Europa | Francia | en primera persona

Los paisajes de Picasso, en el sur de Francia

Estimados lectores, si me acompañan en esta aventura les propongo encarar un viaje de Buenos Aires hacia la Provenza, con escala en la Costa Azul, para descubrir juntos parte de la vida y de la obra de Pablo Picasso. Entonces, encaramos un periplo que abarcó Antibes, Vallauris y Mougins hasta finalmente llegar al Castillo de Vauvenargues, donde se encuentra la tumba del pintor.

Con un gran compañero de aventuras y mucho entusiasmo llegamos a Francia para profundizar sobre la vida adulta de Pablo Picasso. Luego de la emoción de estar frente a frente con el Guernica, en la primera parte de este recorrido (ver recuadro), ahora nos disponíamos a conocer los enclaves que formaron parte la segunda mitad de su vida. Entonces, encaramos un periplo que abarcó Antibes, Vallauris y Mougins hasta finalmente llegar al Castillo de Vauvenargues, donde se encuentra la tumba del pintor, para rendirle un pequeño homenaje y despedirnos de él.

LA ALEGRIA DE VIVIR EN ANTIBES.

“Si quieren ver el Picasso de Antibes, tienen que venir aquí”, dijo el artista y ahí fuimos. Nuestra primera recalada fue en la antigua ciudad de Antibes–Juan-les-Pins, entre Cannes y Niza. Allí, las magníficas vistas del Mediterráneo compiten con la belleza de su centro histórico de calles angostas, torres medievales y mercados provenzales. Al pasear es fácil comprender por qué los pintores quedaron cautivos de esos paisajes que revelan colores únicos y una luz irreproducible para cualquiera que no sea Matisse, Monet, Cézanne o el mismo Picasso.

Nuestro artista visitó varias veces Antibes, adonde llegó por primera vez en 1939 junto a Dora Maar. En aquellos años solía pasar mucho tiempo en el Museo de Historia y Arqueología local, emplazado en el castillo propiedad de la familia Grimaldi. En una de las visitas, el curador del museo, Romuald Dor de la Souchère, le ofreció utilizar parte de la propiedad como taller. Picasso aceptó y como agradecimiento se ocupó de la decoración del espacio. Trabajó varias temporadas y en ocasiones, a falta de mejores materiales, incursionó con plantas, pintura industrial y cemento.

En este contexto, la temática de su obra se volvió localista, con profusión de imágenes de animales, flores, elementos marinos y personajes mitológicos –faunos y sirenas– inspirados en la historia de Antipolis, la antigua Antibes, fundada por los griegos.

Entre 1946 y 1950, Picasso donó gran cantidad de obras al museo, que en 1966 tomó su nombre y se convirtió en el primero dedicado al artista. Actualmente, la colección continúa creciendo a través de donaciones y adquisiciones. Entre las obras que pudimos apreciar, vale la pena detenerse en “La Alegría de Vivir”, que recrea a Françoise Gillot, la esposa de Picasso por entonces, en un entorno mediterráneo que da cuenta del ambiente de tranquilidad que les proporcionaba la Costa Azul.

Al salir del museo, con la vista colmada de arte y mar, repusimos energías con un almuerzo en el nuevo restaurante de carnes El Nacional, compramos especias en el mercado provenzal del casco histórico, y tomamos un trago en La Fée Verte, un bar especializado en absenta, cuyas propiedades alucinógenas cautivaron a Vincent van Gogh y Henry de Toulouse Lautrec a finales del siglo XIX.

Nos despedimos de la ciudad siguiendo la recomendación de nuestra guía Lucy, quien nos instó a recorrer “La Riviera de los pintores” para admirar los escenarios reales de algunas destacadas obras pictóricas. Mapa oficial en mano, reconocimos paisajes de Claude Monet, Raymond Peynet y, por supuesto, “Pesca nocturna en Antibes”, de Picasso, que se localiza en la rambla del bastión de Saint-André, a pocos minutos de caminata desde el centro.


LA GUERRA Y LA PAZ EN VALLAURIS.

