Buenos Aires ostenta maravillosos edificios de múltiples estilos, pero el Palacio Barolo representa, sin dudas, uno de los puntos máximos de la historia arquitectónica de la ciudad. Su tan particular fachada, y la galería o pasaje interior que une sus dos entradas -sobre la avenida de Mayo y sobre la calle Hipólito Yrigoyen, entre San José y Santiago del Estero-, son todo un símbolo de la urbe.
Inaugurado el 7 de junio de 1923, fue proyectado por un poderoso productor agropecuario italiano, Luis Barolo, quien había llegado a Argentina en 1890 e instalado las primeras hilanderías de lana peinada del país, además de ser el factótum de los primeros cultivos de algodón en Chaco. Después de la Primera Guerra Mundial, el empresario -al igual que muchos otros europeos radicados aquí- tenía el presentimiento de que el Viejo Continente sufriría muchos otros conflictos bélicos que, en poco tiempo, lo llevarían a su desaparición. Por tal motivo, con el fin de conservar los estilos arquitectónicos europeos, y a la vez con el desmedido deseo de proteger para siempre los restos de su admirado Dante Alighieri, decidió construir un edificio inspirado en La Divina Comedia.
Para ello encargó la obra al arquitecto Mario Palanti, quien había llegado a Argentina en 1909 para realizar, junto a Francisco Gianotti, la construcción del pabellón italiano para la exposición del centenario de la Revolución de Mayo. Estudioso también de La Divina Comedia, el profesional trabajó en el terreno ubicado en Avenida de Mayo 1370 (con salida a Hipólito Yrigoyen), entre las actuales Santiago del Estero y San José. Una vez concluido, con 24 plantas –22 pisos y 2 subsuelos–, y precisos 100 m. de altura, el Barolo se transformó en 1923 en el edificio más alto del país y de Latinoamérica, y uno de los de mayor altura del mundo hecho en hormigón armado.
Su estilo es difícil de ser incluido en una escuela o tendencia puntual; más bien representa un sutil intento de conjugar distintas tradiciones arquitectónicas europeas como el neogótico y el neorrománico, fusionado con modernas técnicas de origen estadounidense y rasgos de carácter rioplatense. En tanto, la cúpula está inspirada en el Templo Rajarani Bhubaneshvar de India (siglo XII), para representar el amor tántrico entre Dante y su amada Beatrice. En sus primeros tiempos el palacio provocó cierta perplejidad entre los habitantes porteños y los círculos de arquitectos; su estilo fue descripto como “remordimiento italiano”, “gótico romántico”, “cuasi gótico veneciano” y hasta “castillo de arena”. Las escaleras tienen 1.410 peldaños revestidos con mármol de Carrara y están decoradas con delicados herrajes, lámparas, vitraux y molduras, en tanto que las paredes y columnas fueron cubiertas por granito.
Los ascensores, por su parte, son de esos que ya no se ven en Buenos Aires: aristocráticos, amplios, señoriales; con madera de la buena y excepcionales detalles en bronce.
LA ARQUITECTURA DE UNA COMEDIA.
Para comprender el concepto arquitectónico del Palacio Barolo es necesario tener al menos un mínimo conocimiento de La Divina Comedia, ya que su diseño está basado en la simbología de la obra de Dante Alighieri. La división en tres partes del palacio es la misma que la de la obra: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Asimismo, las nueve bóvedas de acceso representan los nueve pasos de iniciación y las nueve jerarquías infernales, y el faro representa los nueve coros angelicales. Y he aquí un pequeño gran detalle: sobre el faro está la constelación de la Cruz del Sur, que se ve alineada con el eje del edificio en los primeros días de junio, más precisamente a las 19.45 horas.
Los cuidados detalles caracterizan este proyecto: cada una de las seis bóvedas ubicadas transversalmente, así como las dos laterales, contiene catorce citas en latín que pertenecen en total a nueve obras, manteniendo así el número que se repite a lo largo de La Divina Comedia. Algunas de ellas pertenecen a Virgilio, otras a escrituras bíblicas: “ars, homo additus naturae” (“el arte es el ser humano agregado a la naturaleza”), “operis peracti nullus strictor iudex autore” (“ningún juez más justo que el autor de la obra”), “homines quam maxime homines” (“que los seres humanos sean lo mejor posible”),
Asimismo, sobre las columnas hay cuatro lámparas sostenidas por cuatro cóndores y dos dragones, un macho y una hembra, que representan los principios alquímicos, el mercurio y el azufre, y sus atributos.
