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Jordania: el exotismo sin fin
Por Leonardo Larini     |  
29 de Octubre de 2010

Con múltiples paisajes insólitos, que llamativamente son la regla y no la excepción, este país le ofrece al visitante una experiencia única y transformadora, que va mucho más allá de un simple viaje turístico.

No es fácil abordar un destino como Jordania. La belleza y el exotismo de sus paisajes son tales que el lenguaje parece no alcanzar para realizar una descripción fiel, o al menos lo más aproximada posible, de lo que el visitante experimenta durante la estadía. Los indescifrables colores de sus montañas, junto con las insólitas formas de sus cuevas y la seductora desolación de sus desiertos conforman una fisonomía única, que supera toda capacidad de asombro y hechiza sin más.
Ubicado en el centro del mundo árabe, este país limita al norte con Siria, al noreste con Irak, al este y al sur con Arabia Saudita y al oeste con Israel. En sus 96 mil km² -en los que se combinan a la perfección lo antiguo y lo moderno, la historia y el progreso- existen maravillosas ruinas, antiguos anfiteatros y templos, cuevas laberínticas y castillos medievales que -junto con la zona desértica del sur, el Mar Muerto y las playas del golfo de Aqaba-, representan para el viajero acostumbrado sólo a destinos tradicionales el ingreso a un mundo nuevo, aunque paradójicamente se encuentre en un territorio cuya historia se remonta a los orígenes de las más remotas civilizaciones.

El asombro comienza en Ammán.
Al caminar por las calles de Ammán, la capital de Jordania, es posible imaginar el eco de los viejos mercados de especias de la época romana. Pero su historia no es tan reciente. La región que la rodea ya estaba habitada por el hombre en los períodos Paleolítico y Neolítico. Hoy, esta ciudad asombra por los contrastes entre lo inmortalmente primitivo y la pujante modernidad que determinan su esencia. De este modo, el lujo y el confort de las grandes cadenas hoteleras conviven con fascinantes monumentos históricos y ruinas como la torre amonita de Rujm el Malfouf, la iglesia bizantina de Sweifiyah, la Ciudadela o Kalaa, el templo romano de Hércules y el Palacio Omeya. Una de las edificaciones que sobresale es el Teatro Romano, localizado en el centro de la ciudad. Se trata de un monumental anfiteatro con capacidad para 6 mil espectadores en el que aún se pueden presenciar espectáculos culturales y que sorprende por su inmejorable estado de conservación. Las casas y los edificios de la zona céntrica están construidos en un estilo típicamente occidental, pero esta fisonomía es quebrada por la particular arquitectura de las mezquitas: sus cuidados trazados, los distintos motivos, detalles y colores de sus piedras y sus altas torres resaltan en el paisaje urbano. Entre ellas se destacan la denominada Abu Darwish y la dedicada al rey Abdullah, curiosamente erigida hace apenas 21 años.
Uno de los sitios que no debe dejar de visitarse es el Museo Arqueológico Nacional de Ammán. Ubicado en la colina de la Ciudadela, posee colecciones con restos de todas las épocas atravesadas por el hombre en esta región del mundo. En sus salas es posible contemplar extraños sarcófagos de barro cocido -que se remontan a la Edad de Hierro-, numerosas esculturas del período Nabateo y cientos de estatuas y objetos de los tiempos bizantinos e islámicos. Pero uno de los tesoros más preciados de este lugar son los rollos manuscritos del Mar Muerto, una serie de textos en hebreo considerados los más antiguos de los que se han encontrado hasta ahora.

El hechizo y la magia de Petra.
Si Ammán atrapa a primera vista, Petra directamente hipnotiza. El Siq, que es el sugestivo camino de acceso a la ciudad, es un extraordinario laberinto rocoso -una gigantesca hendidura entre dos montañas, transitada principalmente por hombres montados en camellos-, que provoca el inmediato asombro del visitante. No es ninguna exageración afirmar que ésta es una de las ciudades más originales y exóticas del mundo.
Fundada hacia el final del siglo VII a. C. por los edomitas, fue ocupada en el siglo VI a. C. por los nabateos, gracias a quienes prosperó notablemente debido a su ubicación privilegiada en la ruta de las caravanas que llevaban el incienso, las especias y otros productos de lujo a Siria, Egipto Arabia y el sur del Mediterráneo. En el siglo VIII, el cambio de las rutas comerciales y varios terremotos determinaron que sus habitantes la abandonaran y partieran en busca de un mejor porvenir en regiones cercanas. Fue así que, aunque cueste creerlo, cayó en el más rotundo de los olvidos hasta que fue redescubierta por un explorador suizo, Johann Ludwig Burckhardt, en 1812.
Conocida como La Ciudad Rosada, su fisonomía se caracteriza por los monumentos esculpidos en las rocas de los alrededores. Uno de ellos, Al Khaznah (El Tesoro), es la magnífica fachada de una tumba adornada con columnas y estatuas del siglo I d.C. Pero el primer monumento nabateo que aparece ante los turistas es el Obelisk Tomb, la Tumba de los Obeliscos, cuyo diseño sobre las piedras -al igual que el del resto de las tumbas- deja perplejo a todo aquel que se acerca. Y lo mismo ocurre con el Monasterio (Deir), que es el monumento más perfecto e imponente de Petra. El recorrido habitual incluye visitas a las tumbas del Frontón, del Soldado Romano, del Renacimiento, de Los Leones, la llamada Turkmaniyah, la de Sexto Florentino (gobernador romano de Petra), la Corintia y la increíble tumba Palacio, con cuatro entradas y tres pisos. Cada una de las fachadas, con sus distintos adornos, decoraciones y formas, es un rotundo ejemplo artístico del arte de la escultura. Otros lugares de interés son el Templo del Jardín, el Sitio Alto de los Sacrificios y el Museo Arqueológico de Petra, en el que se exponen innumerables objetos antiguos, algunos descubiertos en los últimos tiempos.

