Europa | en primera persona

Por Europa al ritmo del 2 x 4

Además de bailarín y profesor de tango, Ignacio González es un viajero incansable. Pasa la mitad del año dando clases por Europa y recorriendo todo lo que puede, conversando con los locales, emocionándose, tomando fotos y experimentando cada destino como si fuera un habitante más.

Desde hace casi una década, Ignacio González viaja constantemente a Europa para exhibir sus destrezas y divulgar sus conocimientos sobre una disciplina que le apasiona: el tango. Cuenta que comenzó a bailar recién a los 25 años, cuando vivía y estudiaba teatro en la ciudad de Córdoba: “Con algunos compañeros fuimos a una milonga y el ritmo me atrapó. Así que empecé a tomar otras clases y a bailar, hasta ese momento como un hobbie. Por eso digo que al tango llegué por casualidad. De hecho, antes ni siquiera lo escuchaba”, relató.

De esta manera fue como el bailarín se dio de bruces con su verdadera vocación; no dudó en abandonar el teatro y volvió a Buenos Aires para formarse profesionalmente. Tomó clases con varios maestros e incursionó en el Tango Discovery, el que actualmente difunde en Argentina y en el exterior. Se trata de un método de enseñanza que apunta a que las personas puedan descubrir su personalidad a través del baile, ya sea en la milonga o en exhibiciones de alta performance: “La propuesta es encontrar el ritmo propio y una buena relación con el compañero. Porque el tango es algo que se hace de a dos. Es esencial tener una buena relación con el otro, de respeto y conocimiento”, explicó.

Hoy González tiene 38 años y trabaja la mitad del año como profesor en el Centro de Producción Cultural Chacra de los Remedios, en Parque Avellaneda. Y pasa el semestre restante viajando por Europa: “Me contratan escuelas y festivales de Alemania, Austria, Holanda y Suiza para dar clases, seminarios y exhibiciones. Hoy el tango –junto con la música clásica, el rock y el jazz– es uno de los ritmos más escuchados en el mundo. Eso posibilita que viaje y haga lo que hago”.

DESCUBRIR ENSEÑANDO.

⁻ ¿Qué destinos tuvo la posibilidad de conocer a través de su trabajo?

⁻ El primer lugar al que fui por el tango fue Austria, más precisamente la ciudad de Feldkirch, una urbe muy linda donde hay un grupo numeroso de alumnos. También estuve en Klagenfurt, que es también un lugar precioso.

En Holanda siempre hago base en Ámsterdam, donde me quedo aproximadamente tres meses, y voy también a Rotterdam y La Haya. En ese país hay escuelas de tango de renombre, como Tango Centro y Cuartito Azul, que tienen una gran concurrencia de alumnos, aunque son completamente diferentes entre sí en cuanto a la forma de bailar y ver el tango.

En Suiza trabajo en Zúrich, St. Gallen y algunas ciudades del sur.

También recorrí varias ciudades de Alemania y trabajé en Pula, Croacia, frente al Adriático. Además, como en general me quedan días libres en la semana, los aprovecho para recorrer por mi cuenta. Así conocí bastante de Italia y España, donde tengo familia.

⁻ ¿Cuál fue el destino que más lo impactó?

⁻ Afortunadamente me sorprendieron todos los que visité. Cada uno es diferente. Pero podría decir que en Croacia algo me llamó particularmente la atención: salí a pasear por Pula y vi cuevas en una montaña. Tenían puertas y estaban abiertas. Al acercarme, observé plantitas en el suelo. Le pregunté a una persona que estaba allí qué era aquello y me dijo que eran refugios antiatómicos de la última guerra, que sucedió hace no muchos años. Me conmovió que hoy se utilizaran para cultivos, para hacer crecer algo vivo.

Por otro lado, del sur de Europa me impactó la antigüedad de las construcciones; hoy se ven catedrales, edificaciones y calles antiquísimas, ¡y la gente habita casas que tienen hasta 800 años de antigüedad! Y del norte de Europa, donde hay países de mucho poder adquisitivo, me impresionó la calidad de las construcciones modernas y la precisión, en todo sentido. Además, la gente cuida todo y no tira casi nada.

De Suiza destaco la puntualidad; en las estaciones de trenes es llamativo ver cómo estacionan las formaciones y abren las puertas en el horario exacto indicado. Parece que lo hicieran para sentirse bien.

⁻ Cada persona tiene sus propios enfoques o preferencias a la hora de viajar. ¿Cuál es el suyo?

⁻ Me gusta observar cómo vive la gente común, sobre todo en las ciudades chicas: dónde compran el diario, dónde toman café, dónde se juntan, dónde hacen las compras… Trato de quedarme varios días en cada lugar para entender cómo funciona la sociedad, e intento vivir como uno de esos ciudadanos. Lo que nunca hago es ir a museos ni a shoppings.

⁻ ¿Se informa sobre el destino que visitará antes de viajar?

⁻ No, prefiero que me sorprendan. Me gusta llegar, tomar un mapa, salir a caminar y perderme por ahí.

⁻ ¿Saca muchas fotos?

⁻ Sí, bastante. De hecho, entre tantas cosas que hice, durante varios años me dediqué a la fotografía. Saco y me gusta que me saquen, pero en general nunca estoy conforme con la toma. Prefiero las fotos casuales. Suelo sacarle a los mozos, a la gente leyendo el diario o trabajando... Me encanta.

⁻ ¿De qué manera comparte su viaje con la familia y amigos?