La bóveda central se encuentra sobre un punto de bronce en la que se ubicaba, originalmente, la estatua de un cóndor con el cuerpo del Dante elevándolo al Paraíso. Los pisos superiores y la cúpula simbolizan los siete niveles del Purgatorio.
Por otro lado, uno de los objetivos del arquitecto Palanti era enmarcar lumínicamente el acceso a la desembocadura del Río de la Plata, como bienvenida a los visitantes extranjeros que llegaban en barco desde el Atlántico. Y por eso decidió construir el gemelo Palacio Salvo en Montevideo, que está ubicado sobre la avenida 18 de Julio de la capital uruguaya. En ambos edificios se erguían robustas cúpulas que soportaban los faros de 300 mil bujías, gracias a los cuales se podrían emitir mensajes mediante luces de colores. Tal función se cumplió en 1923 con motivo de la legendaria pelea de boxeo entre Luis Ángel Firpo y Jack Dempsey, que se realizó en el Madison Square Garden de Nueva York. Cuando Firpo sacó fuera del ring a Dempsey, el faro del Barolo se encendió con luz verde, el color elegido para anunciar el triunfo del argentino. Pero como el estadounidense permaneció 19 segundos fuera del ring -de forma no reglamentaria- y al retornar noqueó a Firpo, el faro proyectó entonces una luz blanca que, en realidad, oscureció aún más la noche porque significaba la derrota.
Cabe detallar que actualmente el edificio alberga 400 oficinas y en 1997 fue declarado Monumento Histórico Nacional.
LA CIUDAD EN SILENCIO.
Este cronista, quien hasta hace poco vivió a sólo 50 m. del Palacio Barolo, cruzó todos los días durante cuatro años el pasaje de la planta baja, saliendo o entrando por Avenida de Mayo o Hipólito Yrigoyen. Y aunque se trataba de una simple rutina, cada vez que lo atravesaba no podía dejar de asombrarse por la excelsa belleza de los interiores ni dejar de levantar la vista hacia lo más alto en el punto central, ni seguir de largo sin detener la vista unos segundos en los ascensores. Es el mismo asombro que le causó ver durante la visita guiada, en una histórica oficina del edificio que hoy es una especie de pequeño museo, una simple lamparita de luz -aunque de mayor tamaño que las actuales- que tenía impresas en el vidrio, en perfecto dorado, las palabras “Palacio Barolo”. Y es que, además de tener usina propia en sus orígenes, el edificio tenía también sus propias lamparitas, fabricadas especialmente para su iluminación.
Y por último, la impresión final. Desde los diminutos balcones de la cúpula, a casi 100 metros de altura, Buenos Aires aparece insólitamente calma y silenciosa. Hacia el lado izquierdo, una perfecta postal que comienza con un magnífico perfil del edificio La Inmobiliaria, continúa con la Plaza de los Dos Congresos y concluye con el elegante edificio del Parlamento nacional; hacia el otro lado, en diagonal, una imagen inconcebible: la parte superior del Obelisco en el mismo plano que el Río de la Plata y, en los alrededores, cientos de altillos, edificios y otras cúpulas prácticamente desconocidos en la cotidianeidad del transeúnte. Abajo, el tránsito por Avenida de Mayo y su continuación por Rivadavia aparece lento y prolijo, tan ordenado que a uno le cuesta entender que, en realidad, sea todo lo contrario.
Pero todavía faltan unos metros para llegar al nivel máximo: después de ascender por angostas y misteriosas escaleras de mármol se ingresa al cubículo donde está instalado el faro que se enciende por las noches. Desde allí, la vista panorámica -en 360 grados- es sencillamente deslumbrante. Ahí está pues, tan eterna como el agua y el aire, la inabarcable Buenos Aires, latiendo entre las sombras doradas de un primaveral atardecer.
La fachada del palacio iluminada por su faro.
Miqueas Tharigen
Escaleras de acceso a las principales oficinas del palacio.
Vista panorámica desde el mirador del edificio
El Pasaje Barolo conecta la Avenida de Mayo con H. Yrigoyen
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