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La gran ciudad pop

  Si una de las máximas de viajar consiste en estar entretenido, la antigua Edo parece imbatible. Desde la comida y los pequeños desfasajes culturales hasta el consumismo y el frenesí nocturno, no hay manera de permanecer indiferente en una ciudad que propone el aceleramiento de los sentidos. Todo acompañado por una infraestructura impecable y la amabilidad de los locales.  

La carta de presentación de Tokio no podría haber sido más abrumadora. Descenso nocturno en la estación de Shibuya –allí donde la estatua del perro Hachiko luce su bronce gastado por el abrazo de los turistas– y la sumisión de los sentidos: las pantallas multicolores sobre el óctuple cruce peatonal, la gente que desde el Starbucks viraliza la marea que compongo y la música estridente que compite con las voces punzantes de las japonesas en anuncios publicitarios.

Abrumador pero esperado: la promesa de un mundo pop y colorido era real. No por nada los millennials apuntan sus cañones viajeros hacia aquí, e incluso los adolescentes tiran de la manga a los adultos y canjean sus fiestas de quince por visitas familiares al antiguo Edo.

Caminando bajo el reflejo de las luces de neon, mis necesidades básicas pasan por sacarme de encima la bendita maleta que ralentiza mis pasos y regresar cuanto antes a este patio de juegos.

INTRODUCIÉNDOSE EN LA CIUDAD.

Desde el momento en que pisamos el aeropuerto, el metro y sus extensiones se convierten en nuestros aliados fundamentales, especialmente la línea JR Yamanote, que de manera circular recorre básicamente todos los barrios imprescindibles: Shinagawa, Shibuya, Shinjuku, Harajuku, Akihabara y Tokio. Entonces lo mejor es alojarse en estas zonas.

Pese a una población de 13 millones de personas, en las calles no cunde el caos; a lo sumo un hormigueante ir y venir en los puntos neurálgicos. Las mareas de autos solo alimentan las grandes avenidas y entre medio de ellas se encuentran calles tranquilas, algunas que suben y bajan al ritmo de la orografía, y callejones donde la presencia más amenazante consiste en una máquina expendedora de gaseosas. Desde ya que la inseguridad no es un tema: si nos animamos a vencer nuestros temores más profundos, incluso podemos dejar los celulares desatendidos en las mesas.

En cuanto a los precios, están en línea con los destinos más conocidos de Estados Unidos o Europa; desmintiendo en todo caso que Japón sea especialmente oneroso.

En general los japoneses no hablan inglés, ergo, no es posible pensar que vamos a resolver las cosas en la lengua de Shakespeare. Pero les sobra amabilidad. Por ello las transacciones e inquietudes comunes se pueden resolver sin problemas con la correcta dosificación de señas, paciencia y sentido común (no olvidarse de empacarlo).

UN MUNDO ELECTROPOP.

Si bien algunos barrios presentan tendencias marcadas (las tiendas sofisticadas de Ginza, el puerto de Tsukuji, etc.), hay rasgos en común.

Uno de ellos son los grandes edificios dedicados a los juegos, donde los novios suelen mostrar su tenacidad frente a las máquinas de muñecos, gastando miles de yenes a cambio de un peluche rechoncho que contente a su pareja. En tanto, los videojuegos musicales convocan a jóvenes y no tanto dispuestos a contrafuncionar tras una jornada laboral y encadenar cientos de ‘Perfect!’ ya sea saltando, bailando o machacando botones luminosos. Mirar estas hazañas es un espectáculo per se, pero no hay que avergonzarse de probar las opciones para principiantes y hacer una experiencia propia.

Al atardecer las salas de karaoke encienden sus marquesinas y proponen cantar –y de manera indispensable beber alcohol– proveyendo de paso pelucas, disfraces y una vista panorámica de la ciudad.

Poner un pie en los locales de pachinko puede ser otra experiencia hipnótica, tratando de entender bajo qué concepto funcionan esas máquinas que eyectan cientos de bolitas metálicas que luego descienden por un panel repleto de clavijas.

Una jornada especial puede concluir en el Robot Restaurant (en el área de Kabukicho), cuyo principal distintivo consiste en un desfile lisérgico abundante en cyborgs y láseres de colores.

KOMIDA.

Los denominados konbini son nuestros puntos de recarga de energías. En estos minimercados, los onigiri (triángulos de arroz con diversos rellenos) fungen como equivalente de las empanadas mientras que las cositas dulces (materia difícil para los japoneses) están sobre todo representadas por pastelería rellena de crema o anko, el famoso dulce de poroto.