Mar, desierto y playas.
Para complementar semejantes paisajes, qué mejor que alternativas de mar y playa. Jordania no sólo ofrece turismo histórico y cultural en sus ciudades sino que también permite disfrutar de sitios naturales. Con una superficie aproximada de 1.300 km², el Mar Muerto tiene la particularidad de encontrarse -precisa y paradójicamente- a 392 m. por debajo del nivel del mar y ser el punto más bajo de la Tierra. Además, se diferencia de otros mares y océanos por la densidad de sus aguas: el alto porcentaje de elementos sólidos y su elevado contenido salino permiten flotar a cualquier persona, aun a aquellas que no sepan nadar. Como su nombre lo indica, no hay vida en sus profundidades, pero como contrapartida es famoso también por sus propiedades curativas. En su fondo yacen las antiguas ciudades de Sodoma y Gomorra, que desaparecieron bajo las aguas en el año 2000 a. C debido a un terrible terremoto.
En cuanto al desierto, ocupa más de dos tercios de la superficie total de Jordania. Al sur del territorio se encuentra el llamado Wadi Rum, un fantástico fenómeno geológico con arenas de varios colores que dibujan excéntricas formas y un territorio irregular formado por montañas y regiones rocosas. En diferentes puntos de su extensión es común ver campamentos nómades, pero lo que más sorprende es el constante juego de los colores de la arena con las distintas tonalidades del cielo según las horas del día.

Contenido exclusivo de la webFinalmente, es casi obligatorio conocer Aqaba, a orillas del mar Rojo. Se trata de una pintoresca ciudad con un hermoso y prolijo puerto y animadas callecitas llenas de mercados de frutas y verduras. Recostada sobre una bahía, tiene una excelente zona de playas en cuyas aguas abundan los arrecifes de coral y una extravagante fauna submarina, famosa entre los expertos de buceo de todo el mundo. El mejor lugar para esta práctica es el Royal Diving Center, ubicado a 15 km. de la ciudad. La estadía en Aqaba es ideal para combinar días de relax bajo el sol en los balnearios con excursiones al desierto que incluyen múltiples actividades, o bien contratar paseos en embarcaciones con el piso transparente, lo cual permite apreciar la rica vida acuática de la zona.


Exótica y añeja tierra que a la vez conoce la modernidad, Jordania es un destino que no sólo deslumbra la mirada del turista sino que lo traslada en el tiempo, dándole la oportunidad de vivir una experiencia extraordinaria que, obviamente, va mucho más allá del simple viaje turístico.

 

La fortaleza azul.

El castillo de Qasr Al Azraq (“fortaleza azul”, en idioma árabe) se encuentra a 100 km. al este de Ammán, en las afueras de la ciudad de Azraq. Forma parte de los llamados “castillos del desierto”, suntuosos palacios fortificados construidos por los califas omeyas no sólo con fines militaristas sino también como sitios de descanso de las familias gobernantes. La importancia de este castillo es que está cercano al oasis de Azraq, la única fuente de agua permanente en aproximadamente 12 mil km² de desierto, utilizada provechosamente por los primeros habitantes de esta región, los nabateos. En el año 300 la zona cayó en poder de los romanos, bajo el gobierno de Diocleciano, quienes construyeron una estructura de piedra basáltica que serviría de base a las futuras construcciones. Posteriormente ocuparon este lugar los bizantinos y los omeyas, pero finalmente fueron los mamelucos quienes levantaron la fortaleza tal como la conocemos, a mediados de 1200. En el siglo XVI los turcos otomanos se establecieron en el castillo y durante el invierno de 1917 T. H. Lawrence (Lawrence de Arabia) estableció allí su cuartel general para organizar la lucha contra el Imperio otomano. El castillo tiene un aspecto mucho más oscuro que el resto de los edificios cercanos. Erigido en basalto, tiene una estructura cuadrada de 80 m. de lado. En su interior hay un enorme patio con una mezquita de la época omeya en su centro. Asimismo, en cada esquina hay una torre y en la entrada principal hay una losa de granito a modo de puerta que se abre a un vestíbulo en el que puede verse aún el grabado en el pavimento de un viejo juego romano. Cada una de las losas de la puerta pesa una tonelada, pero las hojas se abren con facilidad gracias a las bisagras untadas con aceite de palma. La razón es que no hay madera en las cercanías, salvo las palmeras. Debido a que se encuentra próximo a la autopista 40, la visita a este castillo incluye las del Qasr Kharana y el Qusair Amra, dentro del marco de sus pares del desierto.