En Vallauris, las sorpresas fueron in crescendo. No teníamos certezas del programa que nuestro anfitrión Philippe Mottier –director de Turismo local– nos tenía preparado; pero claramente nuestro objetivo era contemplar una de las más relevantes obras de Picasso: “La Guerra y la Paz”.

Con total dedicación, Philippe nos explicó que el artista conoció Vallauris en el verano de 1946, en ocasión de la exposición de flores, cerámicas y perfumes de Nerolim, donde hoy se pueden adquirir productos derivados de los naranjos como vinos, aguas perfumadas y dulces. De hecho, aquí se produce la esencia del hipnótico Chanel Nº 5.

El pintor quedó inmediatamente fascinado por el original trabajo en cerámicas de la casa Madoura y al año siguiente volvió con la firme decisión de trabajar ese material. Así fue como durante su estadía comenzó a producir obras en serie y a decorar miles de piezas. De esta manera, quienes no pudieran pagar por un lienzo y desearan un Picasso, podían acceder a las cerámicas trabajadas por el artista.

Les aseguro que pensábamos volver a Buenos Aires con una pieza elaborada por él en los años 40. No ocurrió, pero en nuestras alacenas guardamos celosamente varios platos decorados por artistas que hoy mantienen vivo el legado picassiano en los ateliers de la avenida George Clemenceau, la principal de Vallauris.

Ya en la plazoleta del mercado, descubrimos la escultura “El hombre del cordero”, que el artista creó en 1949 con la condición de que se exhibiera en el centro de la villa, al alcance de todos, inclusive alentando a los niños a que jueguen con ella. Por entonces, ya estaba instalado con su familia en la propiedad “La Galloise” y había adquirido el atelier Fournas.

La ansiedad nos ganaba a medida que no acercábamos al castillo de Vallauris, en cuya capilla nos esperaba “La Guerra y la Paz”.

Ingresamos con los ojos cerrados, caminamos unos pasos, levantamos la cabeza y una vez más lo había logrado: ahí estábamos, sumergidos literalmente en el centro de su obra, muy conmovidos, admirando sus figuras y su paleta de colores.

Así como los grises del Guernica contaron los horrores de la Segunda Guerra Mundial, esta obra es el resultado de un deseo de Picasso que creció durante la guerra de Corea: pintar un templo laico para la paz. La obra fue trabajada en paneles de madera en su atelier entre 1951 y 1953. Una vez finalizada, se expuso junto al Guernica en Italia y más tarde fue colocada aquí.

Pasé un buen rato hipnotizada por ese caleidoscopio colorido de casi 100 m², que la convierten en la obra más grande del pintor. El panel de la izquierda, el de la guerra, nos interpela con sus imágenes apocalípticas: ríos de sangre, muertos, el humo que se eleva y la cureña tirada por caballos. Más allá, el soldado de la paz detiene con un escudo, en cuyo centro se eleva la paloma picassiana, el carro de la guerra. Entretanto, la cara de Françoise Gillot representa a la Diosa de la Paz.

Fue ella misma quien ayudó a Picasso con el panel de la derecha. Ante la dificultad para representar la paz, le preguntó a su esposa cómo lo haría y ella respondió: “En tiempos de paz todo es posible, hasta que un niño are en el mar”. Entonces el artista dejó volar sus pinceles y representó a su hijo Claude junto a un pegaso sobre el agua y otras escenas igualmente sutiles: mujeres danzando, una madre que lee mientras amamanta a su hijo, niños, pájaros y peces que en un delicado equilibrio evocan la fragilidad de la paz.

Picasso donó este trabajo a Francia para que se convierta en su primer Museo Nacional fuera de París. Antes de la inauguración, coronó la obra pintando en el fondo de la bóveda cuatro hombres que representan a Europa, América, Asia y África, y sostienen un mundo. Nuestro guía nos contó que incluso es posible visitar la obra por la noche, con pequeñas antorchas en mano, para ir develando de a poco su esplendor.

El PARAISO DE MOUGINS.

