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Doha: un halo de futuro

Con sus monumentales edificios vanguardistas, la capital de Qatar se alza como la ciudad del mañana. El descubrimiento de reservas de gas y petróleo hizo que hoy ostente el mayor PBI per cápita del globo. Tradición y modernidad se conjugan en este destino, sede de la Copa Mundial de Fútbol de 2022.

Parada frente a una de las arcadas de la terraza del Museo de Arte Islámico de Doha, observando lo que parece una maqueta en tamaño real de la ciudad, vino a mi mente una frase de una canción que desde hace varios años me provocaba un gran misterio y la avidez de conocer el mundo árabe. “La arena de los relojes hizo crecer el desierto”, dice entre instrumentos de viento y percusión.

Esta vez, el misterio mutó a desconcierto y contradicción. Sucede que, por un lado, me encontré frente a una ciudad pujante, que se desarrolló en apenas algunos años, convirtiéndose en una de las economías más ricas del planeta. Por el otro, me topé con creencias, tradiciones y restricciones que se mantienen prácticamente inalteradas con el paso del tiempo.

 

LA CIUDAD DEL MAÑANA.

Desde Al Corniche, la avenida costanera que se extiende sobre el Golfo Pérsico, Doha se alza como la ciudad del futuro. Esa es la impronta que me transmitieron los monumentales edificios vanguardistas, verdaderas obras de arte de la arquitectura moderna. Entre ellas, una del argentino César Pelli: el Sidra Medical Center, que se inaugurará el año próximo.

Así, la capital de Qatar -emirato liderado por el Sheik Hamad bin Khalifa Al Thani- me dejó boquiabierta con su desarrollo de dimensiones magníficas en medio del desierto de la península arábiga, al borde de un mar color malaquita.
Una de las últimas maravillas es The Pearl, un conjunto de islas caprichosamente delineadas de manera artificial, en las que -como en casi toda la ciudad- el lujo manda. Tuve la oportunidad de apreciarlo desde el aire y desde el agua, y de las dos maneras es asombroso.
Me comentaron que el proyecto terminará de construirse en los próximos dos años e incluirá residencias, condominios, hoteles de lujo, restaurantes y tiendas, además de islas privadas para la familia real.
El nombre de este archipiélago se debe a que, hasta no hace muchos años, Qatar era un país humilde dedicado a la pesca y la recolección de perlas. Hasta el día en que se descubrieron las reservas de gas y petróleo que hoy hacen que ostente el mayor PBI per cápita del globo.

 

LEGADO Y TRADICION.

El sitio indicado para tomar el primer contacto con la historia local es el Museo de Arte Islámico, que desde 2008 alberga piezas de tres continentes y 13 siglos. Su infraestructura es notable; un verdadero símbolo de la ciudad, obra del arquitecto I.M.Pei, el mismo que creó la pirámide del Museo del Louvre. De hecho, al MAI le dicen “El Louvre de Medio Oriente”. Y tiene un detalle distintivo: una bóveda con dos arcos que representan los ojos de las mujeres islámicas tras el niqab, uno de los velos que se usan en Qatar (además del chador y el hiyab, y en menor cantidad la burka).
La colección de arte es privada y pertenece a la jequesa Mozah bint Nasser Al Missned, segunda esposa del emir, popularmente conocida como la “sheikha Mozah”. Me llamaron particularmente la atención las alfombras, algunas piezas realizadas en oro y, fundamentalmente, los antiguos manuscritos del Corán.
Una mención especial merece el Shahnama (“Libro de los Reyes”) perteneciente al rey iraní Shah Tahmasp. Me cautivaron sus dibujos y colores, aunque me pregunté que diría el texto. La guía, una joven china, me explicó que se trata de una gran obra poética escrita hacia el año 1000 por el persa Ferdowsi. Cuenta la historia y mitología de Irán desde la creación del mundo hasta la conquista por las fuerzas islámicas, en el siglo VII. Luego supe que hay quienes lo consideran “el Corán persa”.
La cultura viene jugando un rol destacado en Doha. A fines del año pasado se inauguró en la ciudad el Mathaf-Museo Árabe de Arte Moderno, que reúne más de 6 mil obras que representan lo mejor del arte árabe desde 1840 hasta el presente. Y próximamente se abrirán nuevas locaciones, ya que el objetivo de la Autoridad de Museos de Qatar es convertir a ese país en la capital cultural de Medio Oriente.

