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Cuentos de amor, locura y muerte

Un recorrido por la Ciudad de Buenos Aires nos invita a descubrir sitios teñidos de leyendas, con una buena dosis de misterio y algo de terror. Para hacer por nuestra cuenta o en un tour guiado y organizado, aquí les presentamos dichos rincones y los relatos con los que están conectados. Una propuesta no apto para miedosos.

El último viernes de luna llena participamos de un encuentro singular, cuya premisa era experimentar una noche de misterio y terror en la ciudad.

El punto de encuentro era la puerta del cine Gaumont, sin embargo, este espectáculo no se desarrolló en las salas del Espacio Incaa sino a bordo de un bus surcando las oscuras calles de Buenos Aires que nos trasladaría a descubrir las macabras historias de un puñado de criminales, envenenadoras, asesinos y fantasmas. La propuesta, que se puede hacer por nuestra cuenta, en este caso la realizamos con Alejandra Parets, narradora del circuito organizado por Zigiotto Viajes.

De este modo, los invitamos descubrir el lado más oscuro de la Reina del Plata que avanza desde el centro hacia el sur de la urbe. La narradora enumera detalles escabrosos de la primera historia, cuya protagonista es una mujer que promedia los 50 años, casada, madre de un niño (Martín) y amiga de Nilda, Chicha y Mema, quienes, cariñosamente, la apodan ´Yiya´.

Así comineza el relato, que en este caso es verídico y conocido. En el marco de la bicicleta financiera de la década del ´70, Yiya incita a sus amigas para que inviertan efectivo en una financiera de su confianza; pero su debilidad por la ropa, las joyas y los restaurantes caros y y la imposibilidad de repartir las supuestas ganancias resultaron una combinación fatal que convertirá a Yiya en la célebre envenenadora de Montserrat.

Durante el relato, la narradora nos detalla acerca de las habilidades culinarias de la protagonista, que incluyen la elaboración de singulares masitas para compartir con sus víctimas a la hora del té.

"Este episodio tiene lugar a comienzos de 1979, cuando el cianuro, que sabe a almendras amargas y por eso se camufla muy bien en prepaciones de repostería, era de venta libre en farmacias", explica Parets.

Yiya resolvió que invitando a merendar a sus acreedoras pondría punto final al conflicto y a las deudas. De este modo citó a cada una de sus amigas por separado para tomar el té pero en cada encuentro, ella se encargó de cocinar las masitas.

Mientras nos retorcemos en el asiento escuchando los truculentos detalles del relato, que describe los efectos que tiene el cianuro en el cuerpo humano, el bus se detiene en la puerta del departamento de la calle México al 1100, donde vivía Murano y nos enteramos cómo fue atrapada la envenenadora.

Yiya pasó 16 años en la cárcel, cuando recuperó la libertad, no dudó en aceptar la invitación de Mirtha Legrand para asistir a sus célebres almuerzos televisivos. Aquel día, Yiya no dudo en presentarse en el estudio con una caja de bombones para amenizar el encuentro.

Con el aliento contenido y rechazando cortésmente cuanto alimento circula por el bus, nos detenemos en la plaza Dorrego, para conocer una nueva leyenda.

Se trata de la historia de un caballero español que, desde tiempos de la colonia, deambula desnudo por los alrededores de la plaza, penando de amor y lujuria por los desaires de una joven que elegía compartir sus aventuras amorosas con esclavos e indios, de cuerpos esbeltos y sonrisas hechiceras.

En la esquina de Almirante Brown y Benito Pérez Galdós despunta una altísima torre que encierra, entre sus muros, una escalofriante leyenda urbana.

"Alrededor de 1910 una inmigrante europea, María Luisa Auvert, encargó la construcción de una torre para inquilinato, que ornamentó bajo los lineamientos del modernismo catalán", explica Parets.

Encantada por la belleza del edificio, Auvert se muda a la torre sin saber que muy pronto, ella y sus sirvientes serian acosados por la presencia de duendes malignos.

Luego de varios episodios de verdadero terror protagonizado por sus sirvientes y por ella misma, Auvert abandona la mansión y escapa del martirio diario de convivir con estos seres tan malditos como espectrales.

Una jóven artista plástica, Clementina, instala allí su atelier de arte y otra vez aparecen los duendes, que cuenta la leyenda, habitaban entre las plantas exóticas dispuestas en el jardín de altura. Una tarde, mientras Clementina era entrevistada para dar a conocer su obra plástica, un fotógrafo hace retratos las pinturas y vaya sorpresa al revelarlas: allí mismo espantando a todos, aparecieron los duendes del horror.

La vida de Clementina se tornó un calvario y la joven artista, víctima de la desesperación, se arrojó al vació desde lo más alto de la torre para escapar del miedo y la locura.

