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Moulin Rouge: una noche en el cabaret más famoso del mundo

Con su magnífico espectáculo y su tan especial atmósfera, el legendario local parisino –ícono de la ciudad, cuyos neones brillan en el bohemio barrio de Montmartre– revive los dorados tiempos de la Belle Epoque al ritmo del clásico cancán y con una deslumbrante troupe de bailarinas que, al igual que un siglo atrás, asombran con su belleza y sus coreografías. Por Leonardo Larini y Gabriela Macoretta

Cuando uno encuentra su famosa fachada de fulgurante rojo experimenta algo parecido a lo que Gil Pender -el personaje central del filme de Woody Allen, Medianoche en París- siente al toparse con Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Cole Porter y Dalí en la París de los años 20. Es una mezcla de sorpresa, asombro y hasta descreimiento. Ha sido tanto el tiempo que el lugar ha permanecido en nuestro imaginario, tantas las historias que uno ha leído y tanta la lejanía, que parece mentira estar parados ahora frente a uno de los locales de espectáculos más famosos de la historia.

Entonces, para “caer”, para comprobar que sí, que es cierto, que estamos frente al legendario Moulin Rouge, nada mejor que sentarse en uno de los bancos o en la fuente que hay en la pequeña plazoleta del también famoso Boulevard de Clichy, y sólo dedicarse a contemplar por un buen rato el molino rojo en la terraza del edificio y las tan características letras del cartel de neón, mientras turistas de todo el mundo no paran de tomarse fotos y cientos de autos circulan por esta movida arteria de la ciudad.

Con la vista obnubilada, uno recuerda que por su escenario pasaron figuras de la talla de Ella Fitzgerald, Liza Minelli, Lena Horne y Frank Sinatra, además de los locales Maurice Chevalier, Jean Gabin, Edith Piaf, Yves Montand, Charles Trénet, Charles Aznavour, Line Renaud y Fernand Raynaud.

Dos noches más tarde, estos cronistas van a tener la oportunidad de apreciar el espectáculo e incluso conocer las bambalinas del establecimiento. Pero por ahora únicamente disfrutan de este primer encuentro, de esta contemplación inaugural que quedará grabada para siempre en uno de los mejores rincones de la memoria emotiva.

TOULOUSE-LAUTREC, EL ENTRAÑABLE HABITUE.

Cuando el viajero visita el Moulin Rouge seguramente recuerda las escenas de las tantas películas que homenajearon al mítico cabaret, la mayoría de ellas tituladas con su nombre. O al menos evoca las imágenes de la última, dirigida en 2001 por Baz Luhrmann, con las actuaciones de Nicole Kidman y Ewan McGregor.

Sin embargo, al atravesar la enorme puerta negra de entrada, uno no puede dejar de mirar azorado el entorno, glamoroso y sutilmente circense. Ni de volar con la imaginación a aquellas noches de fines de 1800, cuando los asistentes eran en su mayoría masculinos –muchos provenientes del extranjero– y buscaban diversión en la atmósfera desenfadada de los locales nocturnos de París.

El deseo de mirar y de ser visto, la mezcla de las sociedades alta y baja y los bailes transgresores, por entonces constituían el gran atractivo de las noches de Montmartre.

Así, desde ciertos lugares del salón, como el corredor, era posible observar tanto la pista de baile con sus bailarinas ligeras de ropa, como a los clientes sentados en las mesas. Uno de ellos era el entrañable Henri de Toulouse-Lautrec, cuyo nombre quedará ligado por siempre a la historia del cabaret.

Será por eso que uno tiene la ingenua ilusión de encontrarlo aún sentado allí, concentrado en sus cuadernos de dibujos, con su bastón y su pasión por el bullicio de la ciudad y las escenas de la vida nocturna.