De camino a Mougins, sabíamos que nos acercábamos al final de periplo. En los años 30, Picasso pasó algunas temporadas en el Hotel Vaste Horizon de ese pueblo, desde donde el artista disfrutaba de las increíbles vistas hacia las montañas, al tiempo que se complacía con los sabores de la renombrada gastronomía local, famosa entre los paladares más exigentes. De a poco, fuimos percibiendo el pulso de una aldea próspera en belleza, tranquilidad y, sin duda, estilo de vida. En fin, un pequeño paraíso.

Acompañados por las amables representantes de la dirección de Turismo local, visitamos el Museo de Fotografía, que se nutre de una gran colección de imágenes de Picasso tomadas por André Villers, destacado fotógrafo y amigo personal del artista.

Dejamos las callejuelas de Mougins para llegar hasta la Capilla de Notre Dame de Vie, lindera con la casa que Picasso compró como regalo para su última esposa, Jacqueline Roque, con quien se casó en Vallauris en 1961.

Años atrás, esta mansión era frecuentada por el artista cuando visitaba a sus antiguos propietarios y amigos, la familia Guinness, dueños de la famosa cervecería. Luego se convirtió en su propio espacio y la apodó “El refugio del Minotauro”. Vivió allí hasta el día de su muerte, el 8 de abril de 1973. Tenía 91 años y había conmovido al mundo con su arte.

Mientras caminábamos por los jardines de la capilla en silencio, veíamos su casa y escuchábamos acerca de sus últimos días, nos invadió una atmósfera de paz y pudimos apreciar, sobre los paredones de Notre Dame, aquella misma luz natural que había enamorado al artista mucho años atrás.

UN HASTA LUEGO.

Para llegar hasta el último hito de este viaje, la tumba de Picasso en el Castillo de Vauvenargues, en la Provenza, hubo que redoblar esfuerzos. Tomamos trenes y colectivos desconocidos, aun sabiendo que se trata de una propiedad privada, a la cual el público –por más simpático que sea– no puede ingresar.

Una parte de mí pensaba que con el respaldo de la buena suerte, que muchas veces se nos hace amiga, lograríamos entrar. Sabía que si lograba ese último tramito, los 500 metros que me separaban de la tumba, se cerraría el círculo perfecto.

Con ese espíritu, llegamos hasta la mismísima entrada de la propiedad. Desde las rejas llamamos la atención del jardinero y nos lanzamos a la tarea de explicarle por qué él haría su buena acción del día si nos dejaba pasar a despedirnos formalmente. O aunque sea a mí sola, o sin cámara de fotos, o sin celular, o de lejos al menos, pero ver la tumba y regresar a Almagro para ponerle el moño a la experiencia picassiana en Europa.

Con la puerta abierta, el señor nos explicó con claridad, en lo que parecía un paso de comedia cercana al cinismo, que se trataba de una propiedad privada, que un gran cartel lo explica, que vayamos a los museos, que gracias por visitarnos, que “qué lástima, pero no pueden pasar” y que sanseacabó.

No me sorprendí, no me amargué y menos aún: casi que lo esperaba. La puerta quedó abierta y a esta altura, yo ya debería saber, después de haber recorrido bares, museos y castillos buscando su impronta, que esta última escena fue más bien una humorada propia de su genio, que aún no me deja despedirme, a sabiendas de que me quedan muchos más rincones picassianos por descubrir y sueños por cumplir.

“Europa tras los pasos de Picasso”

Unas cuantas ediciones atrás, en el número 50 de Viajando (www.viajando.travel/articles/672/europa-tras-los-pasos-de-picasso-parte-1) les conté lo que significó para mí cumplir un sueño que incluía cruzar el océano y recorrer varias ciudades europeas hasta finalmente pararme frente al Guernica. En aquel momento, el tiempo y el presupuesto me permitieron deambular por Madrid, París, Málaga y Barcelona. Por entones, me desvelaba saber si después de concretarlo ya no me quedarían otros por concretar. Unos meses después ya conocen ustedes la respuesta y les aseguro que no hay nada más estimulante que despertarse todos los días, para intentar cumplir el próximo sueño.

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