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Navegar la altura

El desembarco en el aeropuerto de Juliaca, "ciudad caliente", irrumpe como punto de inicio de una travesía inolvidable por el lago Titicaca, que tiene a Puno como puerto de partida y a las islas de Uros, Taquile y Suassi como estaciones intermedias de una navegación por el lago de agua dulce más alto del mundo, donde el agua y el cielo se confunden, apenas recortados por los picos nevados de la cordillera de los Andes.

Juliaca. Desde el aire, apenas unas casas chatas a ladrillo pelado, que hacen al paisaje parecerse a un gigantesco mar rojizo, interrumpidas en su abundancia por calles porosas. Un piso más arriba, miles de antenas de televisión satelital. Uno más abajo, millones de papachos y mamitas que surcan la ciudad a lomo cargado, empujando carros, rascando el pavimento, gambeteando el cardumen de autos y mototaxis, sacudiéndose el frío de una noche helada que acaba de extinguirse.

Mundo de fusiones peruano-bolivianas, “ciudad caliente”, Juliaca debe el aeropuerto a su condición “fronteriza”, además de otros “atuendos” menos decorosos.

Será por eso que el contingente de turistas es extirpado en el menor tiempo posible, casi en una prueba contrarreloj, que comienza una vez abiertas las puertas del avión. De ahí en más los organizadores y guías alentarán al grupo a dirigirse cuanto antes al transfer, que espera ya en marcha en medio del playón del estacionamiento, merodeado por los incansables vendedores ambulantes.

Si uno se descuida, ni siquiera llega a ver el cartel que dice “Aeropuerto de Juliaca, elevación 3.825 msnm”, lo que sería un verdadero desastre, dado que la indicación podría ser la única fotografía para llevarse de recuerdo.

Hay que abandonar Juliaca, cuanto antes, así está establecido y los comentarios de los guías acerca de los principales motores de la economía local –el contrabando de mercadería, el tráfico de drogas ilegales, la prostitución– no hacen más que confirmarlo.

Poco tiempo de conversación, poco para guiar, los baqueanos sólo se refieren a la viveza de los criollos locales, que evitan revocar sus casas para ahorrase miles de soles por año en impuestos.

La plaza mayor y la catedral que la ampara, seguro, son muy bonitas y dignas, pero estamos a leguas de semejantes obras, y además viajamos demasiado rápido hacia Puno.

Habrá que recorrer, entonces, los 45 km. que nos separan de Puno, puerta de ingreso al lago Titicaca, centro de la vida del altiplano peruano-boliviano, cuna de civilizaciones, pulmón de leyendas y mitos que lo invaden de misticismo, corazón energético del mundo.

Con 3.800 msnm como promedio, el Titicaca –que visto en los mapas patas para arriba se asemeja a un felino en acecho– es el lago navegable de agua dulce más alto del mundo. Su extensión de 8.500 km² lo convierte en un verdadero mar interior en la cordillera de los Andes. Sus islas son el tesoro oculto de culturas preincaicas, como uros y taquiles, que subsisten, en parte, gracias al turismo comunitario.

Son éstas las excusas de esta parte del viaje, que promete una experiencia fascinante a bordo de una embarcación que nos llevará de una costa a la otra del lago, en una travesía de horas que dibujará una estela indeleble en nuestra memoria.

ENTRE UROS Y TAQUILES.

Navegar la altura del lago Titicaca significaba, en lo personal, cumplir con un sueño madurado durante años, que iba de la mano del otro, compartido por miles de argentinos, de visitar la ciudadela inca de Machu Picchu.

Es que entre ambos sitios hay una relación íntima. Cuenta la leyenda que fue el Titicaca el que hizo emerger de sus aguas sagradas al inca Manco Capac, fundador de un imperio que dominaría los próximos 300 años sobre gran parte de América del Sur. La cultura inca nació, como nace la vida misma, de las cristalinas y frías aguas del Titicaca. Desde allí, este revolucionaria civilización culminará su derrotero de obras magnánimas en Machu Picchu, donde el gobernante Pachacutec mandó a construir el principal legado de su reinado y la obra más impresionante del mundo andino prehispánico.

Puno, entonces, la capital del folclore peruano, se convertirá en el hito de partida de la expedición. El muelle del Hotel Libertador Titicaca, donde nos alojamos, es el punto máximo de la expectativa.

La lancha comienza a dibujar una estela doble, que se abre en líneas paralelas hacia el pasado reciente, como tejiendo un lazo entre el Titicaca del sueño, el de la imaginación, aquel de las expectativas, y éste, el Titicaca que huele, suena, moja, respira, bulle a 4.000 metros de altura, echado sobre los Andes como una fiera en reposo.

Alrededor de 20 minutos de navegación son suficientes para llegar a las islas artificiales, grandes colchones de totora, que pueblan –o poblaban– los uros desde hace milenios.

Huele fuerte en este pequeño islote donde conviven cinco familias de ascendencia uros –que se denominan ellos mismos “kotsuña” o “el pueblo lago”–. El que llega está parado, literalmente, sobre un montón de totora podrida, trenzada con una técnica milenaria, pasada de generaciones al ritmo de la narración oral, como sobreviven los mitos y las leyendas.

