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Una gema tallada a la perfección

El norte cubano regala a los vacacionistas una propuesta de relax que, a través de establecimientos de alto confort y excursiones inolvidables, aprovecha las insuperables cualidades naturales de mares y playas.

El color turquesa siempre presenta una especie de misterio. Es que la asociación de su denominación con la tonalidad cromática muchas veces depara ambigüedades: para algunos se trata de un celeste brillante y fortísimo, para otros se parece a un azul verdoso, algo más opaco. Pues bien, aquí están frente a mí los dos conceptos reunidos, cada uno disputándose la mitad de mi visual, en forma de dos franjas horizontales, respectivamente materializados en el cielo diáfano y el mar transparente de Cayo Santa María.
No es que la colorida disyuntiva se vaya a resolver, pero da gusto ver cómo ambas tonalidades deciden confraternizar en la abstracta línea del horizonte, aquí, en este paraje soñado, al norte de Cuba. Si la vista se siente saciada, lo mismo se puede decir del tacto cuando las plantas de los pies se hunden en la suavidad de los ínfimos y blancos gránulos de arena de la costa. Decir que la playa se parece a un manto de talco sería caer en un lugar común. Pero un lugar común donde uno debe dejarse caer y también acostarse, descansar y pasar toda una tarde.
Con una caricia de arena en la espalda, analizando los matices del mar y el cielo, se puede llegar a una conclusión definitiva: este cayo es una verdadera gema, al igual que la piedra preciosa llamada turquesa que da origen al dilema.

LA CARA DEL BARCELO.
Esta gema natural ha sido cuidadosamente tallada para enseñarle a los viajeros varias caras, todas las cuales apuntan a pasar unas vacaciones de disfrute y relajación.
Una de esas facetas, indispensable, es el alojamiento: las perlas hoteleras se alinean a lo largo del cayo, pero para llegar hasta allí primero hay que transitar el famoso pedraplén, una carretera artificial que se extiende 50 km. sobre el mar y une la Cuba terrenal con las playas paradisíacas.
En mi caso tuve la suerte de hospedarme en el Barceló Cayo Santa María, complejo de unidades 5 estrellas con plan todo incluido, donde me encontré por primera vez el cuadro detallado en el primer párrafo, aunque luego corroboraría que en el resto de los establecimientos de la zona se pueden vivir idénticas sensaciones.
En pleno verano, el calorcito se combate de dos maneras. La primera es meterse en el agua tibia del mar o en las tantas piscinas. La segunda está en el lobby bar y se llama “mojito”. Una de las tardes, recuerdo haber tomado el popular trago a base de hierbabuena, ron y limón, acompañado por la melodía de “Yesterday”, cuando dos jóvenes interpretaban la canción de The Beatles en teclado y flauta traversa. Las demás veces la degustación se produjo en torno a entretenidas charlas, matizadas por la brisa nocturna. En este bar me llevé la sorpresa de descubrir que tenían fernet de primera marca, lo cual siempre es especialmente apreciado por el público argentino.
El Barceló está conectado internamente con el pueblo extrahotelero La Estrella, emprendimiento que reproduce las calles coloniales cubanas a través de diversos locales de entretenimiento. Además de un paseo grupal por sus instalaciones, nos deleitamos con la pasta del restaurante italiano Vesubio, bajo la atenta mirada de múltiples Giocondas, aunque personalmente no me hubiera disgustado probar las delicias de Katzura, establecimiento de comida japonesa con varias mesas equipadas con planchas de teppanyaki. Entre otras facilidades de La Estrella se pueden mencionar: heladerías, bowling, discoteca y un lujoso spa con una gran piscina al aire libre seguida de un jardín zen con gazebos donde las especialistas se encargan de los masajes. Allí también se ofrecen tratamientos a base de chocolate, algas, naranja y cristales de mar.
Vale mencionar que se ofrece un servicio de shuttle a La Estrella desde todos los hoteles de la zona.

HOTELES CON COLOR Y MIEL.
Además del Barceló Cayo Santa María pude conocer otras propiedades de distintas características.
En el Meliá Las Dunas fuimos recibidos por una alegre troupe de coloridos personajes, lo que de buenas a primeras puso de manifiesto el espíritu de este resort 5 estrellas, donde el entretenimiento tiene un lugar de preponderancia. Vale mencionar que allí me encontré con la playa más animada del enclave. El Meliá Las Dunas no sólo comparte con el Meliá Cayo Santa María y el 4 estrellas Sol Cayo Santa María las particularidades de su sistema all-inclusive y los circuitos de piscinas, sino también los servicios del Yhi Spa, donde se pueden disfrutar masajes y circuitos hidrotermales.
Por otro lado, el sueño de mieleros y parejas igualmente melosas tiene nombre y doble apellido: Royal Hideaway Ensenachos. La propiedad premium del destino cuenta con tres secciones; la más exclusiva, Royal Suite Villas, dispone de 46 suites de lujo, recepción propia, servicio de mayordomo y el restaurante Royal Club. Tratando de preservar al máximo la naturaleza original, los caminos hacia los complejos de habitaciones se trazan entre flores y arbustos endémicos, mientras un extenso puente de madera atraviesa los manglares para desembocar en una de las mejores playas del Caribe: El Mégano, una amplia herradura de arena que se inclina suavemente hacia las aguas mansas del cayo.

