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Una travesía hacia el Oscar

A poco de estrenar su opera prima en la pantalla grande, Eugenio Zanetti repasa una vida repleta de viajes que cada tanto lo devuelve a su querida Córdoba natal. De joven, una intrépida travesía lo llevó a encontrarse a Pier Paolo Pasolini en Turquía y de allí en más desarrolló una exitosa trayectoria que incluso le valió alzarse con el Oscar.

Como el artista integral que es, Eugenio Zanetti parece no tener pausa. A director de arte, ilustrador, pintor y productor de teatro recientemente se ha agregado un nuevo rol: director de cine. Es que ha terminado de rodar su opera prima, Amapola, con la estadounidense Camille Belle y el canadiense François Arnaud en los protagónicos, sumados a Geraldine Chaplin y un gran elenco argentino. Por si fuera poco, ha decidido incursionar en la hotelería con la construcción de una estancia boutique en San Javier. Allí, en el marco de unas sierras cordobesas que vieron crecer al entrevistado y fueron testigo de sus primeros destellos.

Vasto conocedor del no menos vasto mundo, Zanetti disfruta de los viajes a su manera particular, entre sensaciones de déjà vu e impresiones que serán reflejadas en su trabajo.

EMPECEMOS EL RECORRIDO.

-¿Cómo fueron sus comienzos en Córdoba?

-Mi padre era abogado, poeta e intelectual, y teníamos una casa en la ciudad y otra en Villa Carlos Paz donde se hacían grandes veladas con poetas, pintores y artistas de todo el país. Tuve una infancia rodeado de gente de la cultura y asocio las sierras con eso: con el trabajo creativo, con escribir, con pintar…

Córdoba es un escenario querido, pero muy joven, a los 20 años, me fui a Europa. Primero a Francia y luego con amigos emprendimos un gran viaje por tierra que duró muchos meses. Manejamos una camioneta por Italia, Turquía, Irán, Afganistán, Pakistán hasta llegar a India. En esos años me interesaba mucho culturalmente la región y todas las disciplinas espirituales.

A la vuelta, coincidí en Turquía con el director italiano Pier Paolo Pasolini. Estaba por hacer en Goreme, en la Anatolia central, una película que se llamó Medea, con María Callas. Y ese fue mi primer trabajo, con 22 años, en el departamento de arte de una película.

-¿Ya había tenido una formación profesional?

-Había estudiado un año de arquitectura, pero yo creo que ya era pintor. El sentido de lo visual es una cosa innata, no se estudia.

Luego estuve en París e Italia. Trabajé en teatro, pinté, hice exposiciones. Regresé a Argentina en 1971 cuando mi papá falleció y me quedé unos años, trabajando mucho como director y escenógrafo. Ya en los años 80 me fui a vivir a Estados Unidos, donde desarrollé la que probablemente sea la parte más conocida de mi carrera.

-¿Cuán distinto fue trabajar en Hollywood?

-El teatro siempre es igual, se trata de conceptualizar. No es distinto trabajar en un teatro en Argentina o en una película en Hollywood. En el fondo siempre consiste en cómo uno logra expresar en su mente una pieza narrativa. Cuando llegué a Estados Unidos ya tenía 20 años de carrera atrás, sabía de lo que hablaba, y al minuto el resto también sabe que vos sabés, así que me fue fácil.

-En retrospectiva, ¿cómo siente el hecho de haber estado en la meca del cine y ganado un Oscar?

-Son cosas muy buenas. He ganado infinidad de premios aquí y allá, como el premio de los directores de arte de Estados Unidos, que es muy significativo porque ellos saben el esfuerzo que hay en esta tarea. Luego hubo otros premios más publicitados, como el Oscar, que son importantes porque significa que el trabajo tiene una repercusión planetaria. En otra ocasión estuve nominado por el filme Más allá de los sueños, que modestamente creo que era merecedor del Oscar, pero en ese caso no gané. Entonces la importancia es relativa, pero no deja de ser un gran placer, algo extraordinario, y además tuve la suerte de que me acompañara mi mamá en la ceremonia. Son grandes satisfacciones y al mismo tiempo lo que cuenta es la posibilidad de seguir dedicándose al trabajo creativo.

IMAGENES INTERIORES.

-Me imagino que habrá viajado mucho por trabajo.

-Por supuesto, todo esto involucró viajes por doquier. El cine me llevó dos veces a China, muchas a India, por todo Estados Unidos y a recorrer América Latina de arriba a abajo. Incluso gracias a películas que no se hicieron: he pasado más de un año y medio en Londres recorriendo escenarios e investigando para una película que en ese momento se iba a llamar Una princesa de Marte. El cine y los viajes están profundamente unidos.

-¿Es esencial viajar para desarrollar su trabajo?

-Si, pero al mismo tiempo lo que realmente importa, hablando específicamente del trabajo creativo, son las imágenes interiores. Uno busca en otros lugares el reflejo de esas imágenes. La primera vez que llegué a Estambul, a París y a muchos otros sitios, sentí que una parte de mí ya los conocía, sabía lo que había a la vuelta de una esquina, experimenté sensaciones de déjà vu muy fuertes. Yo ya había vivido esos lugares, no sé si a través de la sangre o los ancestros… Para mí viajar significa volver a visitar lugares que ya están dentro de uno. Todos estos sitios que por distintas razones siento que tienen que ver conmigo, los he logrado poner en escena en alguna película, obra u ópera.