 

CULTURA LOCAL.

Pensaba visitar el canal árabe de noticias Al Jazeera, que tiene su sede en esta ciudad. Pero finalmente continué el paseo por Katara, una zona de playa que incluye un complejo cultural con un vistoso anfiteatro, restaurantes, opera house, galerías, cine y mezquita, a la que las mujeres solo pudimos ingresar -descalzas- a un pequeño sector lateral, delimitado por altos paneles.

Quedé maravillada con la arquitectura y los motivos arabescos. Pero me costó entender lo que vi en la zona de ingreso al predio (de hecho, no lo entendí): al borde de la calle había montañas de arena, o pequeños médanos, contenidos por enormes y preciosos tapices sostenidos con bastidores. Giselle, la guía, dijo que “los cambian con frecuencia porque pierden su color al estar a la intemperie, sometidos a los implacables rayos del sol”. Deduje que era una extravagancia más de Doha.
El cuadro se completaba con altos y delicados faroles realizados en bronce y un lujoso palomar.

DELICIOSA GASTRONOMIA.

Respecto a la gastronomía, si bien la ciudad cuenta con diversos restaurantes muy sofisticados -tal el caso de Il Teatro, el restaurante italiano del Four Seasons Doha; y Al Mourjan, con una inmejorable vista panorámica-, bien merece la pena degustar platos de la cocina árabe en establecimientos gastronómicos tradicionales.
Uno de los más destacados es Al Majles. El lugar me pareció encantador; se distribuye en boxes que se cierran con cortinas, ya que las mujeres necesitan levantarse el niqab para comer y solo sus esposos e hijos pueden verle el rostro descubierto.
Así, hay boxes con mesas y sillas, o bien con almohadones en el piso. Kebab, humus y shawarmas son algunas de las deliciosas propuestas.
Vale mencionar que comer cerdo es pecado mortal para el Islam, y que el consumo de alcohol está prohibido. Pero para los turistas siempre hay excepciones; no con la carne pero sí con las bebidas espirituosas, ya que pueden adquirirse tragos en algunos bares de hoteles de 4 y 5 estrellas.

SOL Y PLAYA.
Debido al calor, las casas -que apenas se asoman detrás de tapiales- mantienen sus ventanas y cortinas cerradas. Los y las cataríes (aquí las mujeres están autorizadas a manejar) se desplazan en lujosos automóviles con aire acondicionado. Y solo al caer el sol se ve gente caminando o trotando por Al Corniche.
De modo que en Doha resulta conveniente madrugar. Amanece antes de las cinco, hora propicia para darse un baño en las cálidas aguas del golfo. Sí, tempranito, porque después los rayos del sol y el calor acobardan hasta al más osado playero (la temperatura puede ascender e incluso superar los 50° C).
Pero cuidado, hay que tener en cuenta que en las playas públicas está prohibido que las mujeres vistan mallas o bikinis. Las cataríes se bañan con sus túnicas negras, que las cubren por completo, y no les permiten alejarse mucho de la orilla.
Sin embargo, los hoteles de lujo de cadenas internacionales disponen de zonas privadas donde las costumbres occidentales no representan inconvenientes. Pero nada de topless. Eso no se lo permiten ni a la Venus de Milo: durante el viaje vi un documental sobre el Louvre en el que censuraron sus senos.
Si bien en Doha se practica una “versión tolerante del Islam”, no lo es tanto como sus vecinos Emiratos Árabes Unidos o Egipto. Por eso es conveniente no tomar a la ligera las recomendaciones, sobre todo si se considera que Argentina aún no cuenta con una embajada en ese país.

AVENTURA EN EL DESIERTO.
Una aventura imperdible es el safari a Khor Al Adaid, más conocido como Inland Sea. Literalmente, es un mar interior; un espejo de agua salada en medio del desierto de Qatar.
Desde Doha se conduce a través de las poblaciones de Al Wakra y Messaied hasta llegar a un área de altas dunas movedizas, donde solo se accede en vehículos 4x4.
Los conductores son expertos y garantizan momentos de adrenalina extrema. El paquistaní Azad es uno de ellos; conoce cada rincón del desierto aunque el viento se empeñe en cambiar el paisaje día tras día, e incluso hora tras hora. Y sonríe al ver por el espejo retrovisor las caras de susto de sus acompañantes. “¡Esto es lo más parecido a una montaña rusa que pueda ofrecer el desierto!”, exclamó acertadamente Ivana, una compañera de aventuras, después de una de las interminables caídas libres desde el filo de las dunas.
Durante el recorrido es posible toparse con manadas de camellos salvajes. Esa tarde, como si hubiera estado preparado por Azad, tuvimos esa fortuna.
Finalmente, la travesía concluyó frente al estrecho canal que separa a Qatar de Arabia Saudita.
Sobre la costa, las haimas (carpas árabes) aguardaban para quienes quisieran pasar la noche junto al mar.
Vale mencionar que en la zona también se practica parapente y sandboard, se alquilan cuatriciclos y se puede pasear a lomo de camello arábigo. Éste es diferente al bactriano; se diferencia por su pelaje más corto, cuerpo menos robusto y porque tiene una joroba en lugar de dos.
Un inmigrante de Nepal, encargado del cuidado de los animales, me ayudó a subir a uno de ellos para dar un paseo de ensueño.

DEL SOUQ AL MALL.
En cuanto a las compras, en Doha se destacan dos lugares claves. Por un lado, el Vilaggio Mall, donde se pueden adquirir las marcas más exclusivas e incluso navegar en góndola, ya que recientemente se inauguró Gondolandia, algo así como una pequeña Venecia a cielo cubierto, dentro del mismo centro comercial.
Allí también hay un Carrefour -un buen termómetro del consumo local- y una tienda Virgin, donde se puede adquirir música tradicional, e incluso discos compactos con lecturas del Corán en la Meca, además de diversas ediciones del libro sagrado (como buena occidental -léase ignorancia de mi parte- mi primera impresión fue que todos los ejemplares estaban colocados al revés).
Por otra parte, el Souq Wakif es una muy bien lograda reproducción de los antiguos mercados árabes, donde se pueden adquirir telas, pashminas, objetos típicos y especias. También hay restaurantes de cocina árabe y bares en los que se puede fumar sheesha en enormes nardiles.
Visitar este mercado fue como viajar a través del tiempo, transportada por los sonidos, los aromas y los colores de esas estrechas callecitas que se asemejan a un laberinto.
Allí pude interactuar y lograr un mayor acercamiento con los locales, siempre respetando los principios del Islam, por supuesto: nada de contacto físico entre hombres y mujeres, al cruzar las piernas no mostrar la suela del zapato a quien se tenga en frente (es considerado una gran ofensa), entre otros.
Los cataríes me resultaron gente muy amable y hospitalaria, como Ahmed, el propietario de un local de artículos típicos que después del regateo -que aquí va de la mano con el proceso de venta- me invitó a tomar un té con menta y especias.
Le pregunté sobre su vestimenta, y me explicó que lo que llevaba puesto, y lo que visten todos los hombres, era un thawb o thobe, una prenda blanca similar a una túnica, hasta los tobillos, por lo general con mangas largas. Y que lo que llevaba en la cabeza se llama ghutra, un pañuelo cuadrado de algodón que se sostiene con distintos tipos de cordones.
Las mujeres, en tanto, llevan los ya mencionados velos y una abaya, que es como una túnica, larga y de color negro, frecuentemente adornada con monedas e hilo metálico. “Esa es la vestimenta para salir a la calle, pero debajo llevan prendas de última moda que lucen dentro de sus casas”, me contó una guía. Y un joven mexicano relató que tiene amigas cataríes desde hace más de dos años, con las que suele ir a bares, pero que nunca les vio la cara. ¿Cómo se reconocen? “Antes de salir hablamos por teléfono y acordamos que ellas lleguen primero y se sienten en determinado lugar. Y si llega a estar ocupado, me hacen señas con la mano (tenemos nuestro propio código) cuando me ven llegar”.
Doha, con su pujante crecimiento, logró que el futuro apareciera y se levantara como el sol, en medio del desierto. Y que no fuera ningún espejismo, sino una firme realidad que ya la ha colocado junto a los nombres de las grandes y más tradicionales capitales del mundo. Creo que recién ahora comienzo a comprender por qué la arena de los relojes hizo crecer el desierto.

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