VOLANDO BAJO EL MAR.
Estando en Cayo Santa María, es un verdadero despropósito perderse la expedición naviera por los secretos del Cayo Francés.
Tras un breve traslado matutino desde el hotel, el capitán Yoel y sus animados ayudantes nos esperaban en la Marina Gaviota para darnos la bienvenida y abordar su catamarán. Guardamos nuestros petates y a pocos minutos de zarpar llegamos a nuestra primera escala.
Allí, en un pequeño reservorio, los delfines nos esperan con sus destrezas juguetonas y espectaculares combinaciones de piruetas, emergiendo del agua por sorpresa, a izquierda y derecha. Antes de regresar al barco, el recuerdo común a cada individuo del grupo será una foto recibiendo un beso de nariz de parte de los simpáticos Flippers.
Hasta la siguiente escala hay tiempo suficiente como para entretenerse, tomando una sugerente gaseosa Tu Kola o una cervecita helada mientras el viento humedecido aplaca el calor. O si no, aprovechar que suena la picaresca canción “La mujer del pelotero” para agitar un poco el esqueleto. Y cuando el repertorio musical cambia a algo más relajante como “Guantanamera” es el momento de ponerse al sol, sobre las redes estiradas de la proa y grillarse tranquilamente mientras el agua corre bajo las espaldas.
De repente, nos dirigimos hacia un gigantesca nave: se trata del buque San Pascual, que se encuentra varado en el Cayo Francés desde hace décadas y tiene una jugosa historia detrás (ver recuadro).
Pasado este hito, pronto llegamos al punto más esperado del derrotero, al menos por mí: la nave ancló en un paraje que los corales y peces de colores han consagrado como su reducto favorito, aprovechando los restos de un barco hundido. Anuncio el talle de mis patas de rana, agarro unas antiparras con esnórquel y, tras bajar los escalones de la popa, me zambullo en el agua cristalina.
Antes de ello no podría haber sospechado que tres metros abajo mío iba a encontrar un escenario que me cautivaría de tal forma, a partir de una silenciosa efervescencia de vida submarina, un profuso hidrocosmos contenido en apenas media hectárea, que sin embargo resultaba inabarcable por la cantidad de recovecos y sorpresas que guardaba.
Luego de mucho otear desde la superficie acuosa, mi mirada quería más y los pocos metros que me separaban del lecho marino se me hicieron larguísimos. Escupí la boca del esnórquel, tomé aire y me sumergí. Mi primera víctima fue un hermoso pez gordito y multicolor al que intenté perseguir infructuosamente, para luego meterme entre cardúmenes y formaciones de coral, en las que nos descubríamos mutuamente con especímenes escondidizos, desde peces león hasta cangrejos y erizos. La excepción eran las barracudas, que desafiaron estoicamente a este intruso de los mares. Así, incansablemente, incursioné varias veces más, para volar en el agua hasta que se me llenaran los ojos y vaciaran los pulmones.
En plena diversión caí en la cuenta de algo esencial: me había olvidado de ponerme protector solar, lo cual no podría ser bueno tras una hora bajo los rayos meridionales, incluso potenciados por una fina lámina de agua. Pensé que aunque tuviese que dispensar el resto de mis días colgado de una percha, esta experiencia, como sea, habrá valido cualquier pena. Y me sumergí nuevamente.
De suerte que emergido escuché el anuncio del capitán Yoel para regresar al barco y emprender nuevos rumbos. Después del esfuerzo acuático mi estómago pedía un resarcimiento alimenticio que llegó en forma de langosta y arroz, los cuales saboreé con fruición.
En su escala final, el catamarán atracó sobre una costa desierta, de esas sacadas de los cuentos de aventuras y naufragios. Entre las formaciones de roca negra intercaladas con bancos de arena se esconden pequeños cangrejos y conviven cientos de diminutos y activos caracoles. Tome una inmóvil y atractiva coraza fucsia a pintitas negras con la esperanza de obtener un recuerdo, pero al inspeccionarla un molusco salió a reclamar que esa morada seguía habitada. Tendría que conformarme con souvenires más tradicionales. Esas mismas orillas también brindan la posibilidad de continuar con el submarinismo y encontrar nuevas especies, como unas fotogénicas estrellas de mar.
Ahora sí, finalmente hay que regresar.
Navegando hacia la marina el viento comenzó a soplar con fuerza inusitada, obligando a poner todo elemento a resguardo. Al frente los nubarrones anunciaban un territorio de tempestades. Pero ello tan solo colaboró a conformar un excepcional cielo de tinieblas traslúcidas y reflejos platinados sobre el mar, generando una atmósfera de tintes místicos, para apreciar en silencio y expectantes... Sin embargo nunca llovió, y así llegamos a tierra firme regocijados por haber disfrutado de una excursión impecable, apenas parcialmente recompensada con las propinas a la tripulación.

OPERATORIA

Actualmente las operadoras especializadas en Cuba comercializan los vuelos chárter a la ciudad tanto desde Buenos Aires como desde Córdoba, con PAL y Gol. Las operaciones llegan al Aeropuerto Internacional de Villa Clara, que queda a una hora y veinte minutos de Cayo Santa María. Por su cercanía, se recomienda aprovechar la estadía con tours por las ciudades de Remedios, cuna de la industria agroazucarera, y Santa Clara, donde se encuentra el mausoleo de Ernesto “Che” Guevara, quien aquí llevó adelante su más grandiosa acción militar.

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