-Al momento de diseñar una escena, ¿hay que evitar los clichés o es necesario poner una Torre Eiffel en una escena de París?

-Justamente tiene que ver con las imágenes interiores. Para alguien París es una escalera en Montmartre y una música particular, y no hace falta la Torre Eiffel. Sin embargo, Hitchcock decía que en el cine hay que ser didáctico y ahorrarle tiempo al público: si es París, se tiene que ver la Torre Eiffel por la ventana. Esa era su preocupación porque trabajaba en el suspenso y privilegiaba la trama. Ahora bien, una locación puede tener otros sentidos. Basta con ver África Mía para ver hasta qué punto una locación influye emocionalmente y está imbricada en una narrativa. Personalmente creo que hay miles de maneras de figurar una locación.

La película que acabo de dirigir, Amapola, ocurre en los años 60 y 80, en un hotel imaginario del delta de Tigre que nunca existió, pero que está hecho de muchos lugares recordados de mi adolescencia, que uno de alguna manera reinventa.

UNA TERRAZA Y UNA HOJA EN BLANCO.

-¿También se reserva su tiempo para las vacaciones de descanso?

-Claro, si estoy en un sitio extraordinario me quedo. Trato de no trabajar, pero en todo caso me resulta muy difícil no ponerme a pintar o a dibujar en esos lugares. Así que mis vacaciones son usualmente en una terraza frente al mar o a algún lugar fantástico, donde me pongo a dibujar.

-¿En donde suele ser?

-Hay varios lugares. Uno es San Javier, en Córdoba. Otro es mi casa en Los Ángeles, que es un remanso. También suelo ir a una propiedad, similar a un castillo, ubicada en la punta de una pequeña isla frente a Puerto Vallarta. Y al sur de Francia, donde tengo muchos amigos. Hay varios paisajes cercanos al corazón.

-¿Qué es lo que más le gusta hacer al conocer un destino nuevo?

-Caminar, mirar el atardecer, me encanta observar a la gente. Sentarme en un cafecito o restaurante, comer algo sencillo de lo que se come en ese lugar. Si es en Italia o Grecia, me encanta cuando te dicen “yo le hago, yo le hago, usted no se preocupe”, y te traen lo mejor que tienen: ni hay que preguntar, siempre se trata de una maravillosa sorpresa.

-¿Hace compras también?

-Siempre visito tiendas. Hace dos años hice una vida cairota, antes de que hubiera problemas en Egipto, y recorríamos el bazar a las tres de la mañana, sin ningún inconveniente ni miedo. El Cairo es maravillosa para caminar, no hay peligro ni crimen. Hay muchas ciudades que aparentan ser tremendamente azarosas, pero en realidad se puede vivir muy bien.

-Debido a su profesión, ¿siempre está atento a los entornos, percibe si algo esta fuera de lugar?

-Todo el tiempo uno controla si la realidad se ajusta a la idea anterior que uno tiene y uno mismo se va a ajustando a la realidad exterior. ¿Es el mismo Londres el de ahora que el de hace 20 o 40 años? No, pero veo como me reubico yo en el contexto de la realidad. Los viajes son buenos para eso.

-¿Esas escenografías que cambian las toma a bien o con nostalgia?

-Carezco de nostalgia, de lo que estoy muy agradecido. Me gusta vivir el presente. No me olvido del pasado pero lo utilizo artísticamente en mi trabajo. Por ejemplo, estoy por hacer El jardín de los cerezos, de Chéjov, en donde utilizo imágenes de mi infancia. De mi infancia en Córdoba, por supuesto. No en Rusia.

ESTANCIA DE LA CRUZ (DEL SUR)

Actualmente Eugenio Zanetti, junto a su socio Sebastián Sabas, están llevando adelante un hotel boutique en San Javier, entre las sierras cordobesas. “Estancia de la Cruz surgió como una necesidad después de 40 años de trabajar en cine y coleccionar objetos de muchas películas que estaban guardados en contenedores. Entonces con mi socio, que es arquitecto, decidimos construirles una casa que terminó siendo un hotel, donde están todas estas cosas memorables, entre muebles, cuadros y demás elementos”, explica Zanetti. “Cada objeto tiene su historia, como las puertas marroquíes de seis metros de una película llamada The Haunting. No hemos puesto nombres o cartelitos para que los huéspedes no se sientan en un museo, pero siempre alguien les cuenta la procedencia. El espacio realmente tiene su gracia, con esa cosa propia del cine de estar fuera del tiempo y del espacio”, agrega. Inmerso en la paz serrana, el Estancia de la Cruz cuenta con tres habitaciones dobles, dos suites (para tres y cuatro personas) y la Residencia Paraíso, que alberga hasta seis huéspedes. Entre otras facilidades, consta de piscina, sala de estar, servicio de bar e Internet wi-fi.

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