensas, pero la belleza y el misterio de cada rincón son inigualables. De todos modos, el servicio de vaporetto es excelente y permite llegar a las principales zonas turísticas e incluso a otras más alejadas pero también de interés. El pasaje tiene un valor de € 7 y una hora de duración. Si de antemano se sabe que se tomarán varios servicios, es conveniente comprar el pase válido para tres días, que cuesta € 30. Por supuesto, no hay que dejar de dar un paseo en góndola, aunque la hora de navegación cueste ente € 70 y € 80.

Informes: www.veniceconnected.com.