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Sweet home Chicago: un paseo por las calles del blues

En sus arrabales se respira blues. Y sobre el sonido de la metrópolis activa es posible oír acordes de armónica, guitarras tocadas con slide, y voces cascadas y sentidas cantando acerca de mujeres, amores, trabajos, fortunas y de aquella legendaria encrucijada, perdida entre los caminos del sur de Estados Unidos. Es posible conocer la Ciudad del Viento de otro modo, de la mano de sus grandes artistas, de sus historias, de su pasado y de su música más entrañable.

Sin duda llegaban más cargados de sentimiento que de valijas y bultos. Temor y duda, mezclados con la esperanza y ese raro nerviosismo que genera lo nuevo. Así arribaban miles de afroamericanos a Chicago, semana a semana, a fines del siglo XIX. Los impulsaba la búsqueda de nuevos horizontes, de mejores oportunidades, de un lugar donde vivir un poco mejor que en aquellos parajes rurales del sur profundo, atravesados de lado a lado, como herida abierta y viva, por el río Misisipi. Y allí, oculto entre sus valijas, en un rincón, envuelto en una vieja bufanda apolillada, llegaba el blues. Guitarras, banjos y armónicas integraban aquellos humildes ajuares de viaje y con ellos se tocaban aquellas canciones que durante generaciones los afroamericanos habían ido macerando para exorcizar su dolor, manifestar su fe y hablar, en definitiva, de la vida. Porque como alguna vez afirmó el estudioso Hill Dahl: “el blues es la vida con todos sus altibajos… intacta”.
Ha pasado más de un siglo desde aquella migración y la actualidad es distinta, pero el blues sigue allí, hundido en los recovecos de Chicago, tatuado a su identidad. Y curiosamente, la metrópolis del norte también haría sus aportes, orgullosa, a aquellos acordes rurales, los “electrificaría”, para dar nacimiento a un sonido inconfundible: el blues de Chicago.

WALKING BLUES.
Entre tanto moderno rascacielo es posible reconocer los vestigios de aquella historia verdaderamente coral, de los afroamericanos y su música. El paseo debería comenzar por el extremo sur de Grant Park, donde se encuentran dos monolitos de granito tallados, único vestigio del portal de ingreso a la Estación Central de Illinois. La terminal ferroviaria llegó a ser conocida como la “Ellis Island negra”, equiparando la estación con la isla situada frente a Nueva York a la que arribaban los inmigrantes.
La parada siguiente, persiguiendo ese rastro histórico, debería ser Maxwell Street, en su cruce con Halstedt Street: inmediaciones en las cuales se instalaron los afroamericanos. A comienzos del siglo XX, se montaba en Maxwell un vasto e improvisado mercado donde se vendía de todo, desde productos manufacturados convencionales como medias y discos, hasta frutas, pasando por chatarra, antigüedades y comida cocinada al aire libre. Allí, en realidad, entre aromas y el murmullo continuo de la compra y venta, comenzó a sonar el blues, por primera vez en Chicago. Era posible escuchar a Little Walter (Marion Jacobs, armoniquista y cantante), Big Bill Broonzy (William Lee Conley Broonzy) guitarrista, y Papa Charlie Jackson, que tocaba banjo y guitarra, pionero del género.
Cuando la población de color se hubo instalado, una generación posterior, la vida nocturna irrumpió en “El paseo”: State Street. Bares, cabarets y teatros se alternaban uno junto al otro. Singular relevancia alcanzó el teatro Pekín, que brindaba espacio a los más conocidos cantantes de blues de la época. Curiosamente, la calle también es crucial en la historia de otro gran ritmo musical norteamericano: el jazz. Los estudiosos equiparan el aporte cultural de “El Paseo” con el de Harlem, a la historia de la música del país.
Con el tiempo, el distrito del blues fue tomando cuerpo en las inmediaciones del 47th Street. Allí se encuentra el Club 708, donde se conocerían, entre otros, dos glorias del género: Buddy Guy y Muddy Waters. Pero además, en ese local se comenzó a escuchar la musicalización típica que caracterizaría por siempre al blues de Chicago: guitarra eléctrica, armónica y batería.