A partir de las 18 las pizarras despliegan sus menúes. En los restaurantes al uso occidental se puede probar el shabu-shabu, mientras que los más tradicionales emanan un aroma convocante, atrayéndonos hacia las barras en U que encierran a los cocineros con sus planchas y cacerolas. Muchas casas de comida disponen de menúes en inglés, pero si uno está abierto a la experiencia gastronómica no hay mayor riesgo: a base de ingredientes nobles –entre carnes, verduras y legumbres– los platos no fallan en complacer los paladares.

El Omoide Yokocho –en pleno Shinjuku– nos invita retrotraernos unas cuantas décadas. Los pequeños locales incrustados a los lados de este pasaje, cada uno con su barra e hilera de asientos, conforman un escenario tan idealizado y fotogénico que será uno de los pocos sitios donde veremos carteles de “prohibido tomar fotografías”.

Un párrafo aparte merecen cafés diseñados para acariciar animales, donde los interesados pueden tomar una bebida y de paso jugar con lindísimos gatitos o conejitos. Un plan bastante conservador si tenemos en cuenta que la última moda son los búhos y erizos.

CONSUMIR COMO BUEN JAPONÉS.

Entrar en el mundo del consumismo japonés es casi inevitable y, tomándolo por su mejor lado, un grandioso entretenimiento, recordando que Japón es cuna de grandes tendencias mundiales en materia de productos electrónicos e íconos populares.

Un recorrido por la Pokestore de la estación de Tokio nos tiene comprando el curry marca Pikachu, visitar la juguetería Kiddy Land (en Omotesando) implica tentarse ante cualquier producto de Totoro y las tiendas Sanrio nos llenan las manos de Hello Kitty, demostrando que todo personaje kawaii tiene el potencial de convertirse en un hit mundial. También hay adoptados: Snoopy es incluso más popular que en Estados Unidos y ni hablar de los productos exclusivos de Mickey y su pandilla, merced a los parques Tokyo Disneyland y Tokyo DinseySea, ubicados a 20 km. de la capital.

A ello se suma que los precios de los artículos usados son muy convenientes, cuando no irrisorios. En el apartado del anime, el mejor exponente son las tiendas Mandarake, especialmente la sede de Akihabara, barrio que tiene otras decenas de edificios dedicados al merchandising de “dibujitos japoneses” actuales y de antaño. Si se trata de libros, manga o videojuegos, la respuesta correcta es Book Off, donde conseguir versiones originales de sagas tan famosas como Super Mario o Final Fantasy.

Mientras, las tiendas dedicadas a los CDs y vinilos resultan atractivas si pensamos que las ediciones japonesas de los discos occidentales suelen contar con interesantes bonus tracks. En este punto, RecoFan (en Shibuya) es imbatible por precios y variedad.

Los locales de ropa retro usada también están a la orden del día, pero oteando los precios nos parecerá más sensato acudir a los globalmente famosos Uniqlo. Esta marca devenida mundial es de origen nipón, por lo que sus tiendas garantizan las últimas novedades, indumentaria exclusiva y, para redondear, descuentos significativos.

Y para rematar este afán, basta con agregar el programa de Tax Free, que se implementa en la mayor parte de los negocios y nos permite ahorrar un 8% en compras de, al menos, 5.000 yenes. Un incentivo más para imbuirse del Japón más contemporáneo, donde las experiencias sensoriales se asocian con la materialidad de productos únicos, perfeccionando un combo hasta ahora solo conocido en los mejores parques de entretenimiento.

EL RESTO DE JAPÓN, MEJOR ACOMPAÑADO

 

Quienes están más interesados por la cultura tradicional, con sus santuarios y templos monumentales, conocer pueblos entre colinas boscosas o tantear otras megaurbes como Osaka y Kioto, deberán embarcarse en un periplo por el resto de Japón.

Si bien es posible configurar un viaje por cuenta propia, el desconocimiento del destino y la cultura dificultan bastante la tarea. Por eso en este caso lo mejor es dejarlo en manos de especialistas, aprovechando el 100% de nuestro tiempo y visitando todos los puntos clave.

En este sentido, desde hace unos años Europamundo –con el respaldo del operador local JTB– ofrece salidas regulares por todo el archipiélago, con una virtud única en el mercado: todos los guías acompañantes hablan castellano como lengua materna, responden a las necesidades específicas del público latino y conocen al dedillo la geografía y atractivos japoneses.

Los itinerarios incluyen hotelería de primer nivel (4 o 5 estrellas, así como los típicos ryokan), todos los paseos y entradas (no nos van a vender opcionales) y almuerzos y cenas en restaurantes típicos especialmente elegidos.

 

 

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