Cuentan los parisinos que poco después de la inauguración del Moulin Rouge (el 6 de octubre de 1889), Toulouse-Lautrec se había convertido en un habitué, que pasaba noches enteras materializando sus impresiones sobre el papel para convertirlas luego –de día y en su taller– en bellas pinturas como “En el Moulin Rouge: la danza”, una de sus obras más destacadas. Sin embargo fue con su primer cartel para el local que se convirtió repentinamente en una persona conocida en toda la ciudad. Lo hizo por encargo de su propietario, en ese entonces Charles Zidler.

Si bien el cabaret ya contaba con un proyecto del afamado diseñador de carteles Jules Chéret, el que elaboró Toulouse-Lautrec marcó una gran diferencia por su perfeccionamiento en la técnica litográfica, que lo consolidó como el cartelista más innovador de París. En el primer trabajo, el más conocido, escribió tres veces Moulin Rouge en un rojo llamativo y colocó como protagonistas a Valentin le Désossé -conocido en la época como “el Rey del vals”- y a La Goulue, quienes actuaron juntos durante una temporada.

La Goulue (“La Glotona”) era el nombre artístico de la bailarina Louise Weber. Fue una de las musas del pintor y recibió ese apodo porque solía beber todo lo que quedaba en los vasos de los clientes.

Inmortalizados en la obra, hoy estos personajes invaden las calles y locales de París -al igual que muchas otras obras del autor-, plasmados en remeras, pins, bolsos y cuanto merchandising se pueda imaginar.

EL CANCAN FRANCES Y LAS DORISS GIRLS.

Desde sus inicios, el Moulin Rouge se caracterizó por sus suntuosos espectáculos, siempre con bellísimas mujeres como protagonistas. También fue en los mismos comienzos que un grupo de bailarinas amateurs –que de día eran lavanderas, criadas o costureras– presentaron una performance muy diferente a lo visto hasta ese entonces: la Quadrille. Con movimientos revolucionarios para la época, gritos, ritmos muy marcados y polleras flameantes que dejaban ver las piernas y ropa interior, la novedad causó un gran impacto. Y la nueva danza se convirtió en un suceso instantáneo, atrayendo a multitudes, incluso a miembros de la realeza.

Dos años después, un sujeto británico llamado Charles Morton decidió cambiar el nombre del baile y lo denominó French Cancan.

Más adelante, una niña alemana -que en su tierra natal tomaba lecciones de danza sin el conocimiento de sus padres- obtuvo su diploma y, ya con la edad suficiente, viajó a París atraída por los cabarets. En 1961, Jackie Clérico, por entonces propietario del Moulin Rouge, reconoció rápidamente las cualidades de Doris Houg -la alemana en cuestión- y Ruggero Angeletti, y los contrató como coreógrafos, transformándose así en los creadores de las grandes revistas. Ella formó su propia troupe de bailarinas, llamada “Doriss Girls”, que inicialmente fueron cuatro, y llegó a convertirse en Miss Doris, “la dama más famosa del Moulin Rouge”.

Actualmente, para formar parte de la troupe -que ahora también incluye hombres- es necesario cumplir con diversos requisitos: medir no menos de 1,75 m. y tener una figura estilizada que deje a los espectadores hechizados. Los varones deben medir más de 1,85 m. Además, cada nuevo integrante debe pasar por un período de entrenamiento de cinco semanas. El show debe ser perfecto.

Hoy el cancán francés se baila todas las noches en el escenario, pero además es aclamado en todo el mundo, ya que la troupe de bailarines del Moulin Rouge suele presentarse en el Festival de Cannes, en estrenos de Hollywood y en el carnaval de Río de Janeiro, entre otros eventos de gran relevancia.

EL SHOW: FEERIE.

A lo largo de su historia, el Moulin Rouge ha recibido a millones de espectadores de todo el mundo. Actualmente se presenta “Féerie”, una revista con coreografía de Bill Goodson que incluye una troupe de 100 artistas, entre ellos 60 Doriss Girls recluidas de diversas latitudes del orbe. Además, se utilizan mil trajes de plumas y piedras diseñados por Corrado Collabucci, 800 pares de zapatos hechos a mano y una ampulosa puesta en escena con mucho brillo, color y diseños únicos de Gaetano Castelli y artistas italianos.