BUSINESS ARE BUSINESS.
Claro, el ascenso del blues y de las grandes figuras gravitó en el ingenio de muchos que comenzaron a ver una “veta comercial”.
En 1953, el matrimonio conformado por Vivian Carter y James Braceen combinaron sus pasiones y sus nombres para fundar, en Gary, Indiana, Vee Jay Records. La empresa, que llegaría a ser la firma discográfica más exitosa conducida por gente de color, se mudó a fines de los ’50 a Chicago, para instalarse en la Avenida Michigan, en el sector conocido como “Record Road”, porque allí se ubicaban las discográficas. Originalmente, Vee Jay Records se especializó en rhythm and blues pero poco a poco le fue dando más espacio a las estrellas del género convencional. Memphis Slim, Jimmy Reed y John Lee Hooker fueron los grandes artistas de Vee Jay. Además, a mediados de los ’60, la compañía apostó y compró los derechos para distribuir en Estados Unidos un ascendente grupo británico que comenzaba a hacer ruido en Londres: The Beatles.
Hasta que fuera desplazada por otra discográfica negra y su sonido de soul, Motown Records, Vee Jay simbolizó el éxito de la música de color en Estados Unidos.
Siguiendo por la South Michigan Avenue, en el número 2120 se encontraba el edificio más famoso (uno de los tantos que ocupó en su historia) otro gran sello musical: Chess Records, que era conducido por los hermanos Leonard y Phil Chess. Esta discográfica fue “la casa” de otras tantas estrellas del blues como Howlin’ Wolf, Muddy Waters, Buddy Guy y la gran cantante Koko Taylor. Fue tal la fama de Chess Records que en 1964 y durante su gira otro pujante grupo musical británico, The Rolling Stones, visitó el estudio y grabó un tema musical que bautizó, justamente, con la dirección de la empresa (“2120 South Michigan Avenue”). Cabe señalar que el estudio fue especialmente diseñado, apelando a un espacio sin paredes paralelas. De algún modo, el estudio en sí mismo es responsable, sutilmente, del sonido de la música que se grabó allí. La gente lo llamó “el inconfundible sonido Chess”.
Chess abandonó el edificio en 1970 y se mudó a otras instalaciones. Hoy es la sede de la fundación “Blues Heaven”, creada por el músico Willie Dixon para documentar la historia del blues y apoyar a los jóvenes valores del género.

HOME SWEET HOME
La lista de bluseros es amplísima y muy rica, llena de matices. Pero la figura que unifica y despierta la admiración de todos (y de hecho es señalado como el creador del “blues de Chicago”), es Muddy Waters. Venido al mundo como McKinley Morganfield, nació en Rolling Fork, Misisipi. A principios de los ’40, este fenomenal guitarrista de mudó a Chicago, cambió su nombre por el de Muddy Waters, y la guitarra acústica por la eléctrica. Sí mantuvo el uso del slide (el cilindro de metal que se coloca en el anular y se lo pasa sobre las cuerdas) que le brindó un sonido característico e inconfundible. Estrella indiscutida de Chess Records, durante muchos años su banda fue asilo pasajero de decenas de grandes músicos que, posteriormente, harían su carrera de modo independiente. Tras sus primeras exitosísimas grabaciones, Waters ahorró dinero y se compró una casa en 1954 que hoy puede visitarse(4339 de la South Lake Park street). Es una construcción modesta y de ladrillos rojos que, en realidad, es un edificio de departamentos. De modo que junto a Waters vivieron o se alojaron, temporalmente, muchos otros músicos del género como Howlin' Wolf o el pianista y colaborador de Waters, Otis Spann. La sala de ensayo de la propiedad se encontraba en el sótano, de modo que cuando hacía mucho calor, en verano, era posible ver a Muddy Waters y su banda ensayar en el porche, deleitando a todo el barrio.
Casi como gran sucesor, tanto en lo que a hogar como escenario se refiere, Buddy Guy abrió su propio bar en Chicago, en 1989, denominado “Legends” (en la esquina de Wabash y 8th Street). A modo de decoración es posible ver en el bar pertenencias de músicos famosos (guitarras de Billi King y John Lee Hooker) y disfrutar de la gastronomía típica de Louisiana. En “Legends” han tocado músicos de la talla de Eric Clapton o los Rolling Stones y, de hecho, hay música en vivo todas las noches.
Pero más allá de “Legends”, hay cientos de pequeños bares en Chicago donde es posible escuchar blues en vivo, cotidianamente. Porque la música es hoy indisolublemente parte de la ciudad y a la inversa. Ambas forman parte de una simbiosis, gestada hace más un siglo.

Tips para el viajero

Cómo llegar: todas las compañías aéreas estadounidenses que operan en Argentina vuelan a Chicago, haciendo conexión en sus respectivos hubs (Atlanta, Houston, Washington y Dallas). Alojamiento: Chicago es probablemente una de las primeras ciudades de Estados Unidos en cuanto a tamaño y trascendencia, con lo cual la amplitud y variedad de la oferta hotelera está más que garantizada. Desde Hyatt a la cadena Trump International, pasando por Four Seasons, Holiday Inn, Sofitel, Renaissance y Hard Rock, todas las grandes marcas, de todos los niveles de servicio, están presentes. Más información: www.cityofchicago.org www.choosechicago.com

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