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Providenciales: amor a primera vista

 A una hora y 15 minutos de vuelo desde Miami existe un paraíso llamado Providenciales, una isla que forma parte de las Turks and Caicos. Con playas idílicas y apartada de los destinos masivos, depara una estadía perfecta para pasar en pareja.

“Vos tenés que conocer Providenciales. No hay nada igual”, me dijo mi amor y compañero de viaje. Me pidió tímidamente que deje la libreta, guarde la cámara de fotos y me dedique a disfrutar. Nada de notas, porque para él –profesional del turismo- es un secreto bien guardado, su lugar en el mundo que no desea revelar. Luego de pasar una estadía soñada, aquí estoy escribiendo, casi traicionando su petición, sobre este lugar soberbio que ahora también lo adopté yo como mí lugar en el mundo. Comparto con ustedes, los lectores, este relato que refleja mis impresiones sobre la isla, una de las 40 –incluidos los cayos-, que pertenece a las Turks and Caicos y que está ubicada al oeste del archipiélago.
Como preludio a tanta belleza, el viaje en avión nos obsequió un mar que vira del celeste suave al turquesa intenso, jalonado por islotes bautizados por mí como “pequeños paraísos”. El cielo despejado y el sol brillando sobre mi rostro pálido del invierno porteño completaron la escena perfecta. Tras una hora y 15 minutos de vuelo desde Miami llegamos al Caribe en su máxima expresión –aunque en rigor de verdad sea el Atlántico-: kilómetros de playa de arenas suaves, el agua que se muestra provocativamente para ser probada y disfrutada, parejas demostrando al mundo su amor, y mulatos y mulatas como excelentes anfitriones de su casa.

SORPRESAS EN GRACE BAY.
Estamos solos frente a la inmensidad de la naturaleza, en la playa Grace Bay, que se extiende 19 km. en la parte norte de “Provo”, como lo llaman cariñosamente al lugar, la cual está rodeada por una barrera de coral. Caminamos desde nuestro hotel, el Royal West Indies Resort, pasamos el Club Med y tras unos metros más ganamos la soledad absoluta. Mi única preocupación en ese instante es saber qué es la mancha oscura que se divisa cerca de la costa. Descubro una estrella de mar, una de las tantas que pululan por esta zona. Algunas rocas constituyen la morada de los peces blanquecinos que se mueven a un ritmo preciso, suave por momentos y eléctrico cuando me sumerjo con ellos.
Hacia el lado opuesto, por la misma playa, se suceden hoteles y condominios, ninguno muy masivo, todos ellos con el toque justo de sofisticación e intimidad. Por algo este destino es el predilecto de algunas celebridades para vacacionar como Bruce Willies, quien tiene su morada en Parrot Cay. Y si no son “stars” los que las frecuentan, son dueños de los departamentos, cuyos precios oscilan entre US$ 500 mil y US$ 7 millones. Sin embargo, para los simples mortales como yo está la opción del alquiler por noche o el pernocte en algún hotel.
Si bien el destino es perfecto para parejas, lo cierto es que también se ven algunas familias con niños, sobre todo en el hotel Beaches. Al cabo de una caminata nos animamos a salir a navegar en hobie cat, una especie de mini catamarán a vela, al parecer fácil de maniobrar. Sin embargo, el capitán, novato él en estas lides, naufragó en su intento. La brisa nos llevó mar adentro y la soga quedó muy tirante como para hacer cualquier maniobra. Resultado: nos quedamos inmovilizados en el agua. El susto duró poco, pues había un baqueano que pronto nos vino a socorrer.
La jornada culminó de la mejor manera, como una película con final feliz: el sol cayendo ante nuestros ojos, escondiéndose algo descolorido en el horizonte. Varios espectadores fuimos testigos de ese instante que quedó sellado en nuestra memoria y en la veintena de fotos que sacamos para eternizarlo.

MAR ADENTRO.
Como la playa es la principal protagonista de esta película llamada Providenciales, la mayoría de las actividades se focalizan en el mar. Decidimos hacer una excursión de esas que ofrecen los vendedores ambulantes en la playa y embarcarnos en una lancha para sentir más intensamente ese manto azulado que se extiende hasta el infinito. De medio día de duración, nos sumergimos para hacer esnórquel mientras desde el bote el capitán tiraba galletas para atraer a los peces. Las gaviotas también querían sacar su tajada. El espectáculo resultó increíble: los cardúmenes de infinitos colores se dejaron ver sin problemas.
Más adelante nos topamos con una tortuga de mar y con cientos de estrellas y caracoles que yacen en las profundidades. Nuestro guía buscó algunos ejemplares y los dejó en cubierta. El capitán puso proa hacia el cayo Little Water, donde está Half Moon Bay, habitado únicamente por iguanas y visitado diariamente –no hay hoteles para pernoctar- por un puñado de turistas y lugareños. Almorzamos caracoles en ensalada marinados con lima y acompañados por ponches refrescantes, mirando este escenario digno del film “La laguna azul”, muy lejos de mi ciudad, los autos, el gentío y el estrés.