Féerie tiene cuatro escenas principales: “El Moulin Rouge hoy y ayer”; “El Moulin Rouge por siempre” -pleno de nostalgia y magia-, “Sandokan y el circo” (con payasos, gemelas siamesas, pierrots, acróbatas y hasta seis ponnies en escena) y finalmente “El Moulin Rouge desde 1900 hasta...”: un tributo a las mujeres parisinas de todos los tiempos, con las Doriss Girls bailando el cancán francés como punto más alto del show.

GASTRONOMIA Y EVENTOS.

Durante el espectáculo, el asistente tiene la posibilidad de cenar o beber una buena variedad de tragos. Eso es lo que caracterizó y dio identidad a los cabarets, a diferencia de los teatros: en los cabarets se comía o bebía mientras se apreciaba el show.

Y en el Moulin Rouge, cada noche 25 cocineros preparan los platos bajo la orden del chef Laurent Tarridec y su asistente, Gérard Hotz. El equipo de Cocina está compuesto por 120 metres y camareros, quienes sirven a los comensales, que pueden llegar a ser hasta 800.

Las propuestas gastronómicas incluyen tres opciones: “French Cancan”, “Toulouse Lautrec” y “Belle Epoque”, además de la elección a la carta, que contempla platos de la cocina típica francesa, entre ellos el infaltable y clásico foie gras de pato.

Los vinos y el champán son seleccionados entre los más destacados ejemplares nacionales. En tanto, el momento de la cena es acompañado por la orquesta en vivo del Moulin Rouge hasta que comienza la revista.

Por otra parte, en 1997 se decidió abrir el establecimiento como espacio para eventos, lo que permite concretar en el mítico lugar congresos, seminarios, desfiles de moda, almuerzos y cenas de gala, entre otros. Para tal fin se acondicionó un viejo cine vecino, que fue uno de los más grandes de Europa, con 1.500 m2. Asimismo, una sala de estilo Belle Epoque -diseñada por Henri Mahe en 1951- también se convirtió en un sitio destinado para estos fines.

Y, por supuesto, en el Moulin Rouge también hay un local de souvenirs donde es posible comprar perfumes, carteras, libros, pins, postales, posters, cd’s, paraguas, chombas y remeras. No está mal llevarse un recuerdo de este legendario lugar; es como irse de sus instalaciones con un pedacito de la rica historia de la bohemia parisina.

TIPS PARA EL VIAJERO

Dirección:82, boulevard de Clichy (Montmartre, París).

Cómo llegar: la forma más fácil de llegar es vía subte, bajando en la estación Blanche, frente al famoso cabaret. Pero lo conveniente, para vivir con mayor expectativa el encuentro, es descender en Anvers. Al salir de la boca del famoso “metro”, los ojos se asombrarán con una magnífica vista de la basílica de Sacre Coeur, iluminada de un tenue verde en lo alto de Montmartre, al fondo de una mágica callecita peatonal que desemboca en la plaza desde la cual se asciende a dicho templo.

Desde allí, a través del boulevard de Clichy, hay que caminar seis o siete cuadras, que bien valen la pena. En el trayecto uno podrá apreciar hermosos bares y cafés, restaurantes “a la calle” de comida india o turca, gran cantidad de locales de souvenirs (a muy buenos precios), tiendas deportivas tipo “outlet” (también con precios muy convenientes), un más que interesante Museo del Sexo y múltiples cines, sex shops y locales nocturnos que le otorgan al boulevard una atmósfera muy especial.

Vestimenta: formal (preferentemente saco y corbata).

Tarifas: dependen de la modalidad (show sin bebida, cena y show, show con botella de champán, etc) y van desde los 80 a los € 185.

Informes:marque@moulinrouge.fr.

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