María y Moisés son los encargados de dar la bienvenida. Ella, de 52 años, es la jefa de la isla y lo será durante todo el año, hasta que delegue en beneficio de la casa contigua, donde Moisés vive con su esposa y su hija. Entre sus funciones como jefe tendrá que mantener el lugar aseado “para recibir a los turistas y para vivir bien”.

Ambos hablan español con nosotros y aymara entre ellos, aunque nos convidan un saludo afectuoso en el idioma preincaico, mientras sus compañeros desenrollan mantas con artesanías de todo tipo, entre las que se destacan los tejidos con motivos de fauna y flora lacustre.

También nos ofrecen cancha, maíz tostado con fuego avivado a totora seca, combinado con carachi, un pececito que sucumbe a la incandescencia de las ollas de barro.

Moisés nació hace 37 años lago adentro, pero en 1985 se acercó a las orillas corrido por una inundación que barrió con las islas y las casas de su comunidad.

Aquí el elemento dominante es la totora, el junco típico del lago Titicaca. Con esta planta, los uros también construyen sus medios de transporte, esas pintorescas embarcaciones amarillas, tiradas por uno o dos remeros.

Además, la totora es parte de la dieta alimentaria de los pobladores y sirve como material de combustión para cocinar y calefaccionar las casas.

Una hora de navegación, aunque insalvables distancias culturales, separan a las islas de los Uros de la isla Taquile.

De ADN inca y lengua quechua, Taquile emerge como el lomo escamado de un reptil milenario en la vastedad azul del Titicaca. En este punto de la travesía el agua se confunde con el cielo, y los picos nevados de los Andes apenas se insinúan entre los vapores del lago eterno.

Desde 1970, la isla está dividida en seis secciones con un jefe cada una. Las decisiones políticas se toman en cónclaves dominicales, donde estos seis hombres, con el consejo de sus mujeres, discuten y deciden los pasos a seguir en la administración pública.

Los taquileños mantienen sus costumbres ancestrales casi intactas. Existe un código de vestimenta que se respeta a rajatabla, y uno puede discernir entre el hombre soltero y casado por el color del gorro que lleva puesto.

La población, que no supera las 2.000 personas en 6 km², es experta en el arte de tejer, y sus productos se caracterizan por las decoraciones simétricas simbólicas, de colores fuertes, que reflejan hábitos y creencias andinas.

El mandato textil se vive desde temprana edad. Cuando los niños cumplen siete años deben confeccionar su primer gorro y someterlo a una prueba de calidad que consiste en llenarlo de agua para demostrar la perfección y la estrechez de la trama, por donde no se tiene que filtrar el líquido.

Hasta 1970 estas tierras fueron utilizadas por el gobierno de Perú como prisión política; desde entonces, los taquileños ostentan la propiedad exclusiva de una isla que en su parte alta, a unos 4.000 metros de altura, aún conserva vestigios preincas.

SUASSI, LA ISLA FLORIDA.

“Las plantas traen menos problemas que los hombres.” Lo dice Martha Giraldo, mientras sacude su cuerpo chaparrito al ritmo de la risa y la danza marinera. Hace 26 años esta socióloga llegó a Suassi, un pequeño paraíso en una de las costas del Titicaca, la opuesta a la de Puno. Entrar a Suassi tras una hora de navegación desde Taquile, cuando parece que el horizonte se aleja cada metro un kilómetro más, es parecido a ingresar a un sueño florido, policromático, placentero, refrescante.

Por aquellos años, Martha Garrido se ocupó de recuperar las especies de plantas y árboles autóctonas, que iban perdiendo terreno frente a los eucaliptus y pinos, puestos allí para nutrir a la industria maderera.

En la altura de un acantilado construyó un hotel con habitaciones con vista a una pequeña bahía del lago y un jardín multicolor que puede servir de marco para uno de los atardeceres de tu vida.

Ese lugar alguna vez se llamó Albergue Rural Suassi, y desde hace 10 años funciona bajo la marca de lujo Casa Andina.

Entre el cielo y el lago Titicaca queda poco espacio para el aire. El oxígeno, bien preciado en estas tierras, es poco y su falta se manifiesta en intensos dolores de cabeza, opresión en el pecho, cansancio extremo y hasta vómitos y diarreas. Es el famoso soroche o “mal de altura”. Para combatirlo es menester asistir con frecuencia a la coca, ya sea mediante la práctica de chacchar o en infusiones. También ayudan los placebos de la medicina moderna, como las Sorojchi Pills y los tubos verdes de Oxishot, repletos de oxígeno en aerosol.

De todo ello se desprenden las sugerencias de no realizar caminatas extensas ni esforzadas. Pero hay una apacheta, allá en lo más alto de Suassi, como a 4.050 m., sobre un peñasco que se recorta en el cielo, que vale la pena alcanzar. Desde ese punto, antiguo espacio de ofrendas, el Titicaca deja verse en todo su esplendor, en una panorámica de 360º que difícilmente se pueda olvidar.

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