⁻ Si bien subo algunas fotos a Facebook, me gusta imprimirlas. Con la computadora uno no comparte tanto; por eso armo libritos y los dejo a la vista en el living de mi departamento. Así cuando viene gente los puede tomar y ver, y les cuento sobre el viaje. Eso es lindo.

⁻ ¿Qué cosas no le pueden faltar durante un viaje?

⁻ Una notebook, la cámara de fotos, un teléfono celular (es muy importante para mi trabajo porque a veces surge la posibilidad de dar clases privadas) y algo para anotar, ya que me gusta escribir poesía y algunos relatos. Esas cosas no me pueden faltar. De regreso, en cambio, sucede que siempre ando muy cargado, con mucha ropa. Me compro de todo porque afuera está más barata que acá. Y cuando dicen que hay ofertas, las hay de verdad.

⁻ ¿También compra souvenirs?

⁻ Eso suele ser una complicación porque, como dije, vengo excedido de peso. Pero me gusta comprar algo típico para regalarle a mi familia, en general relacionado con la gastronomía: quesos, condimentos… A veces también voy a ferias enormes, en las que se venden cosas usadas en buen estado y a muy buen precio, de donde también acostumbro traer regalos.

⁻ ¿Le gusta experimentar la gastronomía local?

⁻ Poco. La verdad es que soy bastante conservador con la comida. De todos modos, hay algunos platos que me gustan mucho, en general hipercalóricos, como los que llevan cerdo y salchichas.

⁻ ¿Qué tipo de alojamiento prefiere?

⁻ Siempre les digo a los organizadores que prefiero que me inviten a sus casas antes de que me paguen un hotel. Incluso, más de una vez me alojé en la casa de algún alumno. Puede que no vivan en el centro de las ciudades, pero como en Europa el transporte es tan bueno, eso no representa inconvenientes. Es muy interesante compartir los días con ellos y sus costumbres.

⁻ ¿Qué otros destinos le gustaría conocer?

⁻ Me interesaría conocer las principales ciudades de Inglaterra y de Estados Unidos, fundamentalmente Nueva York, porque es central para la cultura de ese país y tiene mucho para ver. De Alemania me quedan algunas urbes en el tintero. Y también me tientan los países nórdicos.

PA´ QUE BAILEN LOS MUCHACHOS.

⁻ ¿Cómo resulta la experiencia de enseñar a bailar tango lejos de Argentina?

⁻ Sucede algo llamativo. Para los europeos el tango es algo que les permite socializar. La temperatura a veces es de – 5° C, están cubiertos de nieve, y bailar les brinda la posibilidad de entrar en calor e interactuar. Sobre todo, los hace abrazar, algo que no es habitual en ellos. El europeo es frío y distante, no como los argentinos, que nos tocamos y conversamos con gente que no conocemos. Por tal motivo, es necesario ir un poco más despacio con las clases. Aprendí que no es tan sencillo para ellos soltarse a ese contacto físico. Hay que tener en cuenta que por momentos se apoya cara contra cara, e incluso se transpira. Por otra parte, el europeo no entiende las letras. Acá decimos “tango” y la palabra nos remite a una estética, a un sentimiento… La ciudad tiene un andar de tango, y eso en Europa no existe.

⁻ Pero en algún momento se sueltan…

⁻ Sí. Los europeos escuchan, se concentran y absorben mucha información. Están muy atentos a lo que se les dice. Pero si bien las personas tienen la misma aptitud física y las mismas limitaciones que podemos tener todos los argentinos al comenzar a bailar, el ejercicio es distinto en cuanto a lo grupal. Hay cosas que ellos no comparten; por ejemplo, ni se imaginan que al terminar la clase el organizador les va a proponer ir a tomar algo todos juntos. Primero se sorprenden, luego acceden y se dan charlas muy interesantes. Enseñar a bailar tango en Europa es una experiencia completamente distinta.

⁻ ¿Recuerda alguna anécdota en particular relacionada con su trabajo?

⁻ Recuerdo estar en uno de los festivales más importantes del mundo, que se llama Tango Magia y se lleva a cabo a fin de año en Ámsterdam, durante cinco noches. Allí di una clase para funcionarios del gobierno y empresarios; la gente más rica y poderosa de Holanda. Eran 20 personas, 10 hombres y 10 mujeres, en su mayoría marido y mujer, y fue una experiencia muy interesante. Las ropas que vestían eran impresionantes. Dar clases para gente distinta a la que uno conoce enriquece muchísimo. Y no lo digo solamente por haberles dado clases a ellos, sino porque también lo hice en villas de emergencia de Buenos Aires. Es algo muy grato.

⁻ Imagino que con tantos viajes también habrá tenido experiencias no tan gratas.

⁻ Sí… me viene a la memoria la primera noche que pasé en Feldkirch. En esa ocasión me despertó una sirena de guerra. No entendía nada. Después me enteré que la hacen sonar frecuentemente para que la gente no olvide que allí hubo conflicto bélico. Fue una experiencia fuerte.

⁻ ¿Qué le aportaron los viajes a su vida?

⁻ Mucho. La oportunidad de hablar con la gente es lo que más me enriqueció. Cuando viajo me gusta que me cuenten qué piensan de la política, de qué trabajan, cómo viven… Charlar es uno de mis grandes placeres. En más de una oportunidad me emocioné mucho con las cosas que escuché. Valieron la pena ser escuchadas... Los viajes me ayudan a comprender y a ordenar mis pensamientos.

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