"Algunos investigadores de ciencias ocultas dan cuenta de la energía que emana la torre e inclusive aseguran "haber percibido ruidos, pasos y susurros, que dan lugar a las historias más escalofriantes durante las noches más oscuras y solitarias del barrio", acreditó Parets.

Unas cuadras más adelante, La Boca exhala un aire espeso. Sobre la derecha, una mole de cemento se nos viene encima. El Estadio Alberto J. Armando mejor conocido como “la Bombonera” tiene fantasmas. Sí, y no uno, sino varios dependiendo de quién consigne el testimonio.

En este caso sobran los ejemplos espectrales: niños aparecidos en el campo de juego, figuras fantasmagóricas sentadas en la platea L y el rugir de la hinchada, que resuena en el más profundo silencio de las noche, son parte de las leyendas que se narran en la puerta del estadio.

Dicen los expertos que los lugares que concentran emociones muy fuertes son permeables a generar fenómenos de otras dimensiones. "Y si hay un lugar que genera emociones fuertes, sin dudas, es la Bombonera”, remata la narradora.

“Por otra parte, aunque está prohibido, algunos simpatizantes insisten en cumplir su última voluntad: que sus familiares esparzan sus cenizas en el campo de juego”, aclaró.

Entretanto la noche avanza y nos acercamos a un verdadero relato de amor, locura y muerte: la historia de Felicitas Guerrero, que allá por el año 1866 era considerada la mujer más hermosa de la Argentina.

Si bien se ha convertido en leyenda, este relato forma parte de un capítulo trágico de nuestra historia: una mujer joven y hermosa proveniente de una familia aristocrática, entregada en matrimonio a un hombre mucho mayor que ella del que no está enamorada. Amor, dinero, celos, viudez y fortuna, una combinación que no puede terminar sino en una tragedia.

Nos detenemos en el centro de Barracas, frente a la Plaza Colombia, allí nos acercamos a la puerta de la iglesia de Santa Felicitas, que la familia mandó a construir para homenajear la memoria de su hija mayor.

El relato da cuenta de los episodios que vivió la joven que, a pesar de su nombre, tuvo una vida corta y desdichada. Luego de casarse, a los 20 años con un hombre de 50, fallece, Félix,su primer hijo, vícitima de la epidemia de fiebre amarilla. Más tarde, Felicitas, de 26 años, enviuda e inmeditamente pierde un embarazo en curso.

Paradójicamente, Felicitas se perfilaba como una de las mujeres más ricas y deseadas de la nación; al tiempo que esquivaba el acoso sutil pero insistente de Enrique Ocampo (tío abuelo de las escritoras Victoria y Silvina), que la cortejaba desde adolescentes.

Una tare, de camino a la estancia familiar, el carruaje que trasladaba a Felicitas queda varado en una tormenta y allí, bajo una cortina de la lluvia, hace su aparición un joven estanciero llamado Samuel Sáenz Valiente, que rapidamente la cobija en el casco de su estancia.

Felicitas cree haber encontrado el verdadero amor en Samuel. En enero de 1872, durante la presentación en sociedad de la flamante pareja, que tuvo lugar en Barracas, en la quinta de los Guerrero, aparece el inefable Enrique Ocampo, dispuesto a expresar su descontento con las buenas nuevas. Su llegada abre paso al capítulo más truculento de esta historia.

La leyenda indica que Ocampo y Felicitas discuten encerrados en la biblioteca de la mansión. Él dispara su arma y la bala impacta directamente en el omóplato de la joven, que cae herida de muerte. Inmediatamente se oye otro disparo y Enrique Ocampo muere.

Algunas versiones señalan que es el propio Ocampo se dispara; sin embargo otras sugieren que es ajusticiado por un primo de Felicitas. Lo cierto es que la joven muere horas después, la mañana del 30 de enero de 1872, luego de una penosa agonía.

Sumida en la pena, la familia encarga la construcción de la impactante iglesia, que aún hoy podemos visitar y en derredor de la cual se tejen historias que encierran ilusión, misterio y terror.

Lo cierto es que los vecinos de Barracas no pueden explicar por qué, a veces, las campanas de Santa Felicitas suenen incesantes en medio de la noche. Además, hay quienes aseguran que cada enero, en la fecha de al tragedia, el fantasma de Felicitas deambula por los alrededores de la iglesia.

Por eso, las mujeres que buscan un buen amor, no dudan en encomendarse al espíritu de la joven y por las noches anudan se acercan a la iglesia para anudar un pañuelo que, si a la mañana siguiente amanece húmedo significará que Felicitas secó sus lágrimas en él y en agradecimiento, atenderá el pedido.

Creer o no, el grupo de féminas que participan del circuito cumple con el ritual, y luego continuamos con el itinerario que se pierde por las calles del sur para descubrir más historias de terror y misterio.

Sin embargo, estimados lectores, les propongo que ustedes se animen a completar personalmente este itinerario y vivenciar, en carne propia, el escalofrío que corre por mi espalda mientras concluyo estas líneas.

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