DESTELLOS DE DIVERSION
Así como Providenciales conserva el centro urbano más desarrollado de todas las islas, Grace Bay es su zona más animada, donde se encuentran los negocios agrupados en pequeños centros comerciales a la usanza estadounidense, restaurantes con servicio y menú para exigentes, el casino Casablanca y un campo de golf de 18 hoyos. Se puede caminar a un costado de la ruta, alquilar bicicletas o un auto para pasear por allí.
Con una atmósfera decididamente romántica y con aires tropicales, el restaurante Coco Bistro –ubicado a dos cuadras del Royal West Indies- es el desenlace perfecto para una jornada de sol. Al aire libre, a media luz y con palmeras a nuestro alrededor, nos deleitamos con ravioles verdes rellenos de caracol con albahaca y nueces de pecan. Un festival de sabores que también se pone de manifiesto en el exquisito pie de coco que vendrá al final de la cita.
El restaurante del hotel, el Mango Reef, es recomendable para una cena elegante bajo las estrellas, aunque también para un snack simple antes de seguir el día, un trago en la barra servido por alguna morena simpática como Nadesh –haitiana de nacimiento y de Providenciales por adopción- o para un almuerzo liviano.
Un sitio menos turístico, pero no por eso menos prestigioso, es Da Conch Shack, el destino indicado para probar los platos típicos de la isla. Caracol, mero, pargo y langosta –dependiendo de la temporada del año-, son las delicias estrella del menú, que pueden acompañarse con ron autóctono. Está ubicado a 15 minutos de auto en Blue Hills, en la parte noroeste de “Provo”, sobre la playa.

OTRAS FACETAS DEL PARAISO.
Si bien la playa es el principal objetivo de la estadía –existen unos 300 km. de costa-, sobre todo para los que vivimos tan lejos del paradisíaco Caribe, las islas deparan otras propuestas. Una muy interesante es The Caicos Conch Farm, una granja de cría de caracoles que llega a tener hasta un millón y medio de ejemplares, donde se puede ver el desarrollo desde su nacimiento hasta que, al cabo de 5 años, llegan a ser adultos. The Hole es otro plan a tener en cuenta: ubicado en Long Bay, se trata de un gran hoyo de 25 m. con agua salada que surge del fondo. Al caer el sol, Turtle Cove es el epicentro de la movida nocturna –junto con Grace Bay-, donde hay bares y restaurantes con clima más local.

HACIA NUEVO HORIZONTES.
Pero hay mucho más para conocer, más allá de Grace Bay. Long Bay es un buen destino para los amantes de las playas solitarias. Están ubicadas hacia el sur y son muy seguras para relajarse en un sitio paradisíaco. Northwest Point, en tanto, es elegida por los que gustan de largas caminatas. Se ubica en el extremo oeste, luego de pasar Blue Hills. Allí las playas son salvajes, siendo morada de los parques nacionales Chalk Sound y Northwest Point Marine.
También hay excursiones hacia otras islas y cayos de las Turks and Caicos. Así, Parrot Cay sólo alberga al resort homónimo y mucha belleza exclusiva. Grand Turk, la capital del archipiélago, es una pequeña ciudad con ambiente de pueblo. Pero sobre todo existen óptimas zonas para practicar buceo y playas increíbles como la del Gobernador. El menú de “pequeños paraísos” es amplio, la mayoría aseguran privacidad y escenarios perfectos para gozar en buena compañía como lo hice yo en ésta, mi segunda luna de miel.

 

TIPS DEL VIAJERO

Ubicación: a 1 una hora y 15 minutos de vuelo de Miami, al sudeste de Bahamas, cerca de Haití y República Dominicana.

Cómo llegar: los vuelos son vía Miami por medio de American Airlines (vuelos diarios) o con Delta vía Atlanta (una vez por semana). El aeropuerto internacional está en Providenciales.

Traslados: quienes lo deseen pueden alquilar un vehículo. Sólo hay que tener en cuenta que se maneja por la izquierda. Muchos hoteles cuentan con bicicletas. También hay taxis, muchos de ellos tipo minibuses.

Alojamiento: hay muchos condominios, los cuales no tienen incluidas las comidas pero disponen de equipamiento básico. Los hoteles, en tanto, son todo incluido.

Clima: la temperatura promedio oscila entre los 28°C y 30°C.

Visa: debido a que hay que hacer conexiones en Atlanta o Miami, se necesita visa para pasajero en tránsito de Estados Unidos.

Moneda: el dólar es de libre circulación. También se aceptan las tarjetas de crédito internacionales. Idioma: inglés. Excursión: el valor de la excursión de medio día a otro cayo es de US$ 89.

Compras: especialmente joyas. La mayoría de los condominios tienen sus propios locales, como el caso de Jai’s en The Regent Village. The Caribbean en Ports of Call es otra alternativa algo más autóctona para adquirir artesanías.

Informes: www.turksandcaicostourism.com.

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