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Reminiscencias del eclipse de oro

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1890, Ouro Preto es una fiesta de formas y colores que permite al viajero asomarse a la historia y viajar a través del tiempo a aquel Brasil de bandeirantes, exploradores, yacimientos de oro, coronas e inconfidentes.

Aún puedo revivir las extrañas sensaciones que me provocó en la infancia la película “Laberinto”, protagonizada por David Bowie y Jennifer Connelly. Principalmente aquellas escenas de escaleras hipnóticas que subían y bajaban por ambos lados y direcciones.
En Ouro Preto experimenté algo similar. Sucede que siempre algo está inclinado en el cuadro: las viejas escaleras de piedra, las sinuosas calles de adoquines, las casas coloridas, las iglesias barrocas, los autos... Todo es cuestión de perspectiva.
Julio Cortázar escribiَó alguna vez sobre escaleras; sobre las que se suben, las que se bajan y las que se hicieron para ir hacia atrás. Y son justamente estas últimas las que hay que desandar para conocer esa ciudad, ya que a cada peldaٌño se descubre un ámbito nuevo y permiten al viajero asomarse a la historia, viajar a través del tiempo, a aquel Brasil de bandeirantes y exploradores, de yacimientos de oro, de coronas e inconfidentes, de esplendor y de ocaso.

LA FIEBRE DEL ORO.
Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1890, Ouro Preto es una fiesta de formas y colores. Verde, amarillo, rojo, azul, celeste y rosa son los tonos predilectos de los mineiros para pintar las fachadas de sus casas bajas, de cuyas ventanas y balcones de hierro forjado cuelgan geranios y Santa Rita, y asoman “namoradeiras”, figuras de mujeres voluptuosas, escotadas y melancólicas que se colocan como adorno, pero que simbolizan a aquellas bellas esclavas -las que eran separadas del resto para que no hicieran trabajo pesado y permanecieran bonitas- que años atrás esperaban la llegada de sus enamorados.
Originalmente llamada Vila Rica, Ouro Preto es una ciudad para recorrerla a paso lento, para detenerse en cada detalle, con calma. Porque da la sensación de que las paredes nos hablan, que cantan su dolor y que revelan algo más que su belleza arquitectónica.
Alguien me dijo que Ouro Preto no tuvo infancia. Que nadie sabe con certeza quién descubrió la primera pepita de “oro negro”; sólo que aconteció algún día de 1695 en el río Tripuí, donde el codiciado metal dorado se eclipsaba tras una fina capa de óxido de hierro.
Así fue como nació la fiebre de los “garimpeiros” (buscadores de oro y piedras preciosas), que se lanzaron en masa tras el pico Itacolomi, ya que se sabía que a sus pies yacían las minas soñadas.
Ouro Preto se convirtió rápidamente en el centro económico y político más importante del ciclo de oro del Brasil colonial. Aunque, paralelamente, surgió el caos social. “La ambición era la locomotora y el oro, el combustible”, comentó un poblador local, el mismo que me aseguró que en esa época la ciudad tenía más habitantes que Nueva York.
Sin embargo, a pesar de tanta riqueza, se pasaba hambre. ¿A quién le interesaría cultivar las tierras teniendo la posibilidad de extraer oro?
La fiebre perduró hasta 1750, cuando el metal comenzó a escasear y se intensificó la fiscalización. Por entonces, Felipe dos Santos y Pascoal Guimarāes fueron los primeros en enfrentarse a la Corona portuguesa. Se opusieron a la instalación de casas de fundición (se prohibió la circulación de oro en polvo) y a la cobranza del “quinto”, es decir, el 20% de todo el oro recogido.
Así, hubo una revuelta conocida como “la sedición de Vila Rica”, duramente reprimida, en la cual Guimarāes fue condenado y su propiedad, incendiada.
En tanto, la pena para Felipe dos Santos fue más severa: fue condenado a la horca. Y una vez muerto, su cuerpo fue amarrado a un caballo y arrastrado por las calles, las mismas que recorrí en busca de una tienda para comprar cigarros de chala 100% artesanales, típicos del lugar.
Asimismo, en 1789 Ouro Preto fue escenario de la Inconfidência Mineira, movimiento independentista abortado por la colonia portuguesa que condenó a muerte al líder José Da Silva Xavier, alias Tiradentes (sí, suena cómico: lo llamaban así porque, además de alférez, era odontólogo).
En la plaza que hoy lleva su nombre -la principal de la ciudad- estuvo expuesta su cabeza por determinación de la justicia portuguesa. Pero dicen que desapareció misteriosamente y que nunca fue hallada.
Tres décadas después, luego de la proclamación de la República, fue erigido un monumento en su honor.
Cuentan que con frecuencia puede verse sentado en las inmediaciones al hijo del propietario de la mina más grande de topacio imperial de Ouro Preto: “El joven es rebelde y tiene debilidad por la cachaça mineira. Cuando bebe en exceso le roba piedras enormes a su padre para venderlas a precios irrisorios en la plaza Tiradentes. Los turistas, contentísimos”, me contó un lugareño con tono indiscreto. ¿Leyenda urbana? Estuve solamente dos días pero no lo vi.

LEGADO CULTURAL.
La bruma invade la madrugada de Ouro Preto. Al igual que el silencio, interrumpido de a ratos por el eco de mis pasos.
Al cabo de varios minutos los faroles se apagan y comienzan a asomar los primeros rayos de sol, devolviéndole el color a la ciudad y su trajín habitual. Sin embargo, el aire bohemio permanece inmutable. Sucede que Ouro Preto es también una ciudad de artistas y artesanos. Hay ateliers por doquier, y se ofrece una gran variedad de piezas realizadas en cerámica, vidrio y madera, así como utilitarios de decoración en “pedra sabão” (“piedra jabón”), característica de la zona y ahora también de mi departamento.
Asimismo, es propio el colorido de las piedras semipreciosas: aguamarinas, topacios imperiales -sólo se consiguen en esta ciudad-, esmeraldas y turmalinas danzan sobre pulseras y collares, o reposan sobre vistosos anillos.
Pero no puedo continuar hablando de Ouro Preto sin mencionar a Antônio Francisco de Lisboa, conocido como “Aleijadinho”, uno de mis personajes predilectos del mundo del arte. Fue un escultor y arquitecto brasileño, considerado el mayor representante del estilo barroco en Minas Gerais (barroco minero) y de las artes plásticas de Brasil. Incluso, para algunos investigadores es el mayor exponente del barroco latinoamericano.
Hijo del maestro de obras portugués Manuel Francisco da Costa Lisboa y de una esclava africana, su obra escultórica fue realizada en diversos materiales, aunque la piedra jabón fue la predilecta de la época (aún se extrae de las canteras de Santa Rita de Ouro Preto, un pueblo pequeño y cercano a la ciudad).
Así como autodidacta, Aleijadinho fue un transgresor. Muchos lo compararon con Antoni Gaudí. En la iglesia de San Francisco de Asís (Sao Joao do rei, Minas Gerais), que data de 1774, introdujo la primera modificación al barroco, ya que incorporó una torre redonda y paredes curvas. Una osadía para la época.
A los 40 años comenzó a desarrollar una enfermedad degenerativa de los miembros, y los movimientos y habilidades de sus manos se fueron reduciendo. A tal punto que sus ayudantes le tenían que amarrar las herramientas a las muñecas para que pudiera trabajabar, de noche para que no lo vieran, porque el rostro también comenzó a desfigurársele. Y terminó cortándose los dedos de los pies y manos por el dolor. De este padecimiento surgió su apodo, que significa “lisiadito".
Sin embargo, fue en pleno padecimiento cuando creó sus mayores obras, joyas arquitectónicas que se encuentran entre las más relevantes del ciclo del oro del periodo colonial brasileño.
Con esta data me dirigí a la que, sin dudas, es su obra maestra: la iglesia de la Orden Tercera de San Francisco.
Antes de ingresar observé su fachada: una cruz doble en lo alto, un medallón que retrata a San Francisco y una portada que representa a Nossa Senhora de Conceiçao. “Este es un caso único entre las iglesias coloniales, ya que el ojo de buey fue sustituido por el medallón y fueron abiertas ventanas adicionales para la iluminación de la nave”, explicó un guía.
El silencio sepulcral de su interior refleja fielmente su idea y concepción: la del dolor y la aceptación del sufrimiento. En contraste, alberga obras de otro referente de la época: Manuel da Costa Ataíde, como la pintura de Nossa Senhora Rainha dos Anjos, considerada su obra prima.
Después de observar otros detalles, salí y me detuve en una gran feria a comprar varios souvenirs de piedra jabón, antes de continuar el recorrido por algunas de las ocho capillas y 13 iglesias que tiene Ouro Preto.
Pero después de visitar la de Nossa Senhora do Carmo, Nossa Senhora do Pilar (tiene más de 420 kg. de oro en sus ornamentos) y Nossa Senhora da Conceiçao, ya no sabía con certeza en cuál estaba, así que preferí continuar por la Casa dos Contos, y al día siguiente por los museos de Oratorio y de la Inconfidência, y el Palacio de los Gobernadores.

“Las montañas esconden lo que es Minas
nadie conoce Minas
sólo los mineros la conocen
y no se dicen ni a sí mismos
el irrevelable secreto llamado Minas.”
De “La palabra Minas”, del poeta mineiro Carlos Drummond de Andrade.

CAMINOS DE RIQUEZAS

Ouro Preto (Minas Gerais, Brasil) es el punto de convergencia de los tres caminos que componen la Estrada Real: el “Camino Antiguo”, que comunicó esta ciudad con el puerto de Paraty; el “Camino Nuevo”, que comenzó a ser transitado a partir de 1698, conectando Minas Gerais con el puerto de Río de Janeiro; y el “Camino de los Diamantes”, que unió Ouro Preto con Diamantina. Por ellos fueron trasladadas las riquezas de la la región -primero el oro, después los diamantes- hasta Río de Janeiro, y luego